Me niego a morir
Sergio Gallardo - 08/09/2015
Por Aline Hernández - 03/06/2015
En 2012, el artista visual Jonas Staal fundó el proyecto artístico y organización política The New World Summit. De acuerdo con Staal, la organización está dedicada a ofrecer parlamentos alternativos que acogen “organizaciones que actualmente se encuetran excluidas de la democracia. New World Summit se opone al mal uso del concepto de democracia como expansionismo militar y ganacias coloniales a los cuales la organización se refiere como “democratismo”. (…) En oposición al democratismo, The New World Summit explora el campo del arte como un espacio para reimaginar y actuar sobre una práctica fundamental de democracia”1.
Las primeras tres cumbres tuvieron lugar en la séptima edición de la Bienal de Berlín, en la primera edición de la Kochi-Muziris Bienal y en el Museo de Lakenhal and De Veenfabriek y propuso abrir el espacio para que organizaciones catalogadas como terroristas que actualmente se enfrentan a un cerco político, pudieran tener voz. Facilitó entonces el espacio para que representantes del Movimiento Kurdo de Mujeres, del Movimiento Independentista Basco, del Movimiento de Liberación Nacional de Azawad y del Movimiento Democrático de Filipinas pero también abogados, defensores públicos, jueces y asesores gubernamentales pudieran reunirse.
Más adelante, en 2013, Staal junto con sus colaboradores fundó la New World Academy, la cual invita a “organizaciones involucradas en el proyecto político progresivo a colaborar con artistas y estudiantes para desarrollar proyectos en conjunto que exploren el rol del arte en el centro de la lucha política”2 De este modo, han buscado hacer del proyecto un espacio donde experimentar formas de democracia que no tengan límites, argumentando que o la democracia no tiene límites o no debería de existir. Según Staal, la cumbre se posiciona como un espacio donde activar la imaginación radical, donde articular y reflexionar en torno a las posibilidades prácticas de nociones como emancipación y democracia fundamental.
¿Pero quiénes son exactamente estas organizaciones a las que se le da el espacio para expresarse? En 2002, Noam Chomsky escribió un artículo titulado Who are the Global Terrorists? Los eventos que tuvieron lugar el 11 de septiembre en los Estados Unidos, abrieron camino para el diseño y aplicación de una serie de políticas para luchar contra el terrorismo. Más recientemente, los eventos que ocurrieron en París este año, permitieron la expansión de las políticas a Europa. Por otra parte, tenemos la fuerza y avance que están logrando los grupos radicales del Estado Islámico de modo general. Pero ¿qué significa esto? De acuerdo con Chomsky, las condenas al terrorismo dejan una serie de preguntas abiertas. “La primera es; ¿Qué queremos decir por terrorista? Segundo: ¿Cuál es la respuesta propia al crimen? Cualquiera sea la respuesta, tendría al menos que satisfacer una perogrullada moral: Si proponemos un principio que es aplicado a los antagonistas, entonces debemos de estar de acuerdo – de hecho, rotundamente insistir- que el principio aplica a nosotros también. (….) El problema de la definición es sostenido por ser fastidioso y complejo.”4
Si atendemos al desarrollo de las políticas, podemos encontrar en ciertas fuentes definiciones concretas. Chomsky alude al manual de la Fuerza de Guerra Norteamericana donde explican que el terrorismo es “el uso calculado de la violencia para atentar o violentar para alcanzar metas que son políticas, religiosas o de naturaleza ideológica (…) a través de la intimidación, la coerción, o la implantación de miedo”5. Sin embargo, de acuerdo con el autor, la definición no puede ser aislada de su contexto, por el contrario, si atendemos a este, descubrimos que fue formulada durante el periodo de Reagan cuando se estaba precisamente intensificando la guerra contra el terrorismo. Chomsky ofrece una serie de ejemplos de casos catalogados como terroristas que involucran a países como Túnez, Nicaragua, y en general países del Medio Oriente. El problema, tal como plantea el autor es que a tono general, la categoría aplica para encajonar a los países u organizaciones que están atacando a las potencias y no a los que las potencias están atacando y explica que:
“Evidentemente, tenemos que calificar la definición de ‘terrorismo’ dada en fuentes oficiales: el término aplica sólo al terrorismo contra -nosotros-, no al terrorismo que llevamos a cabo contra -ellos-. La práctica, es convencional, incluso entre los asesinatos en masa más extremos: los Nazis estaban protegiendo a la populación de sus partisanos terroristas dirigidos desde el exterior, mientras que los japoneses estaban trabajando abnegadamente para crear un ‘paraíso en la tierra’ mientras peleaban con los ‘Bandidos chinos’ terrorizando la paz de las personas en Manchuria y su gobierno legítimo. Excepciones son difíciles de encontrar.”6
Bajo el argumento de estar luchando por un orden común, en contra de fuerzas que amenazan sus ideales de democracia, países como Estados Unidos, Inglaterra, Japón, entre otras potencias mundiales, han emprendido guerras brutales, persecuciones y genocidios. Las acciones implican el imponer una ley de fuerza bajo una retórica ilusoria. Las implicaciones son muchas veces dejadas de lado; la cantidad de muertes que supone su “lucha contra el terrorismo”, la destrucción de tejidos sociales, la destrucción de ciudades completas y los asesinatos colaterales pocas veces salen a luz. De algún modo, esta guerra es una forma de domesticar la violencia impuesta a países débiles, violencia mediada en muchos casos por intereses económicos que abarcan desde el control de recursos naturales hasta las vías de comercio.
