¿Quién le pone el cascabel?
Sebastián Lara - 28/02/2014
Por Gloria Donají Velasco Reyes - 30/05/2016
Tenía quince años cuando mi padre nos llevó, a mí y a mi hermano, a contemplar los murales que se encuentran al interior del Mercado Abelardo L. Rodríguez.
No se trataba de un destino planeado. Lo más seguro es que estuviéramos buscando algo que necesitábamos comprar, y que en la búsqueda nos hubiéramos cruzado con el mercado. En realidad, aquel sitio no me habría interesado en lo más mínimo si no hubiera sido por la pregunta de mi padre: “¿Quieren conocer el lugar en donde se conocieron los abuelos?”
Mi abuela trabajaba en una de las panaderías que formaban parte de los locales exteriores del mercado, donde mi abuelo compraba pan. La noticia cobró el sentido de una revelación, y fue entonces que aquel edificio adquirió un significativo valor emocional para mí.
Recuerdo que ingresamos para ver los murales, y ante la visión de las maltratadas y abandonadas paredes, la emoción inicial se disolvió.
No sabía, y no me interesaba, que habían sido diez los artistas que habían participado en el embellecimiento del mercado bajo la dirección del artista guanajuatense, Diego Rivera. La acción formaba parte de un proyecto de remodelación marcado por un profundo sentido de bienestar social que inició en 1933.
Portada del Mercado Abelardo L. Rodríguez.
Por iniciativa gubernamental, se realizó en la calle de Venezuela (sobre lo que fue el antiguo convento de San Pedro y San Pablo), la construcción de un conjunto arquitectónico a cargo de Antonio Muñoz García, que además de un mercado, presentaba también una guardería, una biblioteca, oficinas de gobierno y un centro cultural que funcionaba también como teatro. Se trataba de un proyecto que participaba de los ideales de modernización que cobraron fuerza después de la Revolución: educación, salud, e integración social.
El muralismo, arte de la Revolución y arte revolucionario, tenía vigencia y relevancia en aquel momento. Cuando a Rivera se le encarga la decoración del mercado, este ya nos había legado grandes obras de carácter público como el mural que se encuentra en el cubo de la escalera de Palacio Nacional (1929), y algunas de las escenas que encontramos en el Antiguo Colegio de San Ildefonso (1922).
Para la realización de los murales del mercado Abelardo L. Rodríguez, Rivera invitó a amigos y alumnos a participar cada uno con la realización de una obra. Ahí pintaron los artistas mexicanos: Ángel Bracho (Las vitaminas y sus efectos sobre el organismo), Miguel Tzab Trejo (Los mercados), Antonio Pujol (La plaga del maíz, La vida del maguey, La vida de los mineros), Ramón Alva Guadarrama (Vida campesina y La vida del trabajador), Raúl Gamboa (Los mercados), Pablo O’Higgins, (La lucha de los pueblos contra el fascismo, el imperialismo y el capitalismo), y Pedro Rendón (Escenas populares); dos artistas estadounidenses, las hermanas Marion y Grace Greenwood (La industrialización del campo y La vida de los mineros, respectivamente); y un artista binacional, el escultor estadounidense-japonés, Isamu Noguchi, con un mural escultórico titulado, Historia de México.
En el mural de Noguchi, es posible advertir temáticas de tendencia socialista como la reivindicación del obrero y la crítica al fascismo, muy acordes a los principios del muralismo mexicano. Me pregunto ¿qué pudo haber motivado a un artista extranjero, ajeno a la cultura mexicana, a realizar una obra de este carácter?
Después de revisar su trayectoria y biografía, pienso que la razón que trajo a Noguchi a México fue la confluencia con los muralistas en cuanto a la idea de que el arte tiene una función social activa y que ofrece la posibilidad de una transformación positiva.
Noguchi, de padre japonés y madre estadounidense, nació en los Ángeles, California en 1904. Pocos años después, siendo aún muy pequeño, se mudó a Japón con su familia. Posteriormente volvería a Estados Unidos, en donde comenzaría su formación artística como escultor. Tendría la oportunidad de trabajar en París como asistente del escultor abstracto, Constantin Brancusi, quien sería una gran inspiración para el desarrollo de su producción artística.
Como escultor, Noguchi trabajaría la figura humana, principalmente en bustos, pero se inclinaría por las formas abstractas. Su impulso creativo lo llevaría a introducirse en los campos del diseño y la arquitectura. Realizaría el diseño de escenografías y vestuarios para teatro y ballet, ámbito en el que colaboró con la coreógrafa y bailarina, Martha Graham. Su obra fue versátil y polifacética.
Una de sus creaciones más innovadoras fue la creación de sus llamados “Parques” o “Playgrounds”, en donde pone en juego su gusto por la escultura, el diseño y la arquitectura. Sus Parques son espacios pensados como áreas de juego infantiles en los que la estructura de los juegos se debate entre lo escultórico y lo funcional del diseño. Estilizados columpios, resbaladillas, pasamanos, obstáculos, dispuestos en terrenos que incluían colinas, pequeños lagos, areneros. El patio de juegos del sueño de cualquier niño; aunque seguramente más de un adulto se divertiría como un niño en estos parques.
Noguchi, retomando la tradición oriental del diseño de jardines, crea sus parques como espacios lúdicos y de recreación, que tienen lugar en lugares públicos, y que por lo tanto son también sitios para la socialización y la vinculación con otros. El escultor reconoció las posibilidades creativas del juego como un escape de lo cotidiano, como una actividad que permite ver el mundo de una manera distinta, desde perspectivas inusuales. En ese sentido el juego puede proporcionar una experiencia estética similar al arte.
Es especialmente en la planeación de los Parques de Noguchi, en donde encuentro ideas que se aproximan al ideal revolucionario de los muralistas mexicanos: la importancia de apropiarse de los espacios públicos, la introducción del arte en lugares que no están relacionados con la actividad artística (mercados, parques, escuelas); pero sobretodo, como ya lo había dicho antes, la creencia de que el arte ofrece una experiencia capaz de transformar lo cotidiano para así empezar a abrir la posibilidad de pensar otras formas de relación con los otros y con el mundo.
Playground de Noguchi, Atlanta.
El pasado 12 de mayo se inauguró en el Museo Rufino Tamayo, la exposición Los parques de Noguchi, que presenta una revisión de algunas de las maquetas, prototipos, dibujos, fotografías, y piezas a tamaño real de sus parques de juego. La exposición puede visitarse hasta el 9 de Octubre.
Vale la pena recordar la obra de este artista que compartió y contribuyó con su obra al espíritu revolucionario del muralismo mexicano.
[1] http://the189.com/furniture/isamu-noguchi-a-man-at-work/
[2] Noguchi/Abelardo Rodriguez Market, Mexito City (http://esotericsurvey.blogspot.mx/2016/01/noguchi-abelardo-rodriguez-market.html)
[3] http://www.hermanmiller.com/why/the-great-playscapes.html
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