El cliente y el arquitecto: la arquitectura en el diván

Por - 10/11/2015

Dentro del contexto psicoanalítico, existe un fenómeno que se desarrolla durante el proceso de análisis entre el analista y el paciente. En el caso del paciente hacia el analista, el fenómeno se llama transferencia y en el caso contrario se llama contratransferencia. De una u otra manera, a esto se le llama relación transferencial y el fenómeno es el resultado de proyecciones, introyecciones, traslados emocionales y conductuales hacia el otro, desplazamientos que están basados en experiencias, normales o patológicas, y que marcan la personalidad afectiva, ya sea del paciente o del analista y la manera en que cada uno interactúa con el mundo exterior. En el caso del analista, se puede decir que este se convierte en el receptor y depositario del mundo interno del paciente y por tanto recibe un material ajeno que inevitablemente produce un efecto a un nivel consciente o inconsciente[1]. Es esta postura la que me parece relevante en torno al discurso que se puede entablar sobre la relación cliente-arquitecto y sostengo, sin duda, que debido a la intimidad que el cliente entabla con el arquitecto, y viceversa, la relación transferencial se asoma desde el primer día en que se dan esas idílicas conversaciones en torno al diseño. Y ningún mejor ejemplo que el de la casa propia por diseñar/construir ya que, por definición, es la tipología arquitectónica más íntima.

Todo empieza con una emoción desbordante. Por parte del arquitecto, la visualización de las primeras volumetrías, los recorridos de luz, los sonidos, los materiales, el desasosiego por diseñar. Por parte del cliente, las primeras ideas, la programática arquitectónica, las necesidades espaciales, los metros cuadrados, todo eso, lo pragmático. Y consecuentemente el sueño: el de hacer no solamente una casa sino la de los sueños, la que está repleta de proyecciones e introyecciones. Aquí es en donde el proceso arquitectónico toma ese matiz de complejidad tan conocido por muchos, no por lo que se expone desde el núcleo intelectual sino por lo que un sueño expone emocionalmente. S. Freud sostenía que el placer del pensamiento en sesión reduce el mecanismo de defensa psíquico ligado al hecho de reecontrar lo conocido[2]. Esto es, todo descubrimiento emocional a través de la verbalización permite un retorno a un estado emocional portador de placer. Así, se presenta la relación transferencial, con el encuentro entre el cliente y el arquitecto, como si fuera una sesión. El cliente comienza a desnudarse, como en un diván, cuenta su sueño, el de la casa tan anhelada, se desviste de sus deseos y, de manera consciente o no, de sus miedos. El sueño de construir la propia casa expone de manera inevitable al cliente desnudándose afectivamente ante el arquitecto desde ese espacio de portador de placer.

Así, la (contra)transferencia podría verse como un obstáculo para generar una relación positiva, entre cliente y arquitecto, en tanto que el cliente, o el mismo arquitecto, puede sentirse amenazado por sus propias vivencias ante una situación emocional que lo pone en ‘peligro’. Pero también es, quizá, esta alerta la que puede generar precisamente el vínculo que soporte el desgastante y, muchas veces decepcionante, proceso arquitectónico, desde la concepción de la idea hasta la construcción del objeto arquitectónico.

Por el otro lado, la (contra)transferencia positiva, no vista como un obstáculo, sería factible cuando el arquitecto logra en el otro una experiencia viva distinta de la que tuvo anteriormente [3] generando un sentimiento afectivo de confianza y, por ende, el acercamiento con un elemento reparativo a nivel emocional.

En 1936, Frank Lloyd Wright le escribe una carta a Edgar J. Kaufmann que empieza diciendo: ‘Parece que usted está olvidando todo lo que dije con respecto a construir una casa extraordinaria bajo circunstancias extraordinarias’.[4]

Citar a Wright es un recurso muy oxidado pero no deja de ser una referencia si se trata de ejemplificar un caso en el que el arquitecto tuvo la maestría, de manera consciente o no, de generar relaciones transferenciales positivas – no obstante los encuentros dramáticos que tuvo con varios de sus clientes – el señor construyó más de quinientos edificios. El proceso de construcción de la Casa de la Cascada, en Bear Run Pennsylvania, también fue uno plagado de conflictos: pero la cita no hace más que recordarme que el arquitecto también se expone al encuentro transferencial ya que él mismo pretende con ‘su’ arquitectura encontrar un elemento reparativo, un traslado emocional y conductual que lo repare a él mismo a través del otro. Pero entonces, ¿la relación transferencial positiva radica en que la obra arquitectónica sea un éxito o es algo aislado? Es decir, ¿sería válido plantear como analogías el final de una terapia exitosa, entre el analista y el paciente, y la finalización del objeto arquitectónico como el desenlace feliz entre el cliente y el arquitecto? Entonces, valdría la pena que los arquitectos estudiáramos el fenómeno (contra)transferencial para así, quizá, tratar de mitigar, o al menos prevenir, las fracturas emocionales del proceso de la arquitectura.

 

Imagen: Sin título, Daniel Nierman

 

[1] Caparrós, Nicolás y Sanfeliu, Isabel La enfermedad del terapeuta Madrid: Biblioteca Nueva, 2006.

[2] Ibid., p.126.

[3] Ibid., p. 99.

[4] Stipe, Margo Frank Lloyd Wright, the interactive portfolio Pennsylvania: Running Press Book, 2004, p.60.

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