Para educar se necesita cerebro, corazón y huevos

Por - 07/04/2015

 

La investigación debería de ser el punto de partida para cualquier área científica o artística, teórica o práctica. Es aquí donde se crean las nuevas generaciones de disciplinas, estilos y teorías, y donde crecen las nuevas tecnologías que cotidianamente utilizamos, desde la creación de un ipad, hasta la invención de un robot para cocinar o construir un muro. Si “la práctica hace al maestro”, la idea hace la práctica. La idea es la base fundamental para el desarrollo de cualquier teoría y, porqué no, de una investigación científica. En otras palabras, de una investigación que sustentada en investigaciones relativas obtiene nuevos resultados, innovativos y sobre todo prácticos. Esto es investigación científica.

 

Durante las colaboraciones de marzo en portavoz.tv me llamó mucho la atención el ensayo de Eduardo Cadaval, “Doctores que no curan, profesores que no saben”; como el título ya propone, Cadaval plantea una serie de relaciones y comparaciones en la profesión de arquitectura en su fase académica. Sobre todo, discute y pregunta la necesidad de tener un doctorado para impartir clases. El doctorado no funciona porque tiende a ser teórico y poco práctico, y Cadaval define la arquitectura como una carrera práctica. La constante lucha que Cadaval expone sobre la práctica vs la investigación, abre un sin fin de discusiones. En lo personal, aprovecho para profundizar más el tema de discusión y extender el debate al público. Sería sobre todo interesante leer a un director de Escuela o, mejor aún, a un vicerrector académico.

 

Acerca de si se debe o no tener un doctorado para impartir docencia, creo que depende de dos parámetros, primero de la formación del arquitecto, y segundo, depende mucho de la institución. Pero el problema se necesita visualizar de forma más genérica. Las plazas docentes, al menos la mayoría de ellas, se tendrían que concursar, y el comité de selección tendría que estar constituido por una serie de arquitectos, practicantes, teóricos y de investigación, un pedagogo, y no un sacerdote, o al menos este no debería de influir de forma determinante en la decisión final. Si no, iniciemos por cambiarle el nombre de universidad a clero de intereses unidireccionales.

 

Pero retomemos el tema de los exámenes de admisión. Actualmente, los dichosos exámenes de admisión para un profesor, tanto en Europa, Estados Unidos y México, los define un pedagogo (que por lo general desconoce el area de desarrollo) con un profesor de planta, lo cual significa que no es un arquitecto practicante. Vaya combinación. En la mayoría de los casos, el dichoso examen se convierte en un teatrito; una escenografía para “cumplir con los requisitos”, sin dejar a un lado los múltiples exámenes psicométricos, las entrevistas con el coordinador, director, vice-rector, rector y el del valet parking, por aquello de los robos de autos 🙂

 

Digámoslo claro, en México no estamos preparados para cumplir con este nuevo “requisito” que normalmente viene solicitado, como carta a Santa Claus, por las diversas comisiones y acreditaciones. Sobre todo aquellas nacionales como el COMAEA o el ANPADEH, entre otras. Así como muchos son los trámites tediosos, fastidiosos y sobre todo de falta de competencia (en cuanto a las contrataciones se refiere), muchos más son los trámites que una Escuela, ya no digamos Facultad, debe realizar para que sus planes académicos cumplan con las acreditaciones y se alineen con los planes de la SEP o la UNAM.

 

La parte estigmatizante es que nada de esto tiene que ver con lo que realmente impartirás, y si vemos la contraparte, tampoco aquellos excelentes “arquitectos practicantes” son buenos para dar clases. Al menos de forma personal, y como coordinador en diversas universidades, he podido constatar que existe un gran déficit pedagógico en los arquitectos practicantes, así como existe, como bien señala Eduardo, un déficit gravísimo de los arquitectos teóricos en relación con la práctica en arquitectura. Uno vale el otro, viven completamente en la luna, y si un alumno ha tenido la oportunidad de trabajar en la construcción o en un estudio de diseño, tranquilamente le da dos vueltas a su profesor. Pero la pregunta que realmente nos hará crecer, no es si necesitamos un doctorado o no para impartir clases, sino qué estamos investigando dentro de nuestras escuelas, aulas o universidades. Hoy en dia no conozco alguna Escuela o Facultad de Arquitectura en México que implemente un sistema de investigación práctico, del cual hablo al inicio de este ensayo. Y es por este y muchos más motivos, que no tiene ningún sentido un FABLAB dentro de una Escuela de Arquitectura en México. Una escenografía más que vender, que sin lugar a dudas ayuda a la promoción, pero jamás a la educación.

 

Sin embargo, no todo es un mar de lágrimas, existen casos de éxito sobre los cuales podemos aprender, replicar y difundir. Si partimos del objetivo de mejorar el déficit existente entre la práctica y la teoría, debemos preocuparnos por entender cuáles son los problemas de raíz. Por ejemplo, el Ing. Rafael Shabot, en el 2005, fundó la organización Construyendo y Creciendo, con el objetivo central de alfabetizar a los albañiles. Dentro de la Universidad Anáhuac México Norte, el Arq. Gonzalo Pérez, en colaboración con el director de la misma, Bernardo Gomez Pimienta, replicaron el éxito de Shabot al fundar la primera Escuela de Albañiles dentro de una universidad, con el objetivo central y fundamental (que ahora resultaría casi obvio y esperado) de preparar a los mismos para aprender a leer, escribir y, porqué no, en un futuro tener una lectura clara de los planos de construcción. La imaginación no tiene limites. Así, de forma práctica no es sólo entender, sino integrarse a una comunicación, la del arquitecto con el constructor. Esto es fundamental. En la Architectural Association, en Londres, cada profesor (sin excepción) tiene que tener una relación con su práctica docente, y cada año es evaluado, no sólo por su coordinador, director o jefe académico, sino por los alumnos, mediante sus resultados palpables, y no únicamente con un cuestionario on-line. El mismo Frei Otto, actual Premio Pritzker, el Nobel de la Arquitectura, quien aún teniendo sólo una docena de intervenciones, logró dirigir por casi 20 años el Institute for Lightweight Structures, dentro del cual no sólo se sentó a firmar documentos, sino que dirigió, con toda la extensión de la palabra, un sin número de investigaciones de las cuales surgieron más de 20 publicaciones. Un legado que ha inspirado a múltiples generaciones y de diversas disciplinas.

 

Al final del día, no se trata de poner la teoría vs la práctica o viceversa, sino de preguntar, quién tiene los huevos para dirigir una Escuela o Facultad como lo hizo Otto. ¿Quién?

 

 

 

Abril, 2015.

Italia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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