Entras y te vas

Por - 20/07/2015

-¡Diez pesos le vale, es el disco formato MP3 con los mejores éxitos de los noventa, va calado, va garantizado!

8:43 de la mañana, avanzamos lentamente por líneas paralelas; un cuerpo sale y otros tres entran al vagón, contorsionismo grupal; estirar las piernas, abrir los brazos, arquear la espalda para que el otro no pase, o que pase lo más lejano que se pueda en un espacio milimétrico.

Quienes vamos de pie estiramos los pies, combatimos el cansancio de treinta minutos con los brazos hacia arriba, los que van sentados en su mayoría cabecean, arriba y abajo, pasa una luz en el túnel , el vagón baja sobre las vías y las cabezas suben, uno de los sitios con más extraños donde se comparte el íntimo momento del sueño. Todos debemos llegar a algún sitio , maldecimos los tres minutos que tardamos detenidos en Atlalilco, hay un mínimo margen de tiempo en una ciudad que siempre va deprisa, una urbe que roba (a los más afortunados) al menos dos horas diarias de traslado, del punto A al B, del hogar al trabajo, de mi casa a tu casa, de Tláhuac a Bellas Artes.

Allá afuera no hace calor pero la respiración de decenas de cuerpos en un espacio reducido lleva a que las paredes setenteras del vagón se llenen de una extraña mezcla de vapor, lodo y tinta de plumón, apenas una capa de un lodo ligerísimo que no escurre por sí sola, sino que espera un empujón, un roce de tu mano para caer.

9:19 de la mañana, el viejo póster de Avengers: Age of Ultron es retirado del Metro Bellas Artes, la gente se arremolina en torno a la única escalera eléctrica que funciona en el andén, a mi lado una pareja se toma de la mano mientras platican algo que no alcanzo a oír, frente a mí un par de amigos, con cámara al cuello, van platicando.

 

-¿Viste esa pinche película?

-No, pero dicen que está de la chingada, el fin de semana que salió fui al cine, la iba a ver, pero había una colísima en las salas, y nada al final de una gran fila vale la pena.

-Jajaja sí, yo vi una foto en el Face donde se veía que sólo estaban proyectando esa madre en un cine…

-Pues como dijo mi cuate Cuarón, puro genocidio cultural.

-Ya puro morro queriendo ser el Capitán América, en mis tiempos queríamos ser como el “Matador” Hernández.

-O como Jorge Campos, jajaja, esos sí eran héroes…

-Apúrate wey, es en esta salida…

 

El olor a tacos de canasta, las voces de los vendedores de periódicos: Récord, Basta, El Metro, El Gráfico, alegrías y botellas de agua, chicles y Coca-Cola; adelante hay una puerta donde están formadas al menos 20 personas, “SE SOLISITA (sic) AYUDANTE DE LIMPIEZA GENERAL, INTERESADOS PRESENTARSE AQUÍ CON CURICULUM”.

El pasillo es largo, pero el Metro siempre sabe recompensarnos, cuando nos traga sabemos que tarde o temprano nos escupirá en algún lugar al que invariablemente llegaremos tarde; en las escaleras hay dos personas pidiendo limosna, alguien se detiene a dejar unas monedas mientras yo sigo mi camino hacia arriba; al salir no puedo evitar el cliché, respirar y admirar el palacio blanco, el castillo del correo, el viejo banco y el rascacielos enano.

La entrada a Bellas Artes es un hervidero, entre guardias de seguridad, turistas que se toman la foto del recuerdo y cientos de personas formadas, para entrar a la exposición que se anuncia; dos banderolas enormes avisan, Miguel Ángel Buonarroti y Leonardo Da Vinci en Museo del Palacio de Bellas Artes, estoy asombrado, falta media hora para que el museo abra y he tenido que formarme en una fila gigante, un coralillo multicolor que rodea el palacio blanquísimo; llevo años viniendo al Centro Histórico casi diariamente, es la primera vez que tengo que hacer una fila tan larga para entrar a un museo.

 

Frente a mí un par de señoras jóvenes comentan sobre la muestra:

 

-Le dije a Juan que viniera, pero no quiso.

-Ay, a mí me gusta mucho Leonardo, desde que lo vi en la secundaria, tenía un profe que nos hablaba de él.

-Dicen que se ponía a él mismo en sus autorretratos.[¡¿?!]

