El Rostro: Lecturas, pornografía, destrucción y arte

Por - 21/09/2015

 

El cuerpo es una realidad cambiable de una sociedad a otra: Las imágenes que lo definen y que le dan sentido a su espesor invisible, los sistemas de conocimiento que intentan dilucidar su naturaleza, los ritos y los signos que lo ponen en escena socialmente, lo que puede llegar a hacer, las resistencias que le ofrece al mundo, son asombrosamente variados, incluso contradictorios para nuestra lógica aristotélica del tercero excluido por la cual si algo se verifica, su contrario es imposible.

David Le Breton

 

Podríamos comenzar por preparar un elaborado árbol genealógico del retrato en el arte y la cultura popular occidental, desgraciadamente quien escribe este texto no posee la destreza o el tiempo necesario para comenzar a narrar, y usted, amado lector, no poseería el tiempo necesario para leer una anécdota derivativa e inacabable. Es por eso que deberemos limitarnos, si usted lo permite, a los hechos que rodean nuestra no tan asombrosa existencia, plagada de lugares comunes, paradigmas incuestionables y (citando a Le Breton) sistemas de conocimiento, naturaleza y ritos.

 

¿Por qué las identificaciones llevan fotos de nuestros rostros? ¡Pero qué pregunta tan idiota! El rostro es único e irrepetible, es el sitio corporal que delata quiénes somos, no me imagino que, por ejemplo, pusiéramos fotografías de nuestros codos en los pasaportes, y los pobres agentes de aduana tuvieran que revisar cuidadosamente cada una de las peculiaridades de los dobleces y arrugas, para finalmente determinar cualquier cosa sobre nuestra identidad.

 

El rostro se ha convertido en un sinónimo de identidad, y carta de presentación. Generalmente (aunque no exclusivamente) recordamos a alguien por sus rasgos faciales, nuestras redes sociales tienen al menos un par de fotografías cuyo tema principal sea el rostro, casi nunca el homóplato o el dedo pequeño del pie izquierdo y aún menos, por razones técnicas, encontraremos una imagen de nuestro corazón, colon, cerebro o pulmón.

 

“(…) En la cara se condensan los valores más altos. En ella se cristaliza el sentimiento de identidad se establece el reconocimiento del otro, se fijan las cualidades de seducción, se identifica el sexo, etc.”.[1] Como apunta Le Breton, la cara (y lo extiendo a las imágenes de la misma) tiene un lugar privilegiado en nuestra cultura, portadas de revista, tomas cinematográficas, espectaculares, propaganda, maquillaje, lentes, tratamientos, operaciones. Nos interesan nuestros rostros porque en ellos está investida nuestra identidad, porque un manco podría pasar medianamente desapercibido en una reunión social, mientras que alguien con una malformación justo en medio del rostro debería soportar montones de miradas esquivas, y disimuladas. “La cara, junto al sexo, es el lugar más investido, el más solidario del Yo”.[2]

 

Nuestro rostro nos delata, y se encuentra generalmente desnudo: “El rostro es la parte más desprotegida del cuerpo, y por lo tanto una de las más susceptibles a volverse obscena”.[3] Esta observación es hecha por uno de los grande estudiosos de la imagen pornográfica a nivel mundial, por lo tanto podríamos pensar que el rostro no es sólo un receptáculo de quienes somos, sino también un espacio que no puede ser neutral de interpretaciones; triste, alegre, enojado, lujurioso, casi toda emoción humana parte de la observación del rostro.

 

No es exagerado decir que nuestra cultura vive fascinada por los rostros: Katy Perry, James Dean, Cindy Crawford, Juan Pablo II, Fidel Castro, Margaret Tatcher, nombres tan grandes no vienen sin rostros anexos; la cultura pop, como bien apuntaría Andy Warhol en algunas de sus obras más famosas, está construida de rostros que se vuelven básicos para comprender el imaginario visual de una sociedad, cánones de belleza, emociones, propaganda política, todo cabe en un rostro.

