Réquiem por una ciudad: Enrique Metinides en el Foto Museo Cuatro Caminos

Por - 20/03/2016

 

 

“La historia de la ciudad de México es la historia de sus sucesivas destrucciones. Así como la ciudad colonial se sobrepuso a la ciudad prehispánica, la que se fue formando en el México independiente acabó con la del virreinato, y la ciudad posrevolucionaria, que se sigue construyendo todavía, arrasó con la del siglo XIX y los primeros años del siglo XX, como si la cultura no fuera cosa de acumulación, sino de desplazamiento”.

 

Carlos Monsiváis

 

 

Nuestra  ciudad,  en cuanto materia que es, sigue la ley conocida casi por todos, no se crea ni se destruye, tan sólo se transforma,  de la mano de hombres y ejércitos de máquinas, palas, picos y martillos, de manos dispuestas a mantener en pie el progreso que se firma en las oficinas de Reforma, el Zócalo, o lujosos restaurantes de Polanco. La línea 12, cientos de centros comerciales, nuevos museos, algún centro residencial o camellones genéricos que resguardarán restauraciones estúpidas que ordeñan la escasa atención y dinero que hay para monumentos que nos miran desde hace siglos, mientras se resquebrajan en silencio.

Del Tranvía al  Metrobús, de los cocodrilos[1] al Uber, de mercados populares a Malls  orgánicos autosustentables, cuando mucho habrá similitudes, pero nunca exactitudes. Una urbe perece y otra nace simultáneamente, inhala y exhala; mientras cambia de piel cambian sus huesos, hace falta un largo respiro para notar lo rápido que el mundo alrededor se mueve, cómo una capa desaparece y se antepone la siguiente, como las cortinillas de un obturador fotográfico.

El hogar cambia, pero la muerte deambula por cada rincón, permanentemente. No importa si es un merenguero arrollado por un “chimeco”[2] o un ejecutivo que muere de cáncer en Médica Sur; ésta es la catedral del apocalipsis, y la dama blanca, cautelosa, ofrece sus servicios desde que este lugar tiene habitantes. Las crónicas necrológicas de México tienen capítulos memorables, tan mágicos  y alucinantes como terribles;  lo maravilloso es que cada muerto está ligado a un lugar irrepetible y único, a un tiempo que no va a volver, como diría José Emilio Pacheco en voz del célebre Carlos,  en sus Batallas en el Desierto “Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años”.[3] Quien descubre que la muerte siempre impregnará una ciudad hoy extinta, mañana también.

El principio del siglo XX significaría para el Distrito Federal uno de los procesos más violentos de su historia (quizá uno de tantos vividos con anterioridad): la entrada a la modernidad para una sociedad que apenas salía de la revolución no fue una tarea sencilla; así como la tensión social y económica generada por la primera y segunda guerra mundial respectivamente. La ciudad crecía lentamente, así que la periferia estaba por todas partes ¡la periferia era la ciudad misma! Las vecindades, burdeles, picaderos y la pobreza estaban presentes en gran parte de la zona centro de México, mientras que los clubes de golf, casas de lujo de empresarios y otros sitios exclusivos se corrían más hacia Chapultepec o las Lomas.

En esa urbe naciente hubo un hombre a quien las formas de la muerte se revelaron, alguien a quien la Ciudad de México abrió el cofre de sus horrores y jamás lo cerraría de nuevo. Hoy su nombre es primera plana en investigaciones teóricas, galerías internacionales, exposiciones colectivas  y solitarias, pero al final se trata de un fotógrafo con un oficio extraordinario cuya pericia y pasión, no sólo por las imágenes sino por la acción, lo convirtieron en pionero de ojeras eternas y corazón cansado. Él nos regresa el tiempo para poder mirar la ciudad desaparecida, con sus muertos y lugares fantasma.

