Un museo que no quiere serlo
Víctor Alcérreca - 28/07/2015
Por Marlen Mendoza - 12/01/2017
En un breve viaje vacacional, con el afán de ahorrarme dinero y un poco de tiempo, opté por reservar en uno de esos hoteles all inclusive. Estos hoteles crean un micro mundo de confort y descanso donde se evita a toda costa el menor de los esfuerzos, ya sea para reservar en algún restaurante o para salir del hotel en busca de tu desayuno.
Viajé a Playa del Carmen, en el estado de Quintana Roo, en parte porque me urgía aislarme, obligarme a desconectarme y no pensar en nada más que descansar. Para mi sorpresa, y parafraseando el comentario que hizo un conocido sobre el acceso al hotel, “olvidaba que todos estos lugares se parecen a Parque Jurásico”. Efectivamente, la zona de bienvenida tras un pequeño control de acceso es un montón de vegetación caribeña, de altísimas palmeras, glorietas que ya quisiéramos tener en la CDMX y un motor lobby alucinante.
Debo reconocer que la arquitectura del hotel es bastante prolija, con algunas reminiscencias de arquitectura maya. Se nota que entendieron conceptos como el manejo de la escala y, como todo buen resort, está compuesto por una larga serie de edificios plagados de habitaciones, filtros, pasillos, amenidades y boutiques. Fue sumamente educativo notar el funcionamiento de este género de lugares: una zona familiar, una general, restaurantes buffet concentrados al centro cerca de vestíbulo principal, dos secciones transversales -una más elitista que la otra-, albercas centrales serpenteantes, kilómetros de recorrido peatonal a la playa dotado de abundante vegetación y fauna “silvestre” -unos coquetos coatíes que dejaban ver un cinismo y capacidad de adaptación memorable-.
Los hoteles se caracterizan por estar compuestos por una cara al público y un eficiente sistema tras bambalinas que hace funcionar a todo el organismo cual reloj, al igual que los teatros. Mientras Diego y yo deambulábamos entre los desperdigados islotes proveedores de alcohol, librando a la horda de extranjeros -la mayoría de avanzada edad- y una que otra iguana, noté el poder humano que mantenía a flote estos monstruosos centros vacacionales, desde mantenerlos excepcionalmente limpios, hasta proveer de comida a cientos de gringos hambrientos y con una sed capaz de agotar las reservas de cualquier pulquería; lo que veía era demanda, demanda, demanda.
La ahora famosa 5a Avenida, una calle peatonal -bien ahí- extensísima plagada de comercios, cumple con llamar al turista e invitarlo a entrar, comer, comprar o beber (que se supone a eso va uno) pero carece de identidad y de lenguaje. Los estratos urbanos en torno a esta avenida y el decaimiento se hicieron evidentes conforme nos alejábamos de ella. Playa se ha convertido en un destino vacacional configurado para satisfacer las necesidades del turismo internacional y ha dejado de lado la preservación de aquello que la caracterizaba en un principio.
Por desgracia, sitios como el lugar donde me hospedé fungen como una burbuja en la que quienes están inmersos en ella viven en un espejismo, lejos del comercio autóctono y de la experiencia local. Evidentemente existen otras opciones como los hostales, que al estar generalmente ubicados en el centro de las ciudades permiten el fácil desplazamiento peatonal. Sin embargo, en los últimos años nuestras playas se han visto amenazadas por desarrollos como el que describí al principio y esto ha propiciado un ambiente escenográfico y genérico en el cual da lo mismo estar en Jamaica, Las Bahamas, Holbox o Playa del Carmen, salvo evidentemente por la moneda.
En el centro de Playa vi una importante cantidad de desarrollos inmobiliarios, muchos edificios en construcción al estilo condo de Miami, plazuelas de configuraciones aleatorias que no generan espacio público ni enriquecen la vista de la calle, sino que simplemente están ahí.
Aprendí mi lección pero no dejo de imaginar si existe la posibilidad de tener lugares de recreación que sean cómodos, limpios y que se integren al lugar sin arrebatarle su identidad. Playa no tuvo tanta suerte, ni aquel cenote alma abierta en el estacionamiento de un Walmart en Mérida; sin embargo ahí también debemos estar los arquitectos.
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