Una estética del desencanto

Por - 13/06/2018

Los insólitos peces-gato

Dir. Claudia Sainte-Luce

130 min. | 2014

México-Francia

 

Hay preguntas retóricas en torno al cine, como aquella que cuestiona si una película posee elementos para conocer su contexto y valor histórico. Esto me parece una obviedad casi redundante ya que toda película posee dichos elementos, desde los más insignificantes hasta los más complejos. En cambio, la pregunta que cabría hacernos es qué tipo de contexto y relato nos presenta una película en específico. En el caso de Los insólitos peces-gato este contexto no es más que el México urbano posmoderno. Y es allí, desde mi juicio, que esta película logra con muy buenos resultados, tanto en lo estético como en lo político, reproducir fielmente la posmodernidad en un país latinoamericano.

Trataré, pues, de explicar por qué nos encontramos ante un film de autoayuda que utiliza todos los elementos y categorías que caracterizan a la era posmoderna.

 

Generación posmoderna

Existe un relativo consenso respecto a que la década de 1970, más precisamente entre mayo del 68 y la instauración del modelo neoliberal en Chile en 1973, fue el momento en que la modernidad llegó a su fin para dar inicio a un proceso en Occidente denominado posmodernidad. Sin embargo, no podemos dar una fecha exacta ya que es a lo largo de dichos años y ante los sucesos posteriores, que se ha ido configurando y organizando esta nueva era. Algunos podrían ubicar la caída del muro de Berlín y el fin de la URSS como un arranque oficial donde se da por terminada la batalla ideológica “capitalismo-socialismo”, con evidente victoria para el capital privado. En 1991 Fukuyuma presentó el libro El fin de la historia y el último hombre, en el que sostiene la tesis de que la lucha de clases produjo una victoria de pensamiento único y las ideologías llegaron a su fin, siendo éstas reemplazadas por la economía, la ciencia y la política capitalista. A estos eventos los han llamado El fin de la historia.

La utopía neoliberal, de la mano con la idea del fin de la historia, intentó establecer una nueva forma de vivir la satisfacción plena de todos los aspectos de la vida humana entendida, claro, desde el liberalismo; riqueza, progreso, felicidad y libertad. Sin embargo, sin historia, sin ideología (aparente) y sin futuro ni esperanza, la modernidad cae en pedazos y una nueva forma de entender y relacionarse en el mundo se abre paso. Pero, ¿cuál puede ser esta nueva forma si tiene por marco la desesperanza y el desencanto?

La posmodernidad entonces se nos presenta como una experiencia individual en la que los cambios sociales son imposibles, la historia está consumada, la economía y la política son ciencias incuestionables, y la tecnocracia está para resolver los problemas macro. Así pues, lo único que queda es vivir la individualidad plena, con nuestras emociones al límite, luchando por cambiar lo único que se puede cambiar: nuestra vida íntima.

El neoliberalismo no es más que el evento de la economía política que le permite al capitalismo extender su existencia. El agotamiento del modelo, producto de sus propias contradicciones, es un hecho indiscutible, ahí están las crisis permanentes y constantes en lo económico, ambiental y político. Así, el neoliberalismo es una pieza en el engranaje de la posmodernidad que posibilita su existencia a pesar de las evidencias negativas que trae, y para ello los posmodernos consideraron que era pertinente a través del entretenimiento mantener a los consumidores un tanto dóciles y ensimismados. Se preguntará el lector qué mecanismos se usan para ello y la respuesta está en el mismo proceso de individualización ante la imposibilidad de cambiar a la sociedad: para superar este desencanto hay que disfrutar la vida hoy, sin importar a dónde nos lleve, porque la característica principal de la posmodernidad es el Yo. En ese sentido, podemos ver ya una clara unión e intensión de la posmodernidad, el modelo neoliberal y el narcisismo: “si en esta época lo importante soy Yo, qué mejor que mi Yo se mantenga en una actitud infantil, dulce y placentera.”

Los neoliberales se reunieron en 1995 en el State of the World Forum para dar solución a un problema mayúsculo al cual llamaron “sociedad 20:80”, que consistía en que la productividad del mundo se realizaba sólo con el 20% de la población, dejando a un 80% de personas en el mundo superfluas para el capital. Era claro que el temor principal provenía del hecho de que ese 80% empezaría a sentirse inútil e innecesario, pudiendo, en el peor de los casos, revelarse ante ese sistema, o simplemente convertirse en una carga económica y social para los Estados. De ese encuentro surgieron muchas de las políticas neoliberales que hoy existen en Occidente.

