Como un despliegue público del potencial creativo de cada persona, el lugar del arte en los
momentos de lucha revolucionaria siempre ha estado y siempre estará en medio de
los acontecimientos, en las plazas y en las comunas
La privatización del espacio es de hecho la privatización de la vida
Nato Thompson
Seeing Power es un libro sobre el espacio y sus usos. Lleva por subtítulo “Art and activism in the 21st century” y en cierto modo es una actualización del clásico Modos de ver de John Berger. Lo que Thompson nos pide que atendamos tanto en el arte como en el activismo son las infraestructuras desde las cuales se articulan los discursos y las acciones, las cuales están íntimamente ligadas al lugar en el que se producen.
Una infraestructura es “una serie interconectada de estructuras, las cuales, trabajando juntas, producen conjuntos de significados” (Thompson, 2015, p. 59). Sin embargo, esta definición es problemática para el autor porque pone todos los huevos en la canasta de los conceptos. Para él la práctica, la experiencia y el espacio definen al sentido y no al revés; por esta razón a la palabra infraestructura añade resonancia:
“Una ‘infraestructura de resonancia’ es un conjunto de condiciones materiales que produce una forma de significado […] Una infraestructura de resonancia no es una vaga serie de vectores para que la información viaje, es una serie de lugares, personas y objetos localizables en el mundo. Si queremos cambiar el significado, simplemente necesitamos diseñar una infraestructura, visitarla y modificarla radicalmente.”
Un ejemplo es la declaración de Yippie Tim Yohannan, fundador del club de punk Gilman Street, ubicado en Berkeley, California. Para Yippie “lo importante del punk rock es su independencia del gobierno, de las corporaciones y la red que produce fuera. Eso es lo político, no las palabras, no la música, sino la independencia” (Thompson, 2015, p.124).
Para Thompson tanto el arte como el activismo son infraestructuras de resonancia, las cuales muchas veces se pierden en discusiones bizantinas sobre los alcances del arte político o la ambigüedad del arte que tiene un corte aparentemente más lejano a problemas sociales. El segundo capítulo, de los siete que conforman el libro, lo dedica a este problema.
Por un lado, hace una crítica a la didáctica explícita de algunos proyectos de arte político, y por otro señala la rápida cooptación del arte “ambigüo” por el mercado (es interesante que no use la palabra abstracto); sin embargo, en tanto infraestructuras de resonancia, ambas formas de producción artística son valiosas. Tanto las obras de arte en el sentido clásico-objetual del término, como las prácticas inclinadas a lo que comúnmente denominamos arte relacional (entre otros términos), generan relaciones entre personas que les permiten pensarse a sí mismas y su relación con sus comunidades.
Lo que Thompson despliega en el libro es una epistemología que incluye los esfuerzos diarios que la gente realiza para producir espacios de enunciación, acción y lucha contra el sentido que impone el capitalismo.
“De forma opuesta a la teoría política o crítica, los encuentros [entre personas] representan un rango de transformaciones que exceden a las meras palabras. Son somáticos. Están vivos. Estos encuentros provienen tanto de sentimientos como de ideas. Esto es una política del hacer que provee un conjunto de potencialidades totalmente único y poderoso.
Si consideramos las ideas como espacio, entonces podemos trabajar con miras a una producción espacial ética como un primer paso para producir buenas ideas.” (Thompson, 2015, p. 145, 146)
Se invirtió la ecuación.
La producción consciente de comunidades permite hacer frente a la formas en que se produce significado, siendo una de las más potentes la publicidad, la cual constantemente moldea nuestros deseos y expectativas. Si trabajamos en comunidad se reduce la paranoia derivada del hecho de que cualquier intento de comunicación tiene como objetivo vendernos algo.
Thompson insiste en que aprendamos a ver el poder y nos entrenemos para hacernos legibles tanto la estética como la política de las infraestructuras. “La habilidad de leer un fenómeno basado en sus infraestructuras de resonancia es a lo que me refiero como <<Seeing Power>>” (Thompson, 2015, p. 72). La crítica institucional es pionera en hacer evidentes las infraestructuras en el campo del arte, sin embargo el libro invita no sólo a localizarlas sino a actuar para transformarlas.
PD. En el libro se incluyen una gran cantidad de ejemplos de practicas espaciales llevadas a cabo por artistas y activistas, principalmente de EUA y Europa.
Thompson, Nato. Seeing Power. Art and Activism in the 21st century. Melville House Publishing, USA, 2015.