ROCOCO
- 06/04/2013
Por Angélica Martínez Sulvarán - 05/01/2018
Los espacios públicos abiertos que conforman el patrimonio cultural urbano del Centro Histórico de la Ciudad de México han sido ampliamente estudiados y analizados, con frecuencia desde una óptica histórica, espacial y social. No obstante, cuando se trata de intervenir estos espacios a partir de conceptos como “rehabilitación” o “rescate”, se dejan de lado aspectos sobre la historia del sitio, su uso y apropiación, así como el valor que el sitio tiene para la comunidad que lo ocupa, con el afán de implementar políticas basadas únicamente en valores estéticos.
Si bien el embellecimiento de un parque o una plaza pública trae consigo beneficios, la estética per se no es el fin último de una intervención significativa. Por mucho tiempo, a nivel general, las políticas y modelos de preservación se han enfocado en garantizar el embellecimiento tanto de monumentos como de centros históricos, lo que provoca una suerte de “disneylandización” de los mismos y oculta las verdaderas problemáticas que quedan detrás de las fachadas o de un pavimento de mármol: hacinamiento, paupérrimas condiciones de habitabilidad, falta de oportunidades laborales, entre muchos otros aspectos importantes.
La preservación de aquellos sitios que han desafiado el tiempo y permanecen como testigos de épocas pasadas no es una tarea fácil, por lo que es momento de ampliar horizontes y romper paradigmas en aras de preservar nuestra herencia común: la ciudad misma. En relación con la preservación de los espacios públicos, resulta fundamental empezar a considerar metodologías basadas en el uso y la apropiación de estos espacios para desarrollar políticas públicas congruentes con el valor que la gente le otorga a un lugar. En pocas palabras, se trata de preservar desde la comunidad para la comunidad.
Lo contemporáneo
Cualquiera que sea la disciplina, un espacio público es un sistema complejo de actores, interacciones físicas y virtuales, flujos, poderes y visiones. Hay múltiples explicaciones sobre este tema, una muy interesante es la que hizo Henri Lefebvre en la década de 1970 al afirmar que el espacio se entiende a partir de tres conceptos: el espacio percibido, es decir, aquel que las personas recorren y viven como parte de su vida cotidiana; el espacio concebido o aquel que es posible representar gráficamente a partir de planos y dibujos; y el espacio vivido, el espacio de la representación, por ejemplo, el Zócalo de la Ciudad de México, escenario de la colectividad, la denuncia y la manifestación de ideas por antonomasia. Según el filósofo francés, a pesar de estar compuesto por elementos físicos, sociales o políticos, el espacio representa a la vez un concepto global en sí mismo; sin embargo, la ciencia ha contribuido a su fragmentación al tratarlo sólo a partir de una disciplina en particular y no desde una perspectiva multidisciplinaria. A pesar de que Lefebvre se refiere al concepto de espacio de manera general y no sólo al definido como plazas o parques, es muy acertado al afirmar que no es posible estudiar los sistemas separados pues, desde el momento que existen, tienen ya una relación con el espacio. Bajo la lógica lefebvriana de analizar y estudiar el espacio público, se confirma la necesidad de entender las otras variables del espacio para conservarlo, aquellas que, aunque intangibles, son inherentes a su origen, uso y función.
Ya en el siglo XXI Jordi Borja asegura que la ciudad es el espacio público y el espacio público es la ciudad. El prolífico urbanista ha planteado que el espacio público moderno parte de un concepto jurídico, al ser este último el que separa la propiedad privada del espacio que es regulado por el gobierno local, que carece de construcciones y que contiene la vida pública de la ciudad. No obstante, Borja sostiene que la creación del espacio público no necesariamente parte de un lineamiento jurídico. En el contexto mexicano, una calle restringida al automóvil que es utilizada por un tianguis o el espacio inmediato a la salida de una estación de metro ocupada por comercio en vía pública y por peatones que transitan por ahí todos los días, son ejemplos de espacios públicos no previstos que se crean a partir del uso, de las dinámicas y los comportamientos que ahí se generan, independientemente de que la normatividad etiquete dichos espacios como públicos. Con la proposición de Borja, surge de nuevo el tema del uso y la exclusión del término como factor para desarrollar estudios e intervenciones del espacio público, aunque en este caso dicha exclusión se refiere al ámbito legal local al definir lo público desde una concepción restringida y, sobre todo, en ocasiones ajena a la realidad y la cotidianidad.
