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Tejer y resistir

Por - 27/06/2017

El tejido y el bordado son un par de quehaceres asociados históricamente a la práctica femenina. Desde hace más de diez años me convertí en tejedora por voluntad, alentada por una compañera de la universidad a quien veía tejer entre clases. Un día le pedí que me enseñara y sembró en mí una constante y apasionada necesidad por tejer.

Además de tejedora, soy antropóloga y realizadora audiovisual, así que poco a poco fui uniendo estas pasiones que se cristalizaron en una investigación doctoral en antropología visual que duró cuatro años y donde tuve la oportunidad de interactuar con diversos grupos de tejedoras, principalmente con mujeres amuzgas en el Estado de Guerrero y Tejedoras por la Memoria en Colombia. A esta investigación le acompañan cinco videos documentales en donde se desarrollan temáticas y procesos que me permitieron comprender el complejo entramado emocional que se experimenta al tejer de manera colectiva.

Durante este proceso descubrí que el trabajo manual implicado en el tejido y que es realizado principalmente por mujeres, nos permite definirnos metafóricamente como mujeres-hilo que entrecruzan sus destinos y quehaceres para revelar el andamio cultural que nos hila finamente dentro del tejido social.

Me propuse enmarcar mi investigación dentro del quehacer audiovisual, por un lado, y por el otro, hacer del cuerpo y los sentidos un lugar importante de conocimiento en torno a la creación textil, la cual se comprende aquí como la unión de ideas y pensamientos que permiten formular una narrativa expresada a través de hilos y telas.

Desde mi experiencia personal, descubrí que el tejido tiene un poder para cohesionar, unir y organizar grupos humanos, que este oficio en particular tiene características meditativas al ser repetitivo, introspectivo y que ayuda a despejar el pensamiento y aclarar ideas. El tejido cobró en mi vida una dimensión política y transformadora de mi realidad[1].

La inspiración por los tejidos en su dimensión política nace de un viaje a Colombia en el 2011 donde tuve la fortuna de conocer a mi colega Isabel González, quien se encontraba organizando un encuentro de tejedoras por la memoria en la ciudad de Medellín. En ese momento no entendía muy claramente el concepto pero sabía que se reunirían mujeres de distintas regiones de Colombia que estaban organizadas en grupos denominados costureros, aludiendo al ejercicio de reunirse a tejer y cocer. Estos colectivos tienen en común el hecho de que sus integrantes son mujeres que han sufrido directamente las consecuencias del conflicto armado en Colombia, y que, a raíz de estas vivencias, encontraron en el tejido una forma de narrar las dolorosas historias de violencia que con palabras era difícil o imposible comunicar.

Algo que resulta interesante de los tapices, es que la mayoría son piezas elaboradas de manera colectiva, es decir, todas las mujeres participan tanto en el concepto o contenido de lo que se va a narrar, como en la elaboración manual. Estas piezas son consideradas por algunos expertos como textiles testimoniales o como conflict textile en inglés (Basic y Franger, 2014) porque son una forma de documentar y registrar lo acontecido.

El tejido como narrativa les permitió ejercer su derecho a la memoria, pero también su derecho al reclamo de justicia y reparación, pues estos tapices han cobrado una relevancia singular en cuestiones de reconstrucción de la memoria histórica e incluso han llegado al tribunal de justicia en Bogotá, donde se ha podido litigar casos a favor de las víctimas.

Este encuentro congregó durante una semana a muchas mujeres que se encontraron para compartir historias y elaborar un tapiz colectivo donde se tejieron -literal y metafóricamente- las historias de todas. “Urdimbre, corazón y memoria” fue el título de la pieza, aludiendo a la metáfora del poder de unión que tienen los hilos, la capacidad de coser solidaridad, afectos, comprensión y confianza.

 

“Urdimbre, corazón y memoria”

Tapiz colectivo. Encuentro de tejedoras 2011. Medellín, Colombia

 

Fue a partir de esta experiencia que me quedaron más claras las cualidades que tiene el tejido y sus efectos sobre quienes hacemos de esta actividad un acompañante insustituible: tejer es un acto meditativo, estimula la escucha, detona el relato, relaja y articula narrativas. En el tejido mismo puede leerse la historia, descifrarse la cultura de una época, desde la religiosidad hasta las formas de pensar, la estética, el arte, la ideología y el entorno natural.

El tejido entrelaza disciplinas, vincula conocimientos y conecta a las personas, es la base de la analogía del tejido social. Tejer es entregarse a otros, es regalar el tiempo de creación a un ser amado, pero también es un medio de subsistencia, resiliencia, resistencia y de empoderamiento. Por estas razones, es posible afirmar que el tejido hoy en día se ha vuelto un acto “revolucionario” porque subvierte los principios que identificaban al tejido como acto doméstico o como un pasatiempo, sobre todo porque era una actividad que desempeñaban principalmente las mujeres.