 

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Andy Warhol, Marylin Monroe

liePoster promocional de la serie Lie to me*

 

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Mario Testino, Sin título (Retrato de Lady Di)

Incluso se han generado relatos de lo que el rostro esconde a la vista de todos, como la teoría de las microexpresiones faciales del doctor Paul Ekman, más tarde popularizada por el drama televisivo Lie to me, en el cual un famoso científico era capaz de desentrañar los secretos de cualquier persona con sólo mirar su rostro. El drama poco tiene que ver con la ciencia de Ekman, es más una hiperbolización de un aspecto de ella, lo cual resulta fascinante, porque muestra lo realmente poderoso que es para nosotros observarnos a la cara, y la parte de un anhelo (perverso o no) por conocer todo de quien está frente a nosotros, por medio de la parte más social de su cuerpo.

 

ruven

Ruven Afanador, De la serie Mil besos

 

El poder del rostro es también un aspecto que ha sido ampliamente explotado en otros ámbitos de la imagen; por ejemplo, en la industria del cine pornográfico. “La obscenidad suprema no está en los genitales, como pretende la tradición puritana, sino en el rostro, en su condición de sede de la expresión de las emociones más íntimas, delatadas incluso contra la voluntad del sujeto”.[4] Gubern no concede la menor duda, para él la pornografía trata de un documental preciso sobre sexualidad humana, y la obscenidad de la misma viene dada en gran medida por la serie de rostros y gesticulaciones que se articulan en medio de los filmes ¡La pornografía trata más de rostros que de genitales!

 

¿Por qué existe la convención de eyacular en el rostro de las actrices porno? “(…) un acto que tiene como resultado iconográfico una suerte de singular condensación freudiana (cara/semen). El semen sobre el rostro femenino (…) además de verificar para el mirón la eyaculación masculina, implica un mancillamiento simbólico del sujeto poseído por medio de una marca visible de posesión y dominio”.[5] Este, sin embargo, no es un caso aislado, la pornografía homosexual no se libra de la convención de la eyaculación facial, e incluso la pornografía lésbica la sustituye con el face-sitting (literalmente sentarse en la cara del otro, que cumpliría una función similar a la descrita por Gubern).

porno

Fragmento de imagen de una película pornográfica.

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Lorenzo Bernini, El éxtasis de Santa Teresa (Fragmento)

Un rostro mancillado representa un sujeto humillado o sometido, un rostro desfigurado se convierte en la imagen perversa de la sacralidad violada, la constancia de la finitud, fragilidad y monstruosidad ocultas en cada uno de nosotros; aspectos que, pintores como Francis Bacon o fotógrafos como J.P. Witkin han utilizado como materia prima de sus estilos, de un modo similar, aunque conceptualmente lejana de los anteriores, la artista francesa Orlan ha sabido desafiar las convenciones occidentales de la belleza facial al reimaginar su propio rostro dentro de otros cánones culturales o temporales: el retrato facial como elemento dependiente de paradigmas específicos.

 

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J.P. Witkin, The harvest

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Francis Bacon, Self-portrait

 

¿De qué dependerá el significado de cada retrato? Por supuesto que de la parte del cuerpo que estemos representando, en el caso del rostro, como hemos visto, cuando representamos estamos aludiendo a la identidad, al poder, a la obscenidad y la sacralidad de la imagen; alterar la proporción facial implica dotar de una nueva personalidad al representado, tal como lo ha explotado la caricatura, especialmente el cartón político, que por medio de la exageración de rasgos acentúa virtudes o defectos.

 

La cara es el lugar de representación por excelencia, ya que al estar expuesta a la mirada social y ser el sitio en el que culturalmente hemos depositado la individualidad, emerge como la parte del cuerpo que diversas esferas desean admirar, excitando miradas a través de los tiempos.

 

[1] Le Breton, David, La sociología del cuerpo, p. 74.

[2] Le Breton, David, La Sociología del cuerpo, p. 74.

[3] Gubern, Román, La patología de la imagen, p. 243.

[4] Gubern Román, La patología de la imagen, p. 243.

[5] Gubern Roman, La imagen pornográfica, p. 21.

 

 

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