-Yo vi en una película que ponía mensajes en sus cuadros, pero ya ves que luego es puro cuento.

-Ojalá traigan al encuerado que hizo, está bien buenote jajaja.

-La verdad está súper padre que traigan estas cosas, de otra forma nunca podríamos verlas, imagínate cuánto cuesta un viaje a Europa.

 

No es el museo o los artistas, pero me siento irritado al pensar en un espacio gubernamental paternalista, que nos “regala” (si 17 millones de pesos del erario público significan un regalo) una muestra con obras que nunca podríamos ver de otra manera, no es justo que en el fondo sea la desesperanza y la ilusión lo que lleva a una muestra de esta naturaleza. Pienso en esto mientras el sol va cayendo más pesado sobre nosotros, una señora con un diablo y dos paquetes de agua hace su venta del día; me dan ganas de ir a caminar por Madero y mirar el Palacio Nacional, que al final de cuentas es casi contemporáneo (cronológico) de los italianos.

Son casi las once de la mañana, había leído que hay colas de hasta tres horas para entrar, parecía increíble que en esta ciudad miles de personas detuvieran su vida durante tres horas o más para echarle un ojo a una obra de arte. Al parecer algún representante del gobierno está más que contento por toda la gente que viene a ver. ¿Se necesitan más visitantes para medir el éxito de un museo? Si esto es cierto entonces deberíamos irnos olvidando de cualquier artista que no genere millones de likes en cualquier red social.

Una señora sale del museo desilusionada porque adentro no se puede ni caminar, sólo hay oportunidad de caminar rápidamente entre las esculturas y ver sin atención los dibujos y bocetos, comienzo a dudar que valga la pena estar tres horas bajo el sol para ni siquiera poder admirar detenidamente cualquier obra. ¿De verdad le importa el espectador al museo como sujeto que necesita relacionarse con la obra de arte? ¿O acaso sólo importa que entre, vea y se marche? Como los últimos blockbusters del año, esta exposición ha sido estrenada a inicios del verano, es el hit de la temporada.

Mientras avanzamos bajo las lonas que se han puesto frente al museo me pregunto a qué se debe mi mal humor. Voy a ver las obras de uno de los héroes de mi infancia y la de miles de niños, el verdadero factótum, el todólogo que escribía al revés en su espejo y que ocultaba mapas en sus cuadros; diseñador de maquinas, instrumentos y sinfín de artefactos. Voy a ver obras de la mano del artífice de la Sixtina, el escultor de la Piedad. Estoy en uno de los momentos más anhelados, ¿qué importa esperar dos horas y media? En esta ciudad realmente no importa nada. ¿Qué importa caminar rápido entre las obras, en una fila que avanza a un ritmo establecido? Para mí, realmente significa todo.

Vengo del Metro. Diario me sumo a la multitud que otros sufren, realmente no necesito más cifras de personas que van y vienen. Imagino el sudor con fino polvo del vagón y me siento muy triste al pensar en que esa podría ser la misma sensación que viva en el palacio. No quiero contorsionismo grupal, sino experiencia íntima. El malestar no es que acuda mucha gente al llamado del arte, sino que se trata de una ilusión, cuando hay miles en un recinto y pocas decenas en cualquier otro que esté a unas cuadras de allí.

Si la apuesta es por la espectacularidad y las multitudes, quizá deberíamos dejar que algún productor hollywoodense dirija nuestros museos más importantes, guardar en las bodegas el arte virreinal, el prehispánico, o cualquiera que no genere filas interminables. No hay mucho que agradecer cuando la indolencia de las autoridades revela que no hay un verdadero interés en los espectadores; cuando hay millones para traer esculturas italianas y el monumento ecuestre más significativo de la ciudad (y del mundo) lleva años tapado, como si la ineficacia cultural se pudiera meter bajo la alfombra; cuando “no hay dinero” para pagar a tiempo a los trabajadores de los museos.

Pensaba en lo poco significativa que podría resultar aquella exposición para algunos de los niños que las familias llevaban, lo malo que era no poder observar en lugar de echar un ojo y decidí que ya no deseaba entrar. Cuando faltaban quizá veinte minutos o media hora para entrar, me puse a caminar por ahí mientras buscaba otra exposición. Tal vez nunca tenga la oportunidad de ir a ver estas obras en Europa, pero como dijo un gran pensador de nuestros tiempos “nada al final de una gran fila vale la pena”.

 

 

 

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