Desde hace unas cuatro décadas aproximadamente, grupos feministas deciden utilizar el bordado y el tejido como soportes y medios narrativos. Desde inicios del año 2000 surgieron iniciativas colectivas que invitaron a sacar el tejido a las calles para tomar espacios públicos e intervenirlos con el fin de detonar la reflexión sobre diversas temáticas o simplemente para visibilizar acciones contrahegemónicas.

A estas expresiones mayoritariamente urbanas se les conoce en inglés como yarnbombing, y en español se ha le ha denominado graffiti tejido, pero también se le conoce como guerrilla knitting, craftivism, entre otras, porque refieren al sentido político o subversivo que tienen estas acciones (Angulo y Martínez, 2016).

Influenciada por estas experiencias y en particular por la que viví en Colombia, en donde las mujeres se reúnen a tejer historias, organizarse, escucharse unas a otras y puntada a puntada sanar el dolor, volví a México y comencé a rastrear prácticas similares en el contexto de violencia que se vive en nuestro país y que de cierta manera remite a la historia de violencia vivida en Colombia. Sin embargo, al encontrar en aquel momento escasas o incipientes experiencias similares en mi país, me di a la tarea de motivar procesos afines, aunque en contextos disímiles, en donde tejer fuera parte de la vida cotidiana de las mujeres.

Después de pensar en diversos contextos y organizaciones de mujeres donde se pudiera implementar la experiencia del tejido con fines narrativos y regenerativos del tejido social, elegí realizar trabajo de campo en la comunidad amuzga de Xochistlahuaca o Suljaa’, que en amuzgo significa Llanura de flores, y se ubica en la región Costa Chica en el Estado de Guerrero, específicamente realicé el trabajo con las mujeres tejedoras de telar de cintura, integrantes de la cooperativa textil La Flor de Xochistlahuaca[2].

Me adentré a estudiar los mecanismos de organización de la cooperativa para entender sus implicaciones en la vida cotidiana de las mujeres tejedoras, es decir, las formas en que ha intervenido el tejer colectiva y organizadamente sobre sus decisiones privadas -como lo es casarse o tener hijos- a partir de ser económicamente independientes y adquirir los conocimientos necesarios para la comercialización de sus prendas, como aprender español, saber utilizar una computadora e Internet, así como viajar fuera de la localidad para ampliar el circuito de venta, lo cual directa o indirectamente transforma sus vidas. ¿Tejer organizadamente puede considerarse una forma de resistencia? ¿Pueden considerarse los textiles como textos? ¿El tejido constituye una narrativa? ¿Qué relevancia tiene conectar el tejido con las problemáticas sociales actuales? ¿El telar de cintura y el tejido son formas de albergar la memoria?

Mujeres trabajando en la cooperativa La Flor de Xochistlahuaca, Guerrero

 

Hacer una conexión entre las tejedoras por la memoria en Colombia, que tejen como militancia, y las tejedoras en México que tejen, además de como legado cultural, como forma de resistencia para hacer frente a sus circunstancias sociales y económicas, me pareció un ejercicio comparativo fundamental que me permitió analizar diversas aristas en torno al tejido como metáfora y materialidad de la memoria. Ambos ejemplos me permitieron hablar del tejido en su dimensión política –tanto en lo privado como en lo público-, pero también desde las particularidades de cada tejedora ubicada en una realidad social individual.

Pude de esta manera comprender cómo el tejido no sólo ha sido una expresión asociada a lo femenino, sino un conector de diversos procesos más amplios como la reconstrucción de la memoria histórica y el restablecimiento de la paz en el caso de Colombia, y como resiliencia y preservación de la tradición e identidad en el caso de México.

En este sentido y comprendiendo históricamente el papel que ha tenido el tejido, me pareció relevante que ambas experiencias entraran en diálogo. Para llevar a cabo este objetivo me propuse, por un lado, llevar a cabo una etnografía participativa con las tejedoras amuzgas en donde la creación colectiva fuera incentivada a través de talleres y que, de esta manera, se estimulara el diálogo y la reflexión en torno al acto del tejido como algo femenino y también en torno a cómo el tejer organizadamente había transformado su realidad como mujeres indígenas.

Por otro lado, se llevó a cabo una exposición itinerante en México donde se exhibieron los trabajos de las tejedoras colombianas y se compartieron dichas experiencias en diversos espacios textiles, entre los cuales destacó la cooperativa La Flor de Xochistlahuaca en el Estado de Guerrero. A lo largo de tres meses que se itineró la exposición, se impartieron talleres de tejido y memoria con la elaboración de quitapesares y muñecas, así como una muestra audiovisual con trabajos relevantes en esta temática. Durante la exposición, pudimos dialogar no sólo con tejedor@s urbanas, sino también con diversos colectivos textiles como lo fue el encuentro con Malacate Taller Experimental Textil en Chiapas y Bordando por la Paz y la Memoria, una víctima un pañuelo en la Ciudad de México[3].

Cartografía bordada del conflicto armado en Colombia

(Pieza del costurero Tejedoras por la Memoria de Sonsón, Antioquia durante la exposición en la Ciudad de México)

 

Taller de elaboración de muñecas en Xochistlahuaca

 

Bordados del colectivo Malacate Taller Experimental Textil, Nachig Chiapas

 

Intercambio de bordados con el colectivo Bordando por la Paz y la Memoria, una víctima un pañuelo, Ciudad de México

 

Otra parte importante del trabajo en campo fue la posibilidad de experimentar a través del cuerpo lo que significa tejer en telar de cintura y comprender el lenguaje de los hilos. En este sentido, mi cuerpo fue un vehículo de conocimiento etnográfico al hacerse evidente la importancia que tiene lo corporal y lo sensorial en el aprendizaje de una técnica manual como es tejer en telar de cintura. Esta experiencia donde pude encarnar cierto tipo de conocimiento, fue una de las claves teóricas y creativas que posteriormente exploré y argumenté desde una comprensión de la antropología sensorial y del cuerpo como lugar principal desde el cual se construye y conoce el mundo. Para este fin, realicé en colaboración con Josué Vergara el video que titulamos Telares Sonoros, el cual es una composición experimental que surge de los sonidos producidos en el proceso de tejido en telar de cintura: el aplanado del algodón, el hilado, el urdido y el tejido. Rescatamos también en esta pieza la música tradicional, interpretada por el violinista Feliciano Guadalupe, así como un poema de Héctor Onofre, poeta de origen nahua que vive en la comunidad de Xochistlahauca[4].

Tejedora María Alejandra aplanando el algodón. Xochistlahuaca, Guerrero

El resultado de esta investigación puede leerse a manera de tejido metafórico y textual donde la metodología que puse en práctica – lo audiovisual, los talleres, ejercicios de intercambio, y mi experiencia desde el cuerpo como tejedora-, tuvo como principal virtud la vinculación de proyectos y el entrelazamiento de muchas personas con quehaceres e historias de vida diversas. Como resultado, se consolidaron alianzas y se retroalimentaron ideas que hoy en día posicionan al tejido como una narrativa creativa que proporciona a las y los ejecutantes ciertas cualidades que, al desarrollarse de manera constante, estimulan el diálogo, la negociación, la reflexividad, la resolución de conflictos, la visibilización pública, la denuncia, el fortalecimiento de redes solidarias y la adquisición de nuevos conocimientos.

Después de estas reflexiones, pienso que frente al contexto injusto y desigual al que estamos sometidos cotidianamente, aún nos quedan los hilos, las agujas y las manos que materializan el pensamiento y el deseo constante de que puntada a puntada la red mundial de tejedor@s se fortalezca, con el fin de encontrar los nudos narrativos que nos vinculan y tejer lo que nos es común como humanidad: la dignidad y la libertad.

 

 [1] Ver el video: Tejer para no olvidar

[2] Ver video: Re-tejiendo nuestro taller

[3] Ver el video que narra dicha experiencia: El hilo de la memoria 

[4] Ver: Telares Sonoros

 

Bibliografía

Agosín, Marjorie (ed). (2014). Stitching Resistance. Women, creativity, and fiber arts. England: Solis Press.

Angulo Annuska y Miriam Mabel Martínez (2016). El mensaje está en el tejido. México: Futura Textos S.A de C.V. 

Arnold Denise Y, Juan de Dios Yapita y Elvira Espejo Ayca (2006). Hilos sueltos: Los Andes desde el textil. La Paz: Plural editores e ILCA.

Basic, Roberta (2014). “The art of resistance, memory and testimony in Political Arpilleras”. En Stitching Resistance. Women, creativity, and fiber arts. England: Solis Press.

Franger, Gaby (2014). “Survival-Empowerment-Courage: Insights into the History and Developments of Peruvian Arpilleras”. En Stitching Resistance. Women, creativity, and fiber arts. England: Solis Press.

Sennett Richard (2009). El artesano. Barcelona: Anagrama

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