Lo patrimonial
Algo similar a lo que plantea Borja en cuanto a la conceptualización jurídica del espacio público versus su creación orgánica a partir del uso, ocurre con la definición de “patrimonio cultural”. Desde el surgimiento del campo de la preservación del patrimonio cultural como disciplina científica se han desarrollado diversas teorías sobre lo que se debe cuidar y proteger. Entre los pioneros en desafiar los paradigmas de su época se encuentra Alois Riegl, historiador del arte austriaco que, en su faceta como conservador de arte, redactó El culto moderno a los monumentos, manifiesto que escribió a raíz de su experiencia en la Comisión Imperial y Real para la Investigación y Preservación de Monumentos de Austria, a principios de 1900.
Así ha sucedido en México al momento de seleccionar lo que debe ser considerado como monumento y cuando se tratan de establecer los criterios para definir qué es lo que vale de un objeto. En la actualidad es probable que un objeto, ya sea una obra de arte o un inmueble que se considera monumento, no sea percibido por la sociedad contemporánea como algo valioso, a diferencia de la percepción que se tenía del mismo en 1980. Esto explica, por ejemplo, la cantidad de grafiti que a menudo cubre los muros de edificaciones antiguas o su indiscriminada demolición en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Lejos de aplaudir o condenar estas acciones, lo cierto es que la problemática no es más que un reflejo de la percepción y la valoración que el grueso de la sociedad actual otorga a lo que se ha designado como parte del patrimonio cultural de la ciudad.
En México, la clasificación de los distintos tipos de monumentos, así como de áreas que contienen vestigios históricos, está normada por la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos de 1972. Esa ley reconoce tres tipos de monumentos: los arqueológicos, los históricos y los artísticos; sin embargo, en la realidad pocos conocen los criterios por los que fueron clasificados de esta manera, así como la distinción entre cada uno de ellos, sobre todo entre los históricos y artísticos. Con la excepción de algunas zonas históricas, en general prevalece entre la población una aversión hacia lo “viejo”, pues muchas veces se asocia con la idea de retroceso o de un pasado que se quiere superar. No obstante, en general sí existe la tendencia a proteger aquello que conscientemente se apropia como herencia, en especial lo que forma parte de la vida cotidiana, tanto en lo individual como a nivel colectivo. El patrimonio implica apropiarse de la herencia de forma activa para asegurar la continuidad del bien, a diferencia de sólo ser un espectador pasivo de lo que se recibe.
Lo urbano
El patrimonio urbano es una construcción social que va más allá de sólo un acervo de objetos elegidos por ciertos grupos que les asignan atributos históricos o artísticos. Víctor Delgadillo sostiene que existe un patrimonio reconocido por las leyes y la normatividad, así como otro no reconocido legalmente. Cabe mencionar que en su definición de “patrimonio cultural urbano”, la legislación de la Ciudad de México incluye mobiliario urbano, espacios públicos como calles, plazas, jardines, y elementos que, aún cuando no estén formalmente catalogados, sean merecedores de ser protegidos y conservados. Sin embargo, a pesar de que a nivel local hay intentos por expandir la definición, lo cierto es que la percepción real de la población en cuanto a lo que significa lo patrimonial permanece fuera de la mayoría de las políticas públicas de preservación.
La decisión sobre qué sitios son intervenidos y cómo deben preservarse por lo regular se plantea desde el ámbito gubernamental y surge de grupos cerrados de expertos que, si bien son especialistas en disciplinas como preservación, conservación, urbanismo o arquitectura, mantienen criterios parciales y casi siempre alejados de la realidad. En las intervenciones realizadas en los espacios abiertos con valor patrimonial del Centro Histórico de la Ciudad de México pocas veces se realiza una consulta pública; asimismo existe una falta de coordinación entre los entes gubernamentales encargados de vigilar la protección del patrimonio cultural urbano con base en la normatividad existente y las dependencias designadas para desarrollar y ejecutar proyectos de intervención, lo que genera que el discurso teórico de la protección del patrimonio cultural se diluya en una práctica meramente burocrática.