¿Qué significa, en este contexto, un proyecto como este? En un panorama donde el forjar cierto pluralismo de voces y opiniones se ha vuelto una lucha, donde el examinar públicamente las implicaciones de sus acciones contra países débiles es un privilegio, y donde nos vemos rodeados por un constante cerco mediático que replica los argumentos de las potencias, la posibilidad de un espacio de contrainformación donde entender los conflictos desde la complejidad que suponen se vuelve una suerte de fuero. New World Summit posibilita el comprender que por más ‘neutral’ que parezcan las guerras no-declaradas, distan mucho de serlo y lejos de alentar un posicionamiento ingenuo sobre la esfera del arte y entendiendo que este proyecto esté igualmente inscrito en una red de mercado que envuelve al arte, no se puede negar que lo mismo está abriendo un espacio de discusión necesario. Steyer, en su libro Los condenados de la pantalla explica que “El campo del arte es un espacio de violenta contradicción y de tremenda explotación. Es un lugar de chismes sobre el poder, especulación, ingeniería financiera y manipulación masiva y fraudulenta. Pero es también un lugar de comunidad, movimiento y energía. (…) Todo ello lo hace importante para la realidad contemporánea. El arte afecta a esta realidad precisamente porque está involucrado en todos sus aspectos”7.
Frente a muchas de las críticas que se pueden hacer al sistema de la cultura, a la esfera artística en concreto, a los modos en que opera y a la irremediable relación que guarda con las políticas neoliberales, tenemos también que decir que el arte sigue siendo un espacio de conflicto. Hace relativamente poco, un compañero me contó que, durante un seminario, uno de los participantes que se dedica a otra disciplina, le explicó -y parafraseo- que uno de los aspectos que él consideraba más valiosos del arte es que permanece, pese a todo, como un espacio donde la disputa se hace evidente. Es cierto, el arte incorpora muchos de los aspectos que en ocasiones los proyectos o los agentes culturales critican, de algún modo el sistema neoliberal ha sentado el terreno para que no podamos caminar sin pararnos en contradicciones, se trata entonces de distinguir las potencias fuera de los modos en que el mercado todo engulle. Sería una práctica similar a la que propone Georges Didi-Huberman con respecto a las imágenes. Dejar que una imagen te implique es ir más allá de lo que vemos, a lo que no vemos. Es ahondar en la imagen, desbordarla. Tal vez, nos toca mirar con imaginación, mirar de un modo multifocal donde podamos tomar lo que nos sirve, observar bajo una perspectiva diferente. Ello implica entonces un proyecto de desaprendizaje, de echar luz ahí donde no vemos más que oscuridad. Abrir el debate sobre las organizaciones que están catalogadas como terroristas implica a su vez abrir el debate sobre las políticas que han influenciado en que éstas pasen a formar parte de la lista negra. Staal está abriendo el espacio para entender la cultura terrorista que los gobiernos junto con los medios han alimentado, implica librarnos del spam que rodea a la cultura poco ingenua, resultado de su replicación en aquellos espacios que dicen albergar herramientas para la “información pública”.