Nacido el 12 de febrero de 1934 bajo el nombre de Enrique Metinides Tsironides en el seno de una familia de migrantes griegos, es considerado como uno de los más grandes fotógrafos de nota roja mexicanos y latinoamericanos. “El niño”, como ha sido apodado, dedicó su vida entera a fundar la prensa de nota roja y el fotoperiodismo policiaco de la ciudad y el país. Su labor no se limitó a encontrar cuerpos y fotografiarlos. Durante más de veinte años fue socorrista de la Cruz Roja, operador de radio de la misma institución, inventó los códigos por los que se identifican las emergencias y asuntos de rescate, fundó la primera oficina de prensa policiaca en el país (dentro de la Cruz Roja) e instituyó el método para que la prensa viajara con las ambulancias o los bomberos al lugar de los incidentes.

Metinides no creció en el seno de una familia acomodada, sin embargo disponía de algunas pequeñas comodidades que un niño de barrio durante la última década de los cuarenta no podía darse. Aficionado de los cómics y las películas seriales, pronto se volvió adicto a las secuencias de acción y a las revistas de impacto, sintiéndose irreversiblemente seducido por las imágenes de persecuciones a máxima velocidad, derrapones en barrancas y fierros retorcidos o balaceras que cosechaban cadáveres ficticios.

Y tal vez este es el verdadero origen de “El niño”, quien seducido por el canto de las sirenas (de las ambulancias) pasaría el resto de sus días atesorando aquellas imágenes, intentando a toda costa poseer más de aquello que le obsesionaba. Primero fue una colección de recortes (que en su edad adulta se convertiría en una nutrida colección de cintas VHS con escenas de cientos de películas de acción, exclusivamente choques, balaceras y accidentes), y posteriormente, con la  compra de su primera cámara la cual fue obsequiada por su padre, fue la incansable tarea de buscar accidentes sobre la calle de San Cosme y el puente de Nonoalco (¿qué lugares serán hoy?).

Con once años y un nulo conocimiento de técnica fotográfica más allá del uso básico de la cámara, habría dos acontecimientos que le cambiarían la vida. El primero tuvo que ver con la gran cantidad de personal de la séptima delegación (una de las más “movidas” de la ciudad) que comían en el restaurante de su familia, y a quienes les mostraba sus fotografías, así que eventualmente le invitaron y dieron paso libre a la jefatura, convirtiéndose en parte cotidiana del paisaje de  peleas, choques, morgue y mucho más; allí aprendió el lenguaje de la violencia y la burocracia. El segundo acontecimiento se dio cuando, en medio de un choque en San Cosme, Antonio “El Indio” Velázquez lo descubrió tomando fotos y lo tomó como asistente casi de inmediato, siendo este su primer trabajo, a los doce años. Esto significó el aprendizaje de una correcta técnica fotográfica y el bautizo de su eterno mote, que lo seguiría hasta su retiro: “El niño”.

Casi todas las narraciones existentes sobre el trabajo de aquel niño fotógrafo coinciden en que pocos alumnos han sido tan dedicados como él, siempre atento y deseoso de trabajar más. “El Indio” le mostraba los sitios, la Cruz Verde, la Cruz Roja, las Boyas del Tranvía, los anfiteatros, algunos puntos del puente de Nonoalco o la temida prisión de Lecumberri; sin saberlo, aquellos dos  amigos estaban tomando fotos de muchos otros cadáveres, el Cine Roxy, el Cine Ópera , el Cine Encanto, hoy perdidos incluso para la memoria colectiva de las nuevas generaciones.

En 1949 a sugerencia de su mentor se convertiría en el primer fotógrafo en cubrir la fuente de la Cruz Roja. Tuvo que tomar un curso de primeros auxilios y pedir un permiso especial para poder subir a las ambulancias, desde ese año y hasta 1979 Metinides no dejó de trabajar mas que en ocasiones de extrema importancia, y cuando sufrió alguno de los múltiples accidentes que lo llevaron a estar al filo de la muerte.

