Eterna seducción entre arquitectura y cine: Aquarius

Por - 14/12/2016

AQUARIUS

Director: Kleber Mendonça Filho

Guión: Kleber Mendonça Filho

Fotografía: Pedro Sotero/ Fabricio Tadeu

Diseño de producción: Juliano Dornelles/ Tales Junqueira

 

Creo que en esta ocasión no profundizaré demasiado en el nombre, por ejemplo, de la actriz protagónica (Sônia Braga) que interpreta a Clara, una mujer de más de 60 años que vive en un edificio llamado “Aquarius” que data de mediados del siglo XX y que es reflejo de aquel glorioso modernismo latinoamericano que se ha visto oprimido tras el creciente desarrollo inmobiliario.

Muy al estilo Up, Clara es dueña de un fabuloso apartamento exquisitamente decorado, con vista al mar, donde lleva una rutina diaria y en el cual contiene incontables experiencias y recuerdos. La película va de una guerra fría entre Clara y sus fantasmas contra una inmobiliaria cuyo imberbe y ridículo “jefe de proyecto” representa a una desarrolladora que ha comprado todos los departamentos, excepto el de Clara, y que pretende construir una torre residencial.

Más allá de un fotografía interesante y unos giros inesperados, lo valioso de esta cinta brasileña que llegó a México gracias al Premio Iberoaméricano de cine Fénix, es la capacidad del director para inmiscuirnos en la vida de su protagonista, para hacernos participes de su historia y acercarnos a ella tan íntimamente que nos hace cómplices de recuerdos y añoranzas. Destaco indudablemente la habilidad de apropiarse del espacio; usó más allá de la imponente vista marina, todos los equipamientos posibles: las canchitas de futbol, el parque, garaje, escaleras, vistas interiores, torres habitacionales, incluso un modesto mueble de la dueña real del departamento al cual le imprimió historia y nos acompañó durante toda la película. Nos encariñamos y desdeñamos la voracidad inmobiliaria, incapaz de comprender el arraigo y cotidianidad del usuario.

Nos colma de pasado y nostalgia, Clara es una periodista, al parecer retirada, cuya especialidad es la música, por tanto el filme no podría ser menos nostálgico musicalmente hablando; es sin duda un deleite visual, musical y cinematográfico.

Aquello que abre al análisis y reflexión son precisamente los cambios que ha generado el boom de la especulación inmobiliaria. En la película vemos el día a día de Clara: levantándose por la mañana, saliendo a bañarse al mar, regresando plácidamente, tomando siestas, siempre con la ventana abierta, y sobrellevando su coqueteo con la muerte en una taciturna ensoñación. Sobreviviente al cáncer de seno y viuda, Clara tiene tres hijos, muy diferentes entre sí, que acoge junto con sus nietos en su apartamento de Recife, Brasil, mismo en el que sobrellevó al cáncer, festejó a su tía y vivió felizmente con su marido.

 

¿Hasta dónde vamos a llegar?

Evidentemente las ciudades y poblados van mutando con el paso de los años y la arquitectura es co-resposable de ello, a demás de los ya conocidos factores como el crecimiento demográfico, los avances tecnológicos y la especulación inmobiliaria. Aquí vemos la terquedad y arraigo a un inmueble y nos hace pensar que con el tiempo los seres humanos nos volvemos más nostálgicos y apegados. Clara ve lo mejor de su vida en esas paredes, está asida a su cotidianidad y no piensa venderla a ningún costo.

¿Cuántas casas son desalojadas, vendidas o expropiadas en pro de los intereses de inversionistas?

En el filme vemos todos aquellos mitos en torno a las licitaciones constructivas: corrupción, papeles misteriosos, secretos y malas prácticas; me hace preguntarme si ese paquete es inherente a la práctica de la construcción, al menos en Latinoamérica.

¿Cuántos de nosotros no tenemos un vínculo emocional con el pasado: con viejas edificaciones en las cuales crecimos, con el barrio donde quedaba nuestra escuela primaria o aquella heladería en la que pasamos nuestras tardes de verano siendo inmensamente felices?

El desarrollo no se detiene ante la nostalgia, y cuando digo desarrollo me refiero al crecimiento natural de una ciudad, no a una especie de utopía progresista, sin embargo hemos escuchado cientos de veces a tíos o padres diciendo “yo recuerdo que en esa calle no había nada de lo que hay ahora”, basta mirar fotografías de principios del siglo pasado para sorprendernos ante el contraste y saturación de nuestra actualidad. Las personas, al igual que las ciudades, vamos envejeciendo, nuestro reloj biológico está en una escala completamente distinta, pero si lo pensamos detenidamente y hacemos una especie de metáfora, han pasado por nosotros los años, cambiándonos y sin conservar mucho, nuestro cuerpo se altera, nuestra mirada, cabello, gustos, amistades. ¿Por qué entonces nos negamos al cambio?

No quiero postularme a favor o en contra, simplemente quiero generar una discusión y análisis sobre la manera en que

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