En 1992 se llevó a cabo, en alguno de los auditorios de la ESIA, una plática de Carlos González Lobo sobre Juan O´Gorman. En alguna parte de la charla escuche una frase que no recuerdo si era del mismo González Lobo o éste citaba a O´Gorman, “Construir lo imposible, o lo que aparenta ser imposible, es la tarea del arquitecto, una barda cualquier pendejo la levanta”.
Para aprender el oficio de la construcción no se necesita ir a la universidad, hay formas más sencillas y baratas de hacerlo, como estar todos los días en una o varias obras durante todo su proceso, de esta forma hay quienes se dedican a construir o levantar bardas, cisternas o cualquier otro tipo de edificación, sin ser necesariamente unos pendejos o haber estudiado arquitectura. Simplemente tomaron otro camino que no fue el del diseño, un camino diferente y más acorde a sus intereses, preferencias, gustos y a las circunstancias o condiciones de su vida, y sin ellos las edificaciones no estarían completas, son tan necesarios como el que diseña.
Pensar que todos los arquitectos se dediquen únicamente a diseñar es lo mismo que pensar que todos los abogados litiguen o que todos los médicos operen, cada profesión tiene una serie de alternativas, campos o áreas de investigación que el alumno durante su etapa de formación podrá descubrir para que, una vez en su vida laboral, pueda continuar con su formación en el campo elegido. Por eso los planes de estudio están compuestos por diferentes materias que dan el soporte integral y necesario para cada profesión.
Al estudiante de arquitectura no se le puede ni se le debe enseñar a diseñar, el diseño es el resultado de experiencias y emociones personales que cada uno conoce y que a través de éste se transmiten, y a su vez de condiciones económicas, sociales y culturales a las que debe adaptarse. Tampoco se debe juzgar su trabajo utilizando argumentos o posturas subjetivas y personales por parte del docente. El papel del profesor debe enfocarse en enseñar cómo resolver un problema de diseño, por medio de un proceso basado en estrategias que fomenten la investigación, el análisis riguroso y la capacidad de síntesis de los dos conceptos anteriores. Con estas herramientas el alumno tendrá los criterios y la capacidad de desarrollar y utilizar un sistema o una metodología que le permitirá resolver cualquier proyecto sin importar su escala.
Por desgracia, la falta de interés y entusiasmo en la investigación, por parte del alumno y también del profesor, limita el proceso y la capacidad para traducir los datos obtenidos en estrategias de diseño, produciendo objetos descontextualizados a una realidad social urgente de nuevas soluciones a problemas básicos de vivienda, movilidad y espacio público.
Estas nuevas soluciones tendrían que surgir no sólo de analizar y entender la realidad actual, sino generando las condiciones que permitan elaborar posturas teóricas que fundamenten estas propuestas en el mediano y largo plazo, sobre todo pensando en el futuro de las ciudades, aquí es donde se presenta una enorme responsabilidad y oportunidad en la creación de generaciones más involucradas con la ciudad y alejadas de la arrogancia gremial.
El alumno, el profesor y la Universidad, forman un triángulo en el que sus vértices están continuamente circulando e intercambiando posturas e ideas, pero en algunos casos pareciera que ninguno de ellos se ha dado cuenta de su papel. El alumno por ejemplo, no está involucrado en la dinámica que le puede generar conocimiento, lee poco y en la mayoría de los casos no lee nada, su falta de interés en la ciudad y en la misma arquitectura, como objeto y organismo de análisis, lo aísla de la realidad en la que se está formando y para la que supuestamente dará respuesta. ¿Cómo podrá identificar las oportunidades laborales si desconoce su realidad?.
Para formar arquitectos competitivos el primero que debe serlo es el profesor, si éste no transmite la pasión de su trabajo a través de sus conocimientos y experiencias lo único que estará formando será una generación apática y hambrienta de saber.
Vincular al alumno con experiencias propias y ejercicios académicos objetivos y tangibles, le da la oportunidad de enfrentar un problema que aparentemente no tiene solución, lo interesante es encontrarla a través del proceso, de formular más preguntas y encontrar respuestas en el camino, como plantea Josep Luis Mateo, pensar y enseñar cómo pensar.
Por su parte las Universidades como instituciones educativas, públicas o privadas, extienden un título que avala o comprueba que el alumno cursó y aprobó un número de materias contenidas en un plan de estudios que quién sabe quién diseñó. El valor de ese documento, mas no del que lo posee, es como dijo Gabriel Zaid, evitar la discriminación. También hace más fácil la búsqueda de empleo y remunera la actividad profesional con respecto al que no lo tiene, y sólo da las primeras herramientas, conocimientos básicos y elementales para poder realizar un trabajo pero no depende ni garantiza el conseguirlo, hacerlo bien, y mucho menos mantenerlo.
Es enorme la responsabilidad que tiene este triángulo en el futuro de nuestra sociedad, una sociedad carente de visión y conciencia, pero con enormes posibilidades de revertir y transformar el presente.