De 1948 a 1960 trabajó sin paga para el periódico La Prensa, pero su labor se convirtió en su más profunda pasión ya que solamente dejaba el edificio de la Cruz Roja, que se encontraba en Durango y Monterrey en la Colonia Roma, para irse a bañar e ir a dormir; cuando no tenía accidentes importantes que cubrir aprendía el uso de los radios en las ambulancias y la misma sede por lo que, eventualmente, él mismo adquirió uno para estar al tanto de los eventos y poder tener las primicias (aunque siempre era el único en cubrirlos, pues sólo él tenía acceso total a la Cruz Roja).

Con el paso del tiempo sintió que las personas se incomodaban al escuchar que, por ejemplo, alguien había muerto en una ambulancia, así que ideó una serie de claves que indicaban el tipo de herido y la gravedad del mismo, siendo este el origen de las claves que se utilizan actualmente en las radios de ambulancias, patrullas y otros vehículos oficiales. En 1960 comenzó a ser remunerado por imagen publicada, y pronto se convirtió en el fotógrafo mejor pagado de su diario. Una sola edición podía incluir imágenes suyas en portada, contraportada y hasta treinta fotografías en interiores. En 1965 —y hasta su retiro— se desempeñó como reportero policial, luego de haber estado dos años como reportero suplente.

A lo largo de 40 años de trabajo Metinides desarrollaría un estilo de fotografía muy particular gracias a dos factores que lo vuelven único: su constante fijación con la imagen “de acción”, que no se limita a la imagen fotográfica sino que va hacia el cómic, la película, el juguete, etc., y su fascinación por narrar asentada, como él mismo dice, en la búsqueda de una imagen que haga sentir al lector en el lugar de los hechos para darse cuenta de lo que pasó allí, así como un constante hincapié en buscar ángulos diferentes, o las formas que recuerda de alguna película o algún cómic que vienen a su mente cuando mira el sitio del accidente.

Veremos entonces abundantes puntos de fuga, tomas picadas y contrapicadas, se nos muestran escenas y  “ambientes”, esto es claro cuando notamos la constante figura del mirón o del vendedor de helados que aparece en muchas de sus fotografías. El sujeto central de la imagen generalmente es el cuerpo inerte pero lo que complementa la fotografía es el marco urbano, los otros actores que miran desconcertados, el reflejo de quien mira y se mira en el cadáver.

Al mirar estas fotografías vemos de manera melancólica muchos otros muertos. En la novela Lullaby, Chuck Palahniuk narra que la mayoría de risas grabadas para programas cómicos fueron hechas en los años cincuenta, por lo que generalmente estamos escuchando risas de personas que llevan muchos años muertas. Eso es lo que pasa con las fotografías antiguas  generalmente, pero en las de Metinides miramos a la muerte directamente y dan un golpe de escalofrío certero, la imagen nos engaña, hay más de un cuerpo, y quizá el más grande es el de la ciudad que se ha ido, sepultada por el anhelo de una mejor vida.

Metinides fotografió cuerpos inertes pero también dejó inerte el momento de una ciudad que no dejó de moverse. Al mirar la más reciente exposición del Foto Museo Cuatro Caminos podemos encontrar testimonio de “El hombre que vio demasiado”, quizá no porque la violencia de sus jornadas haya sido exagerada, sino porque supo retratar lo que nadie más: una ciudad que se desvanecía, y miles de cadáveres que contemplaban la muerte en acción.

 

Yo te amo, ciudad,

porque la muerte nunca te abandona,

porque te sigue el perro de la muerte

y te dejas lamer desde los pies al rostro,

Gastón Baquero

Testamento del pez (fragmento)

 

 

 

 

[1] Nombre dado popularmente a los taxis a mediado del siglo pasado, por su peculiar diseño que incluía una franja de triángulos blancos.

[2] Nombre popular dado a cierto tipo de camiones.

[3] José Emilio pacheco, Las Batallas en el Desierto.

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