La Mexicana
Jimena Hogrebe - 26/01/2018
Por Víctor Alcérreca - 27/02/2016
Y sucedió entonces que, en esta ciudad administrada por promotores del espectáculo y defensores de las bondades presupuestales de la taquilla, nos encontramos un día discutiendo la Gran Rueda. Podemos argumentar, unirnos a la oposición o a los aplausos; evaluar con seriedad los aspectos legales, ambientales, económicos, visuales, patrimoniales -todos asuntos importantes- que hay detrás de este “nuevo” conejo en la chistera, pero vamos a toparnos con un deja vú: el modus operandi, las piruetas conocidas, de un gobierno de cirqueros avariciosos y sin gracia.
Escribo aquí sólo para apuntar este hecho simple: la discusión sobre la ciudad, que a muchos ciudadanos y funcionarios ocupa, está puesta otra vez en el lugar más banal. En un armatoste de feria (que si estuviera bien pensado y puesto no debería generar más allá de una nota en la sección de espectáculos). En la copia, la postal robada de alguna ciudad con mucho branding y rating. Si la descripción oficial no fuera suficientemente empalagosa (www.lagranrueda.com) las reacciones que se pueden leer en las redes sociales por parte de los habitantes de esta ciudad (los humanos y los robóticos), excitados por estrenar la Gran Rueda, son para marearse.
Traer a cuento “Las ciudades invisibles” es un cliché del tamaño de la Gran Rueda, de eso estoy consciente. Pero es imposible no recordar aquí -de forma muy torcida- a Sofronia, una de las ciudades tenues que imaginó Italo Calvino. Aquella “que se compone de dos medias ciudades”: la de los juegos mecánicos y las instituciones. Una mitad que permanece y otra que se desarma con cada temporada:
“Así todos los años llega el día en que los peones desprenden los frontones de mármol, desarman los muros de piedra, los pilones de cemento, desmontan el ministerio, el monumento, los muelles, la refinería de petróleo, el hospital, los cargan en remolques para seguir de plaza en plaza el itinerario de cada año. Ahí se queda la media Sofronia de los tiros al blanco y de los carruseles, con el grito suspendido de la navecilla de la montaña rusa invertida, y comienza a contar cuántos meses, cuántos días tendrá que esperar antes de que vuelva la caravana y la vida entera recomience”
Desprovistos sus gobernantes de la poesía y de la sorpresa de la que Calvino es capaz, la Ciudad de México –el inverso visible y perverso de Sofronia- espera desde hace tiempo que se desmonte y se vaya la feria, con sus animadores de segunda, sus chisteras y sus ocurrencias, para que recomience la vida, se eche a andar la urgente imaginación y las discusiones trascendentales sobre la ciudad que sí necesitamos.