En las primeras décadas del siglo xx la fotografía y la cinematografía comenzaron a ocupar las páginas de la teoría artística y la filosofía, así como a formar parte activa de la propia reflexión del arte sobre sí mismo.
En los años 80 la entrada de la fotografía y el cine al campo artístico seguía siendo un debate encarnizado, a tal punto que algunos teóricos optaban por mantenerse al margen de la discusión y analizaban los mecanismos y alcances del cine y la foto al margen de su inscripción en o exclusión del mundo del arte.[1]
Actualmente, tanto la fotografía como el cine son entendidos como espacios para el quehacer artístico. Sin embargo, la misma noción de “arte” ya le queda chica al ejercicio masivo del artificio audiovisual que viene de la mano con sus medios de difusión. ¿Qué es lo artístico en la era de la saturación en la que se ha generalizado la creación y el consumo de la imagen y el video?
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Luigi Pirandello, cuyas obras de ficción funcionan también como tratados de arte, confrontó en su novela Si gira (1916) los mecanismos del teatro y del cine, presentando a la cámara de filmación como un artefacto alienante que separa a los actores del público, anulando así uno de los propósitos fundamentales de la actuación: la comunicación viva entre el actor y la audiencia.
Walter Benjamin, en La obra de arte en la era de la reproducción técnica (1939), trata el asunto desde una perspectiva a la vez mística y marxista, pero con mucho más optimismo y proyección. Si bien la disociación provocada por el cine entre el actor y la audiencia rompe con el mecanismo y el propósito de la actuación (como habían sido concebidos hasta entonces), y tiene como consecuencia la conversión del actor en mercancía, la cámara también “nos permite descubrir el inconsciente óptico, del mismo modo en que el psicoanálisis nos hizo descubrir el inconsciente pulsional”[2].
Es decir, la cámara ofrece a la humanidad y, así, al arte, una nueva manera de mirar. Este planteamiento de Benjamin es fundamental puesto que disuelve desde su origen la objeción, tantas veces formulada, que propone que la cámara es incompatible con el quehacer artístico porque capta la realidad sin artificio. Entendámoslo: toda captación de la realidad con potencial de transmisión y reproducción ya es en sí misma un artificio.
En el mismo texto, Benjamin responde a otra objeción popular de su tiempo entre los detractores de la cámara: que el cine es un medio de entretenimiento que distrae a las masas y las desvincula de cualquier inclinación intelectual o revolucionaria. En esta objeción se parte del supuesto de que el arte exige concentración, mientras que las masas, aglomerado humano sin agencia, procuran la distracción. Benjamin concuerda con la realidad de la distracción en la recepción del cine, pero aborda el asunto desde una perspectiva más entusiasta y también, cabe decirlo, más productiva para la teoría: “el examinador distraído”.
“La recepción en estado de distracción, cada vez más visible en todos los campos del arte, síntoma de una profunda transformación en la percepción, ha encontrado en el cine el instrumento que mejor se presta a su ejercicio”[3]. La percepción distraída, plantea el autor, nos ayudará a resolver las nuevas tareas planteadas por el arte. El arte nuevo (y recordemos que esto se dijo desde los años 30) viene de la mano de la distracción: una forma nueva de percibir la realidad y de apreciar el arte.
Otra implicación de la dialéctica entre la distracción y la concentración en lo concerniente al cine y el arte, es la creencia de que el arte no es para las masas y lo masivo no es para el arte. La cámara logra distribuir imágenes en movimiento y luego sonido a todas las latitudes geográficas y así lleva el quehacer artístico y el análisis del arte a las masas. Esa característica es a la vez una amenaza al arte como se concebía antes de la invención de la cámara y una posibilidad revolucionaria importantísima.
Ya desde la era de la reproducción técnica surgió la posibilidad de que cualquiera tomara una foto, hiciera un video, fuera sujeto de un retrato o una película, o incluso que escribiera sobre ello. En el 2018 las masas alfabetizadas están también tecnologizadas. Hoy en día el ciudadano promedio puede y quiere tener acceso a un smartphone, al universo de las redes sociales y así al reino de la creación.
El examinador contemporáneo está más distraído que nunca. Basta ver a cualquiera scrolleando Facebook, Instagram o Twitter para comprobarlo. El individuo dentro de la masa genera y recibe contenido a ritmos que parecieran incluso rebasar las velocidades de la conciencia, no digamos ya de la reflexión y la apreciación estética. Y sin embargo la examinación ocurre y se manifiesta a través de likes, comentarios, corazones y retuiteos. En una fracción de segundo el ojo capta, decide y premia la belleza, la asertividad, el ingenio. Los escritores están en Twitter, los fotógrafos están en Instagram. El examinador, por su parte, está detrás de cada smartphone y es veloz, es fugaz, es masivo.
¿Qué es el arte en el 2018?, ¿quién lo selecciona?, ¿cómo se distribuye?, ¿cómo es que una imagen, un video o un texto logran llamar la atención del examinador distraído en la era de la saturación?
La invención de la cámara nos trasladó del valor de culto del arte hacia el valor de exhibición. El inicio del arte contemporáneo con La Fuente de Duchamp (1917) puso en juego los atributos materiales, técnicos e intelectuales de la obra artística. ¿La expresión de las masas que crean, seleccionan y opinan a través de las redes sociales nos llevará hacia una nueva reconfiguración de la noción de arte?
Ilustración: @ajoconeme
[1] Cfr. Berger, John (2015), Para entender la fotografía [tr. Pilar Vázquez], Editorial Gustavo Gili, Barcelona.
[2] Benjamin, Walter (2011), El arte en la era de su reproducción técnica [tr. Silvia Fehrmann], Ed. El cuenco de plata, Buenos Aires, p. 42.
[3] Ídem, p. 48.