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Neoliberalismo y embarazos: hacia un nuevo feminismo

Por - 28/06/2017

*Texto publicado originalmente en Horizontal.

 

Je te ferai des enfants

La vaisselle des compliments

Je deviendrai la plus belle

La plus docile la moins rebelle

Je te dirai les mots bleus,

Les mots qu’on dit quand on est vieux

Tu pourras me taper

Tu pourras m’humilier

Me donner des coups de poings,

Me balancer sous un train

Fragmento de la canción “Je t’obéis” de Sexy sushi

 

El video de Martha Rosler, Vital Statistics of a Citizen, Simply Obtained, de 1977, tiene como blanco la estandarización social impuesta sobre los cuerpos de las mujeres. En este video y performance, Rosler sitúa al cuerpo femenino como un lugar de lucha ideológica, dominación física y sujeción de las mujeres, criticando la política de evaluación “científica” u “objetiva” que resulta en la despersonalización, objetificación y colonización de los cuerpos de las mujeres. En su video, vemos cómo se mide y registra cada centímetro del cuerpo de la artista, mientras que en off escuchamos un comentario sobre los estándares de belleza, los ideales corporales y su relación con el masoquismo y los crímenes contra las mujeres. Para Rosler era importante la idea de juzgar interna y externamente a las mujeres, ya que internalizamos este juicio para pasar a ser parte de un sistema de codificación de medidas y procedimientos estandarizados que poco tienen que ver con el cuerpo femenino. La estandarización corporal tiene una justificación médica y los avances médicos encarnan, hoy en día, como ninguna otra área científica, la idea del progreso. ¿Cómo afecta la estandarización médica a las mujeres, teniendo en cuenta la colonización neoliberal del cuerpo de las mujeres y de la medicina?

Los controversiales partos de la estrella de reality Kourtney Kardashian son un ejemplo de los efectos de la estandarización y neoliberalización del cuerpo femenino y la maternidad. Los partos fueron controversiales por dos razones: 1) porque fueron hechos públicos como parte del reality Keeping Up with the Kardashians, y 2) porque en ambas ocasiones Kourtney contribuyó a sacar a los bebés del útero con ambas manos. Para algunos comentaristas de los medios, la mediatización del parto y la intervención activa de Kourtney en éste fueron asquerosas y tenían el único objetivo de elevar el rating de su programa. Sin embargo, las doulas dirían que es empoderador que las mamás ayuden a que el bebé salga, y que es una práctica común en los partos naturales. La controversia pone en evidencia la normalización de ciertos parámetros para los partos. Kourtney dio a luz con epidural, acostada, mientras su cuerpo estaba completamente cubierto (la cámara la encuadró por detrás y a un lado de la cama). Lo que es poco usual es que haya tenido un parto natural, ya que en Estados Unidos (y muchos otros países) el porcentaje de partos por cesárea va en aumento. Después de ambos partos, Kourtney se mostró en el reality show haciendo un intenso régimen alimentario y siguiendo una rutina de ejercicio estricta para perder los kilos que había ganado durante sus embarazos. Aquí están en juego dos tipos de estándares: los lineamientos normativos para el parto (el parto natural y sacar al bebé con las manos se ven como “fuera de la norma”) y la exigencia masoquista de las mujeres por recuperar su figura inmediatamente después de dar a luz. Evidentemente, embarazo y parto son experiencias biológicas y personales, pero también son fenómenos políticos y culturales y, dada su creciente medicalización, también son un fenómeno económico.

La medicalización describe el proceso a través del cual problemas que no son médicos se definen y tratan como tales, usualmente en términos de enfermedades o desórdenes. Asimismo, implica que el embarazo y el parto han entrado a la jurisdicción de la profesión médica y que los doctores fungen como proveedores de información, agentes y técnicos institucionales. La apropiación y medicalización del embarazo y el parto han tenido un gran impacto en la experiencia que tienen las mujeres de su maternidad, además de estar enraizada en un modelo patriarcal que se ha formado durante siglos. En este sentido, este modelo define al embarazo como algo patológico, una crisis clínica que necesita intervención activa y que percibe a las mujeres como esencialmente anormales, como víctimas de sus sistemas reproductivos y hormonas. La medicalización del embarazo y el parto implican que son eventos vigilados médicamente y regulados por medios tecnológicos como medicinas, cirugías y otro tipo de estudios genéricos. La medicina ha usado su poder para definir la reproducción como un defecto biológico que requiere la regulación legal e intervención médica. Así, la justificación masculina de la inferioridad femenina se internaliza y reproduce para darle forma a la naturaleza de la interacción entre los doctores y las mujeres a su cuidado. Es decir, la interacción entre doctor y paciente es una construcción de género (aunque hayan doctoras, pocas mujeres prefieren atenderse por ellas), mientras que tanto las prácticas que prescribe como los discursos que las enmarcan siguen violando la autonomía de las mujeres. Actualmente, la vigilancia médica se ha expandido para incluir estilos de vida prenatal, infertilidad y la interacción posnatal con los bebés.

Dentro de este esquema, el cuerpo femenino se considera inadecuado para realizar el trabajo de parto e insuficiente para nutrir al bebé durante y después del embarazo. Por eso, se ha hecho común la práctica de suplementarlo con medicamentos, hormonas, vitaminas, anestesia, cesárea, fórmulas de lactancia y cirugías prácticas. Cabe notar que actualmente México es el país con más cesáreas en el mundo y con más baja lactancia maternal de América Latina: 45% de los partos son cesáreas, mientras que en los hospitales privados el porcentaje de cesáreas alcanza un 95%. Además, sólo 15% de las mujeres amamantan a sus hijos exclusivamente los primeros seis meses de vida. ¿Por qué? Por un lado, los prestadores de servicios médicos ganan más por hacer una cirugía que por el trabajo de parto y, por otro lado, las empresas que producen fórmulas de leche hacen su negocio posparto. Dentro de este esquema, la mayoría de los médicos son parte de la cadena de comercialización de los productos sanitarios y actúan como intermediarios entre las corporaciones industriales de la salud (hospitales, farmacéuticas, seguros médicos) y los proveedores primarios de una sociedad que promueve vidas placenteras, sin incomodidad ni dolor. La aplicación de la racionalidad neoliberal a la medicina implica que ésta debe de ponerse al servicio de la libre elección, es decir, de los deseos de cada sujeto. Desde este punto de vista, ¿qué desean las mujeres en relación con su salud? Me imagino que desean alcanzar un funcionamiento adecuado, normalidad estadística (corporal y de salud), la optimización de las capacidades y no padecer dolor o incomodidad. El problema es que las necesidades no tienen límites explícitos y lo que la medicina científica considera un funcionamiento adecuado, una vez sometido a las fuerzas del mercado, está en un perpetuo cambio.

Dentro del contexto de la maternidad, se ha planteado incluso la pregunta desde el punto de vista del feminismo: si las mujeres deberían de tener el derecho de elegir una cesárea por razones no médicas. Es decir, dentro del parámetro neoliberal de la libre elección, se argumenta que hay mujeres que prefieren la “obstetricia de alta tecnología”, además de tener el derecho de elegir una cesárea por razones personales y no médicas. Esta elección, que es una de consumo, no es la de todas las mujeres, ya que los doctores u hombres de las familias de muchas mujeres, toman la decisión por ellas. Evidentemente, el predominio y aumento de los partos medicalizados están enraizados en la internalización del juicio externo al cuerpo de las mujeres, el cual se considera ser insuficiente, incompleto y necesitado de intervención médica, mientras que al embarazo se le trata como un síntoma. Esto está ligado a la concepción neoliberal de un cuerpo al que hay que evitarle el dolor o la incomodidad, el que debe evitar la elasticidad en los músculos de la pared vaginal, la flacidez de los pechos después de la lactancia, los kilos extras de carne, etcétera.

