Reflexópolis: Caminata por las ciudades de Woody Allen

Por - 11/01/2018

Usualmente hablar de la relación entre arquitectura y cine nos remite únicamente a escenarios y locaciones, ­pocas veces nos detenemos a identificar aquello que un lugar le imprime a la narrativa. Como arquitecta, es frecuente que relacione cada ámbito con la arquitectura ya que me parece intrínseca de todo el quehacer humano; no puedo concebir una disciplina más humanista. El cine, al ser una ventana para el descubrimiento y la exploración personal, es un escaparate de ideas y un receptáculo de cuestionamientos y teorías; así, el cine y la arquitectura figuran la pareja perfecta.

Hablar de cine y arquitectura desemboca en infinidad de posibilidades y posturas que pueden ser culturales, psicológicas y sociales, entre otras. Cine de autor de fuerte influencia hay mucho, y hoy en día, gracias a la cada vez más mencionada disciplina de diseño de producción, el director tiene la facilidad de encargar su visión a un departamento de arte que mediante un trabajo arduo y meticuloso hará posible hacernos sentir en un lugar.

 

El lugar es tan importante como el argumento en sí mismo

En la mayoría de las películas de Woody Allen la locación es fundamental, quién podría concebir Midnight in Paris (2011)  sin aquella deriva noctámbula de Gil (Owen Wilson) a través de la ciudad luz, enamorado de un estilo de vida y de una ciudad, con el fabuloso guión de Allen, quien parodia el círculo infernal de las vacaciones familiares, que no son exclusivas de los grupos grandes sino también de los viajes en pareja, llevando al extremo los límites de la convivencia y la pérdida de la intimidad, del espacio propio.

Para Allen es recurrente el debate interior y el diálogo exterior, es decir, sus personajes son abstractos con sus ideas y suelen desatar una verborrea con intención de explicar los fenómenos en los que están involucrados, casi siempre de tintes morales e intelectuales. El lugar cobra así distintas capas, por un lado, el espacio tácito de las locaciones en contraparte con el lugar interior de cada personaje, el compartido durante los diálogos en el acto de externar ideas y, por último, el lugar que funge como vínculo entre el espectador y la pantalla.

 

Caminar como un acto subversivo y de reflexión

No es una particularidad que la filmografía de Woody Allen abra espacio para el ancestral acto de caminar. Las icónicas fotografías de sus cintas generalmente refieren a largas charlas entre personajes a través de la ciudad que deambulan por la calle, entran a una librería, pasan por un café o compran algo en algún mercado local. Allen imprime carácter y localidad al hacerlos caminar; imágenes llegan a nuestra mente solo con recordar Manhattan (1979) y esa icónica e inolvidable toma con vista al puente, las incansables charlas entre Annie Hall (Diane Keaton) y Alvy Singer (Woody Allen) en Annie Hall (1977) o mientras vemos enloquecer a Roy (Josh Brolin) cuando camina junto a Day (Freida Pinto) por el Londres contemporáneo.

Caminar también significa perderse, como podemos verlo en To Rome With Love (2012) cuando Milly (Alessandra Mastronardi) pide indicaciones y termina desconcertada por las contradicciones que recibe de los lugareños.

 

Ciudades que invitan a la imaginación

A través de los años las ciudades han adquirido la reputación de entes voraces y desalmados, maquinas de habitar con ritmos acelerados, falta de conexión interpersonal, indiferencia y toneladas de polución y basura, en resumen, se les considera como una especie de enfermedad corrosiva, contrario a lo que se pensaba por ejemplo en la antigua Grecia o en el mundo Mesoamericano, donde las ciudades eran lugares exclusivos para señores o sacerdotes que estarían en contacto directo con las deidades.

La ciudad era considerada un espacio privilegiado que ante la intromisión de algún no grato podía repercutir en algún sacrificio o pena de muerte, recordando quizás la Ciudad Prohibida en Pekín, China. En la ciudad se erigían templos y edificios para los gobernantes, ya fuera que vivieran ahí con su familia o que hicieran visitas ocasionales, contando con un apéndice con vistas y ubicación privilegiada cercano al templo. Las parcelas eran cuidadosamente seccionadas y distribuidas, en muchas ocasiones, como en el caso de los Mayas, en función de los puntos cardinales o de eventos astronómicos; los edificios y templos eran recintos sumamente valorados que incluso servían para medir el tiempo o los cambios climatológicos. En la cultura egipcia aquellos afortunados que podía estudiar o aprender a escribir iban a las ciudades para enlistarse y recluirse. Es así como la ciudad fungía como un centro de operaciones políticas, científicas y espirituales.

Al transcurrir de los años, la urbe se ha transformado, siempre alimentada por los movimientos sociales y la tecnología, hasta llegar a lo que conocemos hoy en día, pero no es de extrañar que las ciudades más icónicas a nivel mundial sean objeto de intriga y misterio y que inspiren a imaginar historias que puedan suceder dentro de ellas. Woody Allen en los últimos años de su trabajo como director y guionista ha dedicado sus cintas a grandes, conflictivas y neuróticas ciudades. Es un apasionado de las imperfecciones y de snobismo cultural característico de espacios multiculturales como Roma, Londres, Barcelona, Paris, Nueva York (más de una vez) y Los Ángeles, mismas que son algunas de las ciudades predilectas del director, quien siempre imprime particularidades a los personajes que albergan.

 

La otredad de las diferencias urbanas 

La obra de Woody Allen es un camino similar a una montaña rusa, sin embargo, hay algo importante que no he podido aún mirar en su trabajo: las ciudades latinoamericanas. Mucho trabajo valioso se realiza por parte de los directores, guionistas y escritores latinoamericanos para llevar las problemáticas urbanas latinoamericanas al cine internacional. Como ejemplo de ello tenemos la vertiginosa Güeros (México, 2014) que hace un road trip urbano a través de la Ciudad de México; la inolvidable comedia romántica Medianeras (Argentina, 2011) que presenta una historia amorosa en un barrio altamente poblado en la ciudad de Buenos Aires, o Aquarius (Brasil, 2016) que retrata una pelea feroz entre Clara (una implacable Sônia Braga), dueña de un departamento en el barrio de Boa Viagem, y la inmobiliaria que busca sacarla de él. Las anteriores son magníficos estudios sobre la realidad urbana de cada ciudad e invitan a la reflexión del espacio.

Es de suma importancia conocer y comparar los esquemas en la cosmogonía del planteamiento de los escenarios que constituyen una pieza cinematográfica ya que siempre dicen mucho sobre el autor y su visión respecto al modelo que planean exhibir, es decir, cada película nos permite ponernos en los zapatos de su creador y mirar a través de sus ojos cómo es que han vivido o estudiado y cómo le afectaron esos espacios, desde el ruido ambiental, la luