¿A qué suena la ciudad?
Marcos Betanzos - 09/04/2015
Por Marlen Mendoza - 14/07/2016
“The Human Scale”
Dirección: Andreas MØl Dalsgaard
(2012)
“…And the city was conceived as a machine for living”
El arquitecto y urbanista danés Jan Gehl, mundialmente conocido por sus estudios urbanos, su colaboración en el mejoramiento de ciudades en conflicto y sus libros publicados, como “Ciudades para la gente”, es sobre todo un profesional sensible a la humanidad.
El documental The Human Scale, dirigido por el danés Andreas MØl Dalsgaard, echa un vistazo al trabajo de investigación que Gehl ha llevado a cabo a lo largo de más de 40 años de vida profesional. Dividido en 5 capítulos, plantea interesantes interrogantes sobre la manera en que la ciudad existe. Comenzando por enfatizar que las ciudades están planteadas en una escala equivocada, como resaca del movimiento moderno que, entre otras cosas, sucumbe a priorizar el uso del automóvil, junto con una buena dosis de aspiracionismo en torno al auge consumista.
Durante los 5 capítulos damos un breve pero contundente paseo por ciudades que ejemplifican casos de éxito o fracaso y que Gehl ha estudiado, interesándose en las personas antes que en los edificios, de ahí que la escala humana sea aquello que los arquitectos y urbanistas estamos relegando. Daca, capital de Bangladés, una de las ciudades más pobladas del mundo, la multicultural Nueva York, Melbourne, Chongqing en China y Christchurch tras el terremoto del 2011; son los escenarios a partir de los que Gehl se inspira para desarrollarlos en la ciudad de Copenhague.
No es sencillo entender el espíritu de una generación cuando no lo viviste, incluso no hay correspondencias entre unas ciudades y otras, sobre todo cuando consideramos que cada ciudad tiene una edad diferente y por tanto un desfase temporal. Sin embargo, gracias a la globalización, lo que afecta en algún lugar del mundo repercute en mayor o menor medida hasta sitios recónditos. En nuestro caso, México está ligado irremediablemente a los Estados Unidos, nos guste o no.
Hemos tratado de emular sus esquemas de vida: las grandes y cosmopolitas ciudades, los suburbios con el estandarte del progreso, el automóvil como sinónimo de estatus y una calidad de vida en torno al cuánto posees para ser feliz. Sabemos de sobra que somos una sociedad de consumo y posterior al nacimiento del hombre moderno y a la industrialización de la construcción de edificios, concluimos en el error al construir porque puedes y no porque lo necesites.
Destacan conceptos simples pero con un fuerte impacto a largo plazo: es mucho más barato hacer aceras buenas que invertir en infraestructura como pisos elevados para automóviles; los callejones deben de ser espacios abiertos para la gente además de que reactivan la economía del lugar y erradican la inseguridad; la humanización del espacio urbano, el acceso a la infraestructura social y la libertad de elección en términos de movilidad como premisas para un ambiente urbano adecuado para el ser humano.
Se expone el fallido caso de Brasilia, proyectada desde una “vista pájaro” muy distante de ser agradable a nivel del suelo, enfatizando la inherente relación del ser humano con su entorno a una escala congruente con nuestras proporciones fisionómicas, es decir, los rascacielos nos encojen, mientras tienden a mirar hacia el cielo, obstaculizan la luz natural y el aire fresco, impersonalizan a quienes los habitan, aíslan y compiten entre ellos.
Queda claro que hay enormes y poderosas fuerzas económicas que dan forma a la ciudad, pero son las emociones y las historias las que consolidan el valor humano en ella. La ciudad no solo es una máquina para habitar, tiene pulso y muta constantemente. Las mega ciudades tienden hacia lo anónimo y vertiginoso y consumen cantidades descomunales de energía, en cambio, para Gehl es fundamental mirar hacia las necesidades humanas de libertad, identidad, entendimiento, seguridad, esparcimiento interacción y comunicación, mismas que deben incorporarse a la planeación urbana.
Hasta ahora el modelo urbano moderno trajo consigo problemas ambientales, de tránsito, gentrificación, guetos e indiferencia, además de los problemas de salud física y psicológicos asociados con la depresión y soledad. Las cifras mencionadas en el documental arrojan que un 50% de la población mundial vive en zonas urbanas y se estima que para el 2050 aumentará hasta llegar al 80%. Gracias a que el documental incluye entrevistas con arquitectos, pensadores, activistas, científicos y urbanistas, mismos que dan sus ideas y experiencias como habitantes de una mega ciudad, es que podemos llegar a conclusiones intuitivas y reflexiones sobre el qué y el cómo de lo que hacemos día a día por mejorar nuestro ambiente. Además, deja claro que las acciones no requieren de un gran presupuesto pero sí de observación y paciencia, sabiendo que los cambios son paulatinos y que no hay un beneficio a corto plazo, que implican conflictos al tratar de mediar entre las opiniones de las personas, pero que al final garantizan un ambiente sano y disfrutable.
El documental es informativo, consistente y fluye, la música acompaña favorablemente los encuadres que capturan las singularidades entre cada ciudad, sin embargo no sentí una conclusión o un cierre, no plantea una postura de vista hacia el futuro, ni sugiere el uso de la tecnología en pos de la búsqueda de soluciones, considerando las necesidades específicas culturales.