*

Lo personal es político

 

Embarazada y visualizando mi parto, me acordé de la figurilla de jade de Tlazoltéotl, en la colección de la biblioteca de Dumbarton Oaks, que es la diosa azteca de la tierra, el reciclaje, el sexo y el nacimiento. En esta figura, Tlazoltéotl está dando a luz, y en la intervención de Silvia Gruner titulada La mitad del camino (1994), exhibida en el muro de la frontera con Estados Unidos en Tijuana, Tlazoltéotl se convierte en una metáfora de un nuevo comienzo, de una transición. A medio camino entre norte y sur, las reproducciones en cerámica de la diosa colocadas en el muro, saludaban, acompañaban y anunciaban un nuevo comienzo a los inmigrantes. Asimismo, la diosa evoca a la creación, la separación y el desplazamiento forzado. Evidentemente, Tlazoltéotl no simboliza solamente la utopía de una “nueva vida” sino que, encarnando y resguardando a la matriz, significa una transición transgresiva y dolorosa. La expresión de angustia y la torsión del cuerpo de la diosa aluden a la ruptura violenta y al tormento de un nuevo nacimiento.

Me intrigaba la postura en cuclillas de Tlazoltéotl para dar a luz, pues contrastaba con dos estereotipos hollywoodenses que me venían a la mente relacionados con el trabajo de parto. Escena 1: a la parturienta se le rompe la fuente haciendo un gran charco y, de un momento a otro, se la tienen que llevar a toda prisa a un hospital antes del inminente nacimiento del bebé. Escena 2: durante el parto, la parturienta está acostada boca arriba; vemos una toma de la cara de la mamá pujando, haciendo profilaxis o gritando acostada; a veces esta imagen es intercalada con una toma desde el punto de vista de la parturienta, mostrando a sus pies tensos sobre los horribles e incómodos estribos de la camilla de parto. Sin embargo, con base en la experiencia empírica, se puede afirmar que el trabajo de parto es progresivo y que las carreras al hospital pertenecen en la mayor parte de los casos a Hollywood. Asimismo, que la postura boca arriba no es la más obvia para dar a luz.

Comparando a Tlazoltéotl con las parturientas de Hollywood, no me cuadraba la idea de dar a luz boca arriba. Para mí, tenía más lógica aprovechar el efecto de gravedad al estar en cuclillas para dar a luz. Investigando un poco, leí que en países europeos, en Canadá y Estados Unidos (y en México, aunque es menos común en las áreas urbanas), las mujeres dan a luz ya sea sentadas, de cuclillas o en cuatro puntos; en el piso, en tinas de agua o en sillas especiales. Incluso en México se diseñó una silla de parto especial para los hospitales públicos y las clínicas de maternidad. Además, los partos pueden ser en casa o en clínicas, y no necesariamente en hospitales.

Buscando alternativas al parto en hospital, me di cuenta de que tanto en México como en Guatemala el parto en cuclillas y el parto natural se asocian, consciente o inconscientemente, con lo indígena y, por lo tanto, tienen una validación peyorativa. La gente de clase media y alta prefiere lo que percibe como lo más “civilizado”, que es lo mismo que lo más “seguro”: prefieren a doctores paternalistas vistiendo una impecable bata blanca.

Al principio de mi embarazo comencé a atenderme con un ginecólogo. Cada vez que iba a consulta, el doctor me hacía las mismas preguntas en tono condescendiente. Enseguida me daba información acerca de los procesos que estaban ocurriendo en mi cuerpo y sobre el desarrollo del bebé en la semana o mes de embarazo en la que estaba, que era información que yo ya había leído en babycenter.com. El colmo fue cuando el doctor me preguntó si sabía dónde estaba el hueso púbico. Insultada pero sin tomármelo personal, le pregunté que a cuál sector de la población atendía, ya que si sus pacientes no saben dónde está ese hueso, seguramente no habían acabado la primaria. Tanta ignorancia de las mujeres sobre su propio cuerpo es apabullante; pero lo es más la falta de iniciativa de la mayoría para informarse, tomar el control de sus cuerpos y su embarazo. La mayoría de las mujeres, en lugar de tomar decisiones informadas, le hacen caso ciegamente al doctor-papá-salvador.

