La apuesta de Ambrosi Etchegaray para la Feria de las Culturas Amigas CDMX 2016

Por - 07/06/2016

Una vez más se llevó a cabo la Feria de las Culturas Amigas de la Ciudad de México (FCA). Una vez más se instaló en la Plaza de la Constitución y se contrató a un despacho de arquitectos jóvenes como diseñadores del pabellón para albergar los puestos de cerca de cien países participantes. Una vez más llegaron miles y miles de personas a visitarla.

La FCA existe desde 2009 y es un espacio de encuentro e intercambio que ofrece la posibilidad de conocer la cultura, las tradiciones y las costumbres de distintas naciones a través de exposiciones, demostraciones culinarias, música y otros eventos. Organizada por la Coordinación General de Asuntos Internacionales del Gobierno de la Ciudad de México, ha ido evolucionando en escala y alcance. En esta ocasión los arquitectos a cargo del diseño del gran pabellón contenedor fueron Ambrosi Etchegaray (AMET), ganadores del concurso abierto.

 

La apuesta de AMET

Como punto de partida para el desarrollo de la propuesta, AMET decidieron aprovechar la existencia del precedente y hacer un análisis crítico de la estructura utilizada el año anterior. Esto los llevó a la valoración de características como la configuración formal, la proposición urbana y su gran escala. Al mismo tiempo pudieron identificar las propiedades que consideraron había que abordar de manera diferente, como la ubicación de los puestos y el pórtico, el espacio destinado a los visitantes y las soluciones para la protección del asoleamiento y la lluvia.

 

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© Rafael Gamo

Plantearon una gran estructura con un desplante circular alrededor de la bandera. E­n los bordes del círculo establecieron una hilera de puestos respectivamente. Buscaron que la figura continua propiciara recorridos fluidos y constantes, mientras que generara un espacio contenido al centro. Este, al igual que las cuatro esquinas del zócalo, fue pensado como un espacio de convivencia. La plaza central se planeó como el Pabellón de la Ciudad de México, utilizando diversas tarimas para eventos, que incluso pudieran llevarse a cabo simultáneamente. Sin embargo, por logística, practicidad y protección civil, se desarrolló un solo foro cerrado.

Siguiendo la preocupación de los organizadores por la lluvia, el pabellón se construyó mezclando dos sistemas estructurales. Uno de aluminio para sostener una lona de tramos opacos y traslúcidos, que serviría para cubrir el espacio de la feria, y otro compuesto por andamios alrededor de los dos bordes que formaron una especie de pórticos para enfatizar la transición entre el exterior y el interior. Para unificar y que la figura del pabellón se identificara, los sistemas de andamios se forraron con un tejido hecho con costales de yute. La elección del material, que ellos mismos valoraron arriesgada por la crudeza que podría proyectar, estuvo definida por un deseo de experimentación y de relación conceptual con este evento, considerando su importancia en el intercambio comercial internacional. Además, al ser una unidad de medida, les pareció interesante convertirlo en un módulo que pudiera formar una fachada a través de la repetición. Por otro lado, AMET consideraron que el cambio de uso de los costales podría invitar al público a una reflexión y a un juego de memoria, tomando en cuenta que la mayoría hemos tenido alguna relación con ellos. La Petatera, en Colima, fue una referencia esencial. “Y además es de veras muy hermosa, porque está esa plástica que generan los petates, que ondulan con el viento un poco, y están medio mal acomodados a veces”, llegó a decir Carlos Mijares sobre ella.

 

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© Jaime Navarro

AMET se inspiraron, también, en imágenes de la Gran Exposición de 1851 que se llevó a cabo en el Palacio de Cristal en Londres, y decidieron crear un espacio que permitiera a los visitantes sentirse contenidos y protegidos de la intemperie, que invitara a salir y a entrar del zócalo constantemente. Para esto buscaron, a diferencia de las ediciones anteriores, crear un espacio interior con un pasillo acompañado por dos hileras de exposiciones de distintas culturas en sus costados. Ellos mismos eran conscientes de lo ambicioso que era crear una calle interior, por una parte porque eran metros cuadrados adicionales (usualmente sólo se consideran las cubiertas para el área de los puestos) y, por otra, porque implicaría que los organizadores tendrían que encontrar la manera de lidiar con la gran afluencia que el evento podría llegar a tener. La configuración y escala fueron definidas principalmente por la cantidad de puestos requeridos, el sistema estructural de la lona y el tamaño del zócalo. De esta forma, la apuesta de AMET se enfocó en una figura geométrica potente, un espacio contenido y un material crudo e inusual en la construcción arquitectónica, pero con una fuerte carga simbólica y una materialidad especial.

