Tessella, inicio de una vocación
portavoz - 22/07/2012
Por Alberto Waxsemodion - 20/06/2016
“(…) los católicos en realidad son caníbales, porque comen el cuerpo de Cristo y beben su sangre, y además consideran ese acto como el más sublime de su fe. (…) Nosotros los blancos y los católicos éramos los caníbales, y no sólo los salvajes del dibujo de Johan Froschauer, los indios de terra nova. (…) ¿Por qué motivo se iba a diferenciar éste tipo de canibalismo del de los indígenas sudamericanos, si ambos eran cuestión de religión y no de comida?
Slavenka Drakulic
I
Comer, devorar, apropiarse. El caníbal es aquel que desafía la última barrera del cuerpo/símbolo y que en el momento del ritual y la profanación (1) al fin logra com-prenderse y comprender al Otro, logra nutrirse para regresar diferente de aquel rito. ¿Quién es el salvaje? ¿Aquél que, cuando no comprende lo que mira lo elimina y no es capaz de imaginar más allá? ¿O el hombre que mientras come, elije, prepara y ritualiza su sacrificio para hacerlo parte de él?
En 1928 después de recibir como un presente la que a la larga sería una de las pinturas más icónicas de Brasil, “Abaporu”, por parte de su esposa Tarsila do Amaral, el poeta Oswald de Andrade comenzaría a elaborar uno de los manifiestos más importantes del mundo en el siglo XX. El “manifiesto antropófago” es, en gran medida, un resumen de su época y la suma de los síntomas que manifestaba una escena artística que ebullía cada vez con más fuerza, y que se convertiría en un documento primordial para comprender los cambios de la nación latinoamericana durante el siglo pasado.
El manifiesto se sirve del concepto de antropófago e intenta resignificarlo, ya no es aquel salvaje imaginado por los europeos después de la conquista, ahora es descrito desde la imaginación de un ser totalmente distinto (¿un mestizo?, ¿un brasileño?) como un hombre que no sólo está mirando constantemente hacia fuera, sino también hacia adentro. Andrade pregunta qué somos nosotros. Y responde: La tensión entre el mundo interior y el exterior. (2)
Se desea una revolución, pero no es un deseo desmedido de odio (aunque exista la palabra venganza). Lo que se busca es el cambio permanente, el movimiento y la justicia, hay un deseo de una mirada/mordida multidireccional que lo mismo se apropia de la teoría freudiana que de palabras indígenas Tupi o entrelineados marxistas. ¡Este es el caníbal! Quien toma un poco de cada platillo/cuerpo y se da un festín con lo que el mundo le provee a los ojos y la boca; el que mira hacia los domados Campos Elíseos y ama la densidad terrible del verde Amazonas.
El antropófago como es bien sabido deja su individualidad en el ritual, así que se vuelve conjunto que devora, camina, piensa, escribe, pinta, esculpe y consume con singular voracidad, y no sólo devora hacia fuera:
El Otro se come, se incorpora al cuerpo del caníbal, pero aunque este necesariamente mata a su víctima, la transforma también, la fusiona consigo mismo y hasta la deifica (…) El discurso sobre el latinoamericanismo come al Otro, más igualmente a sus predecesores. Son imprescindibles entonces al latinoamericanismo sus antepasados, porque los necesita para constituirse ideológicamente. Tiene que matarlos e incorporarlos. (3)
No solo se trata de comer al extranjero, sino también de probar las raíces de nuestra propia carne. La modernidad no puede ser entendida sin este intento de integración producto de la aparición de las ciudades, de las revoluciones industriales y los múltiples lazos que nacen a partir de la tecnología: el tren, el teléfono, el avión y lo que seguirá solo serán tecnologías a favor de más variedad en el rito tribal.
Y es que sólo la modernidad pudo crear a este nuevo antropófago, solo ella es tan terrible y admirable que a la par de abrirle los ojos lo convence de algunos de los horrores que han pasado por la cultura ¿Hacia dónde vamos? Parece ser una pregunta constante en el manifiesto, y la respuesta parece apuntar: vamos hacia el movimiento.