El significado de un elemento arquitectónico o urbano va más allá de lo que ha sido fijado por la ley. Decidir qué es lo que vale y por qué vale desde la perspectiva de lo patrimonial en México ha sido principalmente una tarea de la academia, labor nada sencilla y de enorme mérito pues sin su contribución muchas joyas urbanísticas y arquitectónicas no existirían hoy más que en la memoria colectiva. Sin embargo, la disciplina de la preservación evoluciona al mismo tiempo que las ciudades cambian y con ella la sociedad. Los valores culturales y de lo que nos rodea en el incipiente siglo XXI no son los mismos que a mediados del siglo XX, así que ¿cómo identificar qué es lo que hoy tiene esta clase de valor?, ¿cómo definir los valores que tienen prioridad?
Lo cultural
Randall Mason, precursor del modelo de preservación basada en valores define el concepto de “valor” no desde una dimensión ética o moral sino a partir del lugar y los diversos valores o características dependiendo de la percepción. Mason explica la multiplicidad de valores con base en una frase del filósofo David Hume, quien desde el siglo XVIII afirmaba que la belleza no es en sí misma una cualidad de un objeto sino que esta sólo existe en la mente de quien lo contempla y cada mente percibe bellezas diferentes. De este modo se propone la preservación basada en valores argumentado que esta metodología establece un proceso mediante el cual los profesionales de la preservación identifican los cambios en el significado de un sitio en particular ―considerando que la cultura crea, revoluciona y destruye significados― y los incorpora en políticas y planes para interpretar, conservar, proteger e invertir en dicho sitio. Así, el significado de un lugar y la participación de distintos interesados, no sólo los expertos, tienen un rol principal para la toma de decisiones.
Mason explica los dos extremos de la preservación: por un lado, la práctica se inclina hacia la técnica al tener como base el expertise de profesionales de la restauración, historia de la arquitectura y los materiales constructivos; por lo general la colaboración es sólo entre instituciones y expertos. El otro lado tiene un enfoque más político y estratégico, en el que los expertos frecuentemente no participan sino que son considerados como otros actores y las decisiones se toman sobre la intervención del elemento con valor patrimonial conforme a lo que más convenga en el momento. A pesar de que el planteamiento de este autor surge en el contexto estadounidense de la preservación, lo cierto es que la cultura sobre este tema es muy similar en México. Por una parte se encuentra el gremio de la restauración basada en la técnica y la ortodoxia, mientras que otras aproximaciones recaen en manos de un grupo de personas que se centran en las ventajas políticas o económicas de conservar o no el patrimonio.
Al mantener un modelo de preservación que considere los valores que la gente percibe de un sitio, en lugar de uno que sólo se centre en su materialidad, será posible reconocer los múltiples valores que constantemente cambian en la sociedad. Si se valida la idea de que el patrimonio es valorado de muchas maneras y por diferentes personas e instituciones ―que a su vez tienen distintas visiones del mundo―, este enfoque propiciará que los profesionales de la disciplina investiguen y consulten a fondo los lugares en cuestión e implementen de manera obligatoria la participación de otros involucrados al desarrollar planes y proyectos.
La evolución de los espacios públicos, los cuales resurgen y se reinventan en la informalidad, ocurre también con la valoración, conservación y salvaguarda de lo patrimonial. De ahí la necesidad de explorar enfoques contemporáneos que incluyan la participación como elemento fundamental para determinar qué y cómo representa un valor para la sociedad contemporánea y para las futuras generaciones. Los Retratos de lo público se muestran en plazas, parques, jardines y calles. Exploremos los desafíos del patrimonio y el espacio público contemporáneo a través de su significado, uso y apropiación.
* Conoce la permanencia y transformación de los espacios públicos del Centro Histórico de la Ciudad de México a través de sus parques, plazas, calles y jardines en la exposición fotográfica “Retratos de lo público” en la Plaza Manuel Gamio (Seminario) a un costado de la Catedral Metropolitana hasta el 31 de enero. La muestra reúne fotografías del Acervo Histórico de Fundación ICA y fotografías actuales de Enrique Márquez, Jordán Rodríguez y Mercedes Aguado.
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