 

La apuesta en uso

La configuración circular ciertamente permitió un flujo ininterrumpido. Al exterior, el trayecto se marcaba por los edificios adyacentes, mientras que al interior parecía una experiencia constante y quizá algo monótona con pausas al cruzar los puntos de acceso. Esto, claro, en los momentos en los que el movimiento era posible; en ratos de mucha afluencia se creaban aglomeraciones que no permitían fluir. La decisión del pasillo interior fue, efectivamente, osada. Desde el principio y después de la experiencia del año anterior parecía evidente que un espacio cerrado no iba a lograr cumplir con la demanda (¿qué espacio sí podría?). En los días entre semana fue posible recorrerla libremente, los fines de semana, en cambio, fue necesario controlar el acceso y la gente tuvo que formarse durante mucho tiempo afuera (situación que no hizo felices a muchos). Sin embargo, construir un espacio interior fue una postura bastante interesante, por ofrecer una experiencia distinta y permitir mayor resguardo de la intemperie.

 

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© Rafael Gamo

Por otro lado, la calle interior propició la sensación de estar en un mercado con olor a comida y a especias. A ratos podía uno olvidar el zócalo y sentirse en Marruecos o algún otro lugar lejano. Esta experiencia tan sugestiva, quizá podría haberse disfrutado más con mayor iluminación y menor temperatura. La posible utilización de materiales más transparentes y porosos, y aberturas que permitieran el paso de aire y luz, podrían haber mejorado la vivencia. Los contrafuertes de la estructura metálica crearon un área cubierta que se utilizó como pórtico para salir del intenso asoleamiento, cubrirse de la lluvia y descansar. Algunos expositores aprovecharon también esta configuración y decidieron no sólo vender sus productos al interior. En los momentos de más afluencia, los puestos con doble abertura fueron muy útiles.

La feria tenía dos tipos de acceso, uno sencillo que llevaba a la calle interior, y otro doble que atravesaba las hileras de puestos y el pasillo hasta llegar a la plaza central. Los segundos parecieron ser los más afortunados. Permitían conectar la ciudad con el espacio al centro y eran una fuente de iluminación y ventilación, el aire que los circulaba ofrecía un momento de frescura en el recorrido. Es posible pensar que más accesos dobles podrían haber servido para las problemáticas climáticas interiores, o imaginar el atractivo de su alineación de extremo a extremo para atravesar la feria diagonalmente y conectar los bordes de la Plaza de la Constitución. También podría haber funcionado un acceso independiente para el espacio central, mientras la entrada a la feria era controlada, no se podía llegar a él y fue muy popular por las mesas con sombrillas y sillas que contenía. Aunque la solución de la carpa rectangular prefabricada para el foro de la Ciudad de México no fue muy atractiva; la idea original de un espacio informal y lúdico era más sugerente.

 

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©Rafael Gamo

Los costales de yute le dieron carácter a la feria, fue un material inesperado que llamó la atención por su significado y sus características especiales: olor, textura, porosidad, color. Sin embargo, también fue cuestionado por algunos visitantes. Al no ser un material tan llamativo visualmente, el pabellón se percibía pesado, su opacidad y su color no permitieron que resaltara de los edificios circundantes, se mezclaba con ellos. Por otro lado, al ser una instalación montada únicamente en cuatro días, las uniones entre costales y estructura no se cuidaron detenidamente. A pesar de esto, podría decirse que es un material atractivo, que esta feria muestra su potencial (incluso desde una visión sostenible) y que es un buen punto de partida para estudiarlo críticamente y valorar su posible utilización en proyectos arquitectónicos futuros.

 

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 © Jaime Navarro

La posibilidad de la apuesta

La Feria de la Culturas Amigas de la Ciudad de México 2016 deja ideas para reflexionar. En los próximos años habrá problemáticas que abordar como la ventilación, la iluminación y la aplicación detallada de los materiales. Sin embargo, pareciera que el tema principal y crucial es la cantidad de gente que la visita. Es evidente que ir a la feria (con el formato actual) implica asumir las consecuencias de la convivencia de masas, por lo que pareciera prudente valorar la pertinencia de un espacio cerrado o de uno abierto. Con el primero es necesario asumir que hay un límite de cupo, con el segundo la experiencia a la intemperie. ¿Será posible hacer una versión que responda a ambas circunstancias?

La propuesta de AMET fue cuestionada tanto en el mundo arquitectónico, como en el público en general. Sin embargo, la apuesta de hacer un espacio interior y de utilizar ese material fue audaz y arriesgada, y es sólo de esa manera como pueden descubrirse nuevas posibilidades. También queda claro que, por más deseos que los arquitectos tengan, la realización de proyectos públicos será siempre el resultado de una negociación política y económica. Considerando todo lo anterior, hay que aplaudir la posibilidad que los organizadores de la FCA CDMX están dando a oficinas de arquitectos jóvenes para desarrollar proyectos y experimentar. Sólo queda esperar que se siga abriendo esa puerta  y que los ahora dos precedentes sirvan de aprendizaje para futuras ediciones.

 

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© Rafael Gamo

Nota: Agradezco mucho a Gabriela y a Jorge por la entrevista y por toda la información que amablemente compartieron conmigo.

 

Fotografía de portada: © Rafael Gamo

 

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