II
¿Cómo se construye la identidad de un país? A partir del 17 de junio del 2016, el Museo Nacional de Arte (MUNAL), en colaboración con el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) y la Colección Fadel, presentan una gran retrospectiva del arte brasileño del siglo XX que intenta responder esta pregunta, mientras que arrastra al espectador hacia otras inevitables cuestiones ¿cómo fue la búsqueda de un arte nacional en un país tan grande?, ¿qué influencias tienen estos procesos en el resto de Latinoamérica?
El recorrido está construido a partir de la cronología, comenzando con los que fueron llamados por Victoria Giraudo, la curadora de la muestra, como “los mo-dernos antes del modernismo”, es decir, aquellos autores que si bien no pueden ser denominados modernos, en sus características técnicas ya dejan ver lo que vendría en años posteriores. La exposición recorre distintas épocas en las que se puede observar la influencia de estilos como el arte pop, el abstraccionismo geométrico, el expresionismo abstracto, el arte óptico etc., con lo cual se abarca gran parte de la historia del arte brasileño del siglo XX.
Con esto quizá podría surgir la primera de las dudas: ¿hasta qué punto podemos hablar de la historia de un país a partir de los ojos de un coleccionista privado?, si bien se menciona que la Colección Fadel consta de más de 3000 piezas que abarcan prácticamente toda la historia de Brasil, siempre será válido preguntarnos por aquello que está dentro del espacio museístico y los criterios de selección que lo hacen llegar hasta ahí.
Uno de los puntos más interesantes de la muestra es que, intencionalmente, está dividida por zonas geográficas. Se insiste en que debido al tamaño del país y lo difícil de un arte homogéneo a lo largo y ancho del mismo, los movimientos que se van dando, si bien tienen puntos en común, en ocasiones van a dispararse de una latitud a otra. Así, por ejemplo, encontraremos un auge de arte geométrico y óptico en Sao Paulo, mientras que en las regiones cercanas a la selva amazónica lo importante será el aprovechamiento de los recursos de la zona y una tendencia hacia algo similar al expresionismo abstracto. (4)
Pero el eje geográfico no será el único a observar. Es interesante ver la función que tendrán las exposiciones y Semanas de Arte Moderno en la constitución de este arte nacional (ejemplo paradigmático es la Semana del Arte de 1922) y cómo se configuran los espacios en los que el arte se discute, muestra e intercambia, al interior de Brasil. La riqueza cultural y étnica brasileños va más allá de la herencia Indígena, mestiza y negra, esto se demuestra al incluir a artistas como Flavio Shiro Tanaka, Tomoshige Kusuno, Samson Flexor o el propio Frans Krajcberg, ejemplo de que existen otras herencias culturales en Brasil, que nutrieron (nunca mejor aplicado) su identidad y su arte.
Antropofagia y Modernidad está pensada para complementarse con la muestra “Donación Maples Arce” (sobre el movimiento estridentista) y aunque esto no se especifica es quizá uno de los grandes “extras”. Es decir, enriquecerla por medio de la comparación de Brasil ante el resto de Latinoamérica. Por lo tanto, es recomendado visitar ambas exposiciones y hacer algún vínculo entre ellas.
Sin duda alguna la muestra constituye una gran oportunidad para visitar el arte latinoamericano del siglo XX , para sopesar su importancia y aportaciones históricas ó estilísticas. Antropofagia y modernidad: Arte Brasileño permanecerá abierta hasta el próximo 28 de agosto.
1. Sólo profanación en los ojos del Otro.
2. Paráfrasis del manifiesto, el punto dice originalmente: Lo que obstaculizaba la verdad era la ropa, el impermeable entre el mundo interior y el mundo exterior.
3. Johnson, W. (2003). La ansiedad de ingestión: El latinoamericanismo antropófago. Confluencia, 18(2), p. 22.
4. Se utiliza el término aludiendo a un parecido técnico, aunque se tiene en claro que el expresionismo abstracto obedece a otro lugar y tiempo en un sentido estricto.