Allí Zbigniew Brzezinski conceptualiza una idea que más adelante se pondría en marcha: Tittytainment, en español Entetanimiento. Dicho concepto es una analogía entre la experiencia que produce en los bebés la lactancia materna y el entretenimiento occidental. No era muy difícil imaginar que en este contexto libros de superación personal, de auto ayuda, de espiritualidad y psicoterapia tuviesen mucha acogida, así como películas de comedia romántica, violencia extrema e infantiles para adultos, entre otras. Se entiende que este tipo de productos apelan a las necesidades de satisfacción personal frente a un mundo que cada día se hace más adverso.

 

Los insólitos niños

Con la introducción anterior, describiremos por qué la película citada se enmarca en la posmodernidad, no para criticarla sino para reproducirla en todas sus caras.

La cinta está envuelta en una atmósfera de desesperanza rutinaria, colores pasteles-pálidos y una fotografía realista sin pretensiones. La protagonista, Claudia, una chica de 30 años aproximadamente, está sumida en una profunda soledad, no tiene familia, trabaja de demostradora en un supermercado en una ciudad anodina, y no presenta interés por absolutamente nada. Esto queda evidente en la primera escena donde la vemos preparar y comer un cereal para niños; separa con mucho cuidado los cereales de un color y los pone sobre el sofá.

La ideología de la película está implícita. Existe un contexto social y económico que interviene pero la historia no lo hace evidente ni lo revela. Ese contexto está ahí sólo como un elemento más. Es por ello que el autor nos dice que Claudia fue a una farmacia de genéricos donde sabemos que son más económicas las medicinas, sin embargo no nos muestra a qué hospital fue la protagonista cuando ya no aguantó el dolor, parece que saber eso importa poco o nada. Ante esto surge la duda: ¿los trabajadores de una tienda retail tienen seguro médico? Si sí, ¿qué tipo de seguro? O también se preguntará el espectador: ¿es posible que si vas a urgencias de un hospital –tal vez público, no sabemos- estés en el mismo pasillo donde se encuentra una paciente de SIDA?

La primera interacción entre Claudia y la mujer enferma, Marta, es cuando ésta última le enseña el dedo índice donde tiene pintada una carita (que el hijo le dibujó) y lo mueve. Marta, a pesar de su estado crítico, se encuentra con muy buena actitud y establece amistad inmediata con Claudia. Marta tiene una familia integrada por sus cuatro hijos: Alejandra, Wendy, Mariana y Armando, siendo la primera la mayor en edad, y el último, el más chico.

La protagonista, dejándose llevar por las circunstancias, se va a vivir con esta familia. En la “nueva” casa, podemos ver más a fondo la psique de la protagonista: es amable con todas, no genera conflicto alguno, se deja llevar por las necesidades de la familia y, lo principal, revela comportamientos infantiles que rayan en lo absurdo. Pero esto claramente no es gratuito, como ya mencioné antes, el neoliberalismo en el entretenimiento hace hincapié en exaltar la infantilización como mecanismo de aproximación y fácil entendimiento. La protagonista de la película duerme en la habitación del más chico de la familia, y es precisamente con él con quien más tiene intercambios, juguetean, ella le pinta la cara, él le expresa dudas infantiles, y en un momento irracional, previo al clímax del film, la protagonista besa en la boca al niño. Pero si vemos ese beso, no es más que una demostración naive y dulce de dos personas que se quieren como familia. Más adelante abordaré este tema.

Todos los personajes tienen problemas personales: Wendy es la hija gorda con problemas de autoestima que cree en la energías, limpias, santería y toma cursos de sanación, esto para superar la depresión, ya que ha intentado suicidarse; Alejandra es la hija mayor, la única que trabaja (nunca sabemos exactamente en qué), está soltera y no logra tener la pareja sentimental que busca; la más chica, Mariana, está desubicada por la pre-adolescencia; la madre está en fase terminal de su enfermedad y Claudia, como ya se mencionó antes, está en una soledad agobiante. Es claro que el encuentro de esta familia con la protagonista funge como una terapia individual para que cada uno, desde su trinchera, dé solución a lo único que pueden cambiar y mejorar: sus propias vidas.

Otro detalle que nos acerca a la infantilización neoliberal es la gastronomía básica y sosa que vemos en la película: Claudia desayuna cereales para niños, Marta come todo el tiempo papitas Ruffles, les prepara de comida hot dogs con refresco a sus hijos, y en la cena de vacaciones comen espagueti con refresco. ¿Qué nos dirá todo eso?

Tampoco sabemos si el barrio donde vive la familia es de clase media o baja, si es peligroso o seguro, si es antiguo o de reciente formación, y lo mismo sucede con el lugar donde vive Claudia. Asombra de sobremanera que ningún personaje haga una referencia, aunque sea mínima, sobre estos aspectos. Es más que evidente la decisión autoral de evitar cualquier elemento que nos pueda dar contexto social y político, tan sólo tenemos algo de lo económico al saber por el espacio habitado que la familia no está en pobreza ni en riqueza, pero, ¿esto podría aportarnos para entender la sociedad ficcionada y la sociedad real donde se desenvuelve la historia? Creo que es imposible saberlo.