En este sentido, los ginecólogos tienen licencia para propagar mitos como el de la “cadera estrecha”, un argumento que se usa con frecuencia para justificar la cesárea. Durante el trabajo de parto, la pelvis se desplaza para darle cabida al bebé, es por ello que solo es posible detectar estrechez pélvica hasta que esté progresando el trabajo de parto y no antes. Para colmo de males, antes se hacía un examen con rayos X semanas antes de la culminación de la gestación para determinar si la cabeza del bebé podía pasar por la pelvis de la madre. Al enterarse de que había optado por el parto natural, dos parientes (hombres) del papá de mi bebé, le insistieron para que me llevara a hacer tal prueba de estrechez pélvica. Hay tanta ignorancia acerca de este tema que una conocida embarazada de cuatro meses me dijo que su doctor le había diagnosticado estrechez de cadera, y que si no se hacía cesárea al bebé se le podía aplastar la cara durante el parto normal.

Tanto en México como en Guatemala los partos en hospitales terminan en cesáreas que en su mayoría no están justificadas. Para muchas mujeres la cesárea es una decisión hecha por el doctor o el hospital, o por los hombres de su familia (padre, marido, suegro). A mí me ofrecieron incluso un “paquete de maternidad” en un hospital en el que el parto natural era un 10% más caro que la cesárea. Para algunos, la opción es entonces obvia: ¡parto industrializado! Una conocida cuenta que su mamá la tuvo de forma natural, sin epidural y en un hospital. No porque la señora lo hubiera decidido, sino porque su esposo decidió que “los hijos le deberían de doler”. La señora recuerda sus dos partos con amargura y como experiencias traumáticas, no tanto por el dolor sino por la violencia que sufrió al haber sido despojada de la opción de decidir por ella misma. En cambio, la hija de esta señora se programó una cesárea con meses de antelación. Su padre había también decidido por ella, dictaminando que no quería que su hija sufriera durante el trabajo de parto. Al adelantársele el parto, tuvo problemas hormonales que le causaron depresión y que le impidieron amamantar a su bebé. Existen también los casos de mujeres que deciden hacerse cesárea porque no tienen la capacidad de asumir sus propios procesos fisiológicos y que no se sienten capaces de sobrellevar el esfuerzo físico que el parto conlleva. Muchas otras llegan al hospital pensando que tendrán el parto natural que desean, pero surge una complicación inesperada que hace que les tengan que hacer la cirugía. Conozco bastantes de estos últimos casos. A quienes les ha sucedido esto, hablan de sus partos con frustración y enojo. Otra conocida intentó demandar al doctor y cambió de ginecólogo porque, al informarse más sobre las condiciones bajo las que le hicieron la cesárea, se dio cuenta de que pudo haber sido evitada.

Actualmente vivimos en una cultura de paranoia y miedo que sujeta a todos nuestros procesos vitales a la lógica de la prevención. Es así como nos venden seguros, medicinas y procedimientos que en la mayoría de los casos son innecesarios. El problema es que casi nadie asume el hecho de que la medicina y la farmacéutica son industrias sujetas a la lógica de la plusvalía, y que por eso se han normalizado los procedimientos híper-medicalizados para el procedimiento de parto, desde el embarazo hasta el cuidado posnatal. Un ejemplo es la cantidad de medicamentos inútiles que me recetó mi ginecólogo: hasta el tercer mes, ácido fólico y progesterona (“para evitar interrupciones del embarazo”), y hasta el noveno mes, vitaminas de embarazo. (En el quinto mes sufrí una infección en las vías urinarias y me recetó cuatro tipos de antibióticos diferentes. Al final, la infección se me curó con agua de jamaica que me recomendó mi partera.) La misma lógica de la prevención opera con mi pediatra, quien se molestó ante mi renuencia a darle fórmula a mi bebé o a comprar Sertal para tenerla a la mano “por si” le daba cólico o tos a la bebé. Uno de los problemas que va de la mano con la sobre-medicalización es la sobre-especialización de la medicina. En vez de mirar al cuerpo como un ente interdependiente y global, los especialistas conciben al cuerpo diseccionado por partes, funciones y sistemas, aislados y sin observar el conjunto. Asimismo, el acto médico casi nunca toma en cuenta al paciente y cómo vive su estado, ya que se centra exclusivamente en la especialización técnica y en lo médico-instrumental. En el caso del parto, éste se patologizó en el siglo xviii y por eso dar a luz se le dice también “aliviarse”, pues se convierte en un proceso en el que se pone al cuerpo bajo la mirada médica en la que predominan más sus herramientas que la parturienta y el bebé.