En la secuencia de los hermanos con Claudia en el auto familiar, ponen la emisora y suena una canción de Julieta Venegas, la única que la canta es Mariana. Luego Armando cambia la emisora, a Mariana no le gusta y quiere quitarla. Alejandra amenaza con apagar la radio y Mariana le pide a Claudia que ella escoja la emisora, Claudia hace caso y busca en la radio hasta llegar a una sección donde se está leyendo el horóscopo, esa pseudociencia que en la posmodernidad ha tenido mucho auge; no en vano existen en México programas con mucho rating como “Toño Esquinca y La muchedumbre” en donde el locutor dedica buena parte del mismo a dar mensajes motivacionales y de superación personal. En este caso, no es la excepción.

La historia ficcional es muy cuidadosa en no revelarnos la edad de Claudia. Asumimos que debe estar entre los 25 y 30 años, pero, de nueva cuenta, es imposible saberlo. Este detalle, tal vez menor en otra historia, aquí es clave para jugar con las actitudes infantiles que, por momentos, tiene el personaje.

Claudia toma por completo el rol de cuidadora de la casa: organiza los cuartos, limpia todo, lava la ropa de los niños y realiza trabajo doméstico asumiendo con ello estar pagando por su estancia en este lugar y el acompañamiento que la familia le brinda. Desde que toma dicho rol, la película entra en un trance parsimonioso que no se ve claro hacia dónde va, esto se debe a que es el personaje quien está resolviendo sus problemas personales a través de la terapia que escogió: volverse la ama de casa de la familia.

Los hijos de Marta parecen no estar nada preocupados por la salud de su mama, cada uno está en sus asuntos personales y con ello nos revela que ésta no es una película dramática. Esta idea la vamos a ver concreta con el viaje a la playa en el que todos están muy contentos; este será el inicio del último plot twist de la cinta, la muy predecible muerte de Marta después de un conmovedor y feliz viaje familiar. Sin embargo, en la cena final, cuando Marta se pone muy mal de salud y las hijas se la llevan al cuarto de hotel, la cámara se queda con Claudia y Armando en el comedor, donde él llora por la inminente muerte de su mamá, y Claudia, para bajar la tensión, lo besa en la boca. La secuencia termina con los dos riendo y comiendo fruta. El posmodernismo se aleja de la racionalidad moderna pero sin caer en el sentimentalismo del romanticismo. Esta película justo busca desarrollar una historia dramática de la manera más apacible y espontánea posible.

Lo político está resuelto en cada una de las pequeñas situaciones cotidianas que aparecen en la película, desde la hija que roba dinero a su hermana pero se arrepiente y confiesa su delito, hasta la mujer enferma que ha decidido morir felizmente en un viaje al lado de sus hijos biológicos y adoptivos, en vez de hacerlo en un hospital de la ciudad gris donde habitan los personajes.

La película termina con la voz en off de Marta dedicándole un mensaje a cada uno de sus hijos y a Claudia, adoptada ya como un miembro de la familia. Estos mensajes individuales no harán más que reforzar la idea del mensaje positivo, de las recomendaciones para que sean mejores personas, de los deseos de una madre para sus hijos. Sin embargo, no sabremos nunca como hará esta nueva familia para sobrevivir económicamente en un país como México, ya que es sólo Alejandra, la hija mayor, quien trabaja.

Así pues, podemos resumir que Claudia tiene una vida solitaria, vacía, monótona y pobre. Conocer a esta familia con la madre en fase terminal le funciona como catarsis para recuperar el sentido de la vida, aunque en el fondo nada cambia: seguirá trabajando en el mismo lugar, recibiendo el mismo sueldo y con las mismas aspiraciones, sólo que después de este proceso catártico tendrá una familia como soporte y apoyo, teniendo ahí la mejor muestra de la posmodernidad latinoamericana. De esta manera nos adentramos en una estética del desencanto posmoderno en el cine, donde la pérdida de ilusiones colectivas y sociales es un hecho que se va a resignificar en la realidad cotidiana, con el primer círculo familiar como un elemento fundamental para ello. Estamos frente a una nueva categoría del cine posmoderno: el cine de autoayuda.

 

Bibliografía

Gómez Albino, La era del desencanto, 2007. Consultado en: http://reconstruyendoelpensamiento.blogspot.com/2007/08/la-era-del-desencanto-por-albino-gomez.html

Jappe Anselm, Crédito a muerte; El gato, el ratón, la cultura y la economía, 2011.

 

 

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