Así, tuve la inquietud de buscar una alternativa al parto medicalizado, menos frío y más accesible que un hospital. Quise también erradicar la posibilidad de que me hicieran una cesárea innecesaria o de que me pusieran epidural, por lo que me hicieron la episotomía, un corte con el bisturí en los labios vaginales para “facilitar” la salida del bebé, y que pudiera dar a luz en cuclillas, en vez de ser forzada a parir acostada boca arriba. Al final, mi parto se convirtió en una transición no sólo física sino emocional y de vida, y el cómo sobrellevar esta transición es un tipo de conocimiento que se transmite de mujer a mujer, de generación en generación desde hace miles de años. Las mujeres que facilitan esta transición son las madres, doulas, hermanas, amigas de la nueva madre y, por supuesto, la comadrona. Yo le decía siempre a mi asesor de tesis de doctorado que era como la comadrona de mi trabajo: dirigiendo, corrigiendo, proveyendo la estructura, viendo desde afuera el panorama más amplio de un camino que él ya había recorrido muchas veces.

Por suerte, encontré a Hannah y su clínica de parto natural. Mi pareja y yo tomamos cursos prenatales con ella durante seis semanas y cada semana nos sentíamos más y más como en familia. Al principio, el padre de mi bebé estaba absolutamente en contra de que tuviera un parto fuera de un hospital, además de que su familia le calentaba la cabeza diciéndole que no era “seguro”. Pasamos mucho tiempo buscándole respuesta a sus temores y buscándoles verdades a los mitos y a las experiencias de partos que circulaban en la mitología familiar, mismos que cayeron inmediatamente.

Los protocolos burocráticos de los hospitales y las enfermeras, raramente dejan que la parturienta coma, beba agua o camine durante el trabajo de parto, actividades que en este proceso son vitales. En la cultura, el parto se vive como un evento social. He escuchado de varios casos en los que la parturienta, en pleno trabajo de parto, pasando contracciones, está en un cuarto lleno de sus familiares haciendo barullo y socializando. Para mí, el parto fue un acto extremadamente privado y muy íntimo. ¿Acaso no se esconden los animales para parir? En la clínica me sentí en casa, en las manos familiares, expertas y hermosas de Hannah, su hija Elenita y en esos días, de su practicante, Kelly.

Para poder poner la vida de una y de su bebé en las manos de alguien, se necesita de un lazo fuerte que Hannah supo cómo cultivar, con mucho cariño y sabiduría. Prepararse para el parto no es solo recibir información, sino enterarse de primera mano cómo es el proceso, compartir experiencias, contar miedos y desmentir mitos heredados de las abuelas o de las que ciegamente le creen al padre-doctor-salvador. Tuve un embarazo muy sano, y una semana antes de dar a luz, el ultrasonido reveló que mi bebé venía cabeza abajo pero con la cara hacia arriba. Por esta razón cualquier ginecólogo me hubiera hecho una cesárea, mientras que, en realidad, cuando el bebé viene en esta posición, se sabe que el parto es más largo de lo normal. Pasé las primeras nueve horas del trabajo de parto en casa, contando contracciones, fui a dar una caminata, me bañé: hice mi día normal. Como a las dos de la tarde, nos fuimos a la clínica pasando antes a comprar comida. Sentía mucha emoción al saber que en cuestión de horas conocería a Layla. Al haber dilatado unos 7 centímetros, Hannah había logrado voltear a Layla para que naciera viendo hacia atrás. Nos fuimos a la tina, que ayuda mucho a relajarse y a calmar el dolor. El problema fue que Layla se quedó en la que se conoce como “posición militar” y se le enredó el cordón en el pie. Por esto estuve alrededor de cuatro horas y media pujando. Fueron las horas más difíciles de mi vida. Estaba agotada, me costaba mucho trabajo concentrarme en pasar las contracciones, en respirar y enfocar mis esfuerzos en pujar correctamente. Todo este tiempo, Layla estuvo de uno o dos centímetros de coronar. Tratamos varias posiciones: boca arriba, en la silla de parto, de nuevo en la tina en cuclillas. Finalmente, Hannah se ayudó con el “kiwi”, un instrumento que tiene la función de un fórceps pero es mucho más benigno, pues es como una ventosa que se pega a la cabecita del bebé para poder jalarlo y ayudarlo a salir. Durante todo este tiempo yo no tenía conciencia de la complicación del parto, realmente cuatro horas y media de pujar son demasiadas, el doble de lo normal, hasta para una primeriza, y Hannah calificó después a mi parto como uno de los “top 10” más infernales en 20 años de partería. Yo estaba consciente de que un parto era algo muy duro, doloroso y cansado, y sentía que me encontraba exactamente en esa situación. Hannah se mantuvo todo el tiempo impasible, tranquilizándome y dándome confianza e instrucciones en cómo pujar y relajarme. La vi ejercitando la paciencia y la tenacidad. Por cierto, mi parte favorita fue la pujada, porque sentía que estaba colaborando activamente en el nacimiento de mi hija, algo que no hubiera sido posible con la epidural, y que es increíblemente empoderador. Durante esas horas pasé de tigre feroz a dragón a serpiente a encarnarme completa en un grito para atenuar el dolor de la contracción y transformarlo en fuerza de presión en mi vagina. Durante este rato, me pasó toda mi vida por la cabeza, pero también visualicé el futuro con mi hija. Al final le susurré suavemente que tenía ya muchas ganas de conocerla. Ella se había portado como palestina: aguantando la adversidad con paciencia, con su ritmo cardiaco inmutable. Sólo al final le bajó un poquito y allí fue cuando dimos el último empujón.

Al contarles mi experiencia a los que se opusieron o se “preocuparon” por mi parto natural me dijeron: “¿Para qué sufrir?”, “¿para qué ponerse en peligro?”. Yo, sin embargo, lo veo como una experiencia de transición que me preparó para ser madre. Fue una experiencia intensa y empoderadora, tuve una gran sensación de satisfacción y de victoria. No tengo punto de comparación, pero sí siento que el parto creó un lazo muy fuerte con mi bebé y con su papá. Si mi embarazo fue un shock porque en mi cabeza no podía conectar la “función sexual” a la “función reproductiva”, que se hacen una sola con el embarazo, lo fue aún más grande el ver a mi hija salir de mi cuerpo.

*

La crítica del heteropatriarcado neoliberal

 

Para concluir, quisiera ampliar el panorama del cual los procesos de parto y maternidad sobre-medicalizados dependen del neoliberalismo y elaborar una reflexión general. La hipótesis es esta: las estrategias del feminismo de la segunda ola derivaron en la fórmula “Agregue mujeres y revuelva”, lo que evidentemente tuvo como consecuencia que la paridad entre hombres y mujeres fuera parcialmente lograda. Pero, visto en retrospectiva, el feminismo de la segunda ola se quedó corto en su cuestionamiento al modelo socio-económico como la base de la opresión de las mujeres, sostenido por un contrato sexual que impone un modelo de familia nuclear y roles económicos disparejos. Esta forma de organización social hace a las mujeres responsables del trabajo reproductivo, haciendo que tengan en sus manos el sostenimiento de las funciones vitales y la calidad de vida, que a su vez están puestas al servicio del capital.

Siguiendo a Amaia Pérez Orozco, con el feminismo de la segunda ola se abrió para las mujeres un mundo de oportunidades económicas y sexuales, pero sin mover la base de la sociedad, misma que sigue siendo sexista, homofóbica y misógina, y que se apoya en el control sexual, la desigualdad social y en el trabajo gratuito de las mujeres.[1] En otras palabras, no se puede acabar con la desigualdad de las mujeres sin cuestionar el modelo económico, porque la desigualdad de género, más que una construcción ideológica o una situación social, es el elemento fundamental del capitalismo. De acuerdo con Pérez Orozco, el ideal del neoliberalismo es el emprendedor autosuficiente, ya que la vida y su cuidado se supone que tienen que ser resueltos por el trabajo gratuito de las mujeres. El problema está en que los cuidados no se consideran como actividades centrales sino residuales con respecto a las del mercado, sin embargo, estas actividades son indispensables para el capitalismo. En este sentido, la construcción del género se ha hecho esencial para la economía, ya que, por un lado, la noción de “cuidadora” es fundamental en su construcción y, por otro lado, existe una creciente tendencia de feminización del trabajo en cuanto a su contenido; resalta el componente afectivo-relacional y la capacidad comunicativa, mismos que se han hecho esenciales en las estrategias de producción. Es decir, los agentes económicos están construidos sexualmente pues el género no se instala solamente en los cuerpos en función a la diferenciación biológica sino que es esencial en las interacciones económicas. Lo masculino implica la construcción de la identidad a través del trabajo remunerado y de ser un agente proveedor, mientras que la feminidad implica hacer trabajos residuales para que la vida pueda continuar.

En resumen, la “liberación” de la mujer se ha convertido en un “nuevo conformismo”, mismo que impone nuevos estándares de feminidad. La “super-mujer” de hoy es competitiva, emprendedora, sabe manejar su capital erótico; su feminidad es una marca y la identidad de género –lo más íntimo que tenemos– tiene que estar a la venta. Por eso, la feminidad contemporánea es una forma de control a través de un juego de auto-creación y auto-aniquilación, que se basa en la presuposición de que nuestros cuerpos no son como deberían de ser, sino que deben de ser constantemente mejorados y moldeados. El ideal feminista de mujer que busca dignidad, seguridad material y liberación de la autoridad tradicional masculina derivó en el romance neoliberal del barniz de la consumidora auto-complaciente y traviesa que enmascara la realidad de la mayoría de las mujeres; viven en familias de dos trabajadores con salarios deprimidos, sin seguridad laboral, bajos estándares de vida decaídos, auto-explotándose doblemente en los ámbitos de producción y reproducción. Bajo el capitalismo neoliberal, las mujeres son el principal sector explotado de la población y su liberación se ha transformado en promiscuidad, consumismo y ayuda paternalista corporativa de las ONG. Esto es evidencia de la subordinación de las luchas sociales a las luchas culturales, de la política de redistribución a la política de reconocimiento y visibilidad. Esto quiere decir que la crítica a la cultura diluyó la crítica a la economía política, haciendo que la agenda feminista se plagara de ambigüedad y que fuera susceptible de legitimar la nueva forma de capitalismo. Evidentemente, la injusticia de género tiene lugar en varios ámbitos (económico, cultural, corpóreo, subjetivo, doméstico y político) los cuales se encuentran separados entre sí, carentes de una crítica integral al capitalismo neoliberal. Por eso es urgente reconfigurar un nuevo feminismo anticapitalista para el siglo xxi, más allá de las luchas culturales de la visibilidad y del empoderamiento superficial de las mujeres.

 

[1] Amaia Pérez Orozco, Subversión feminista de la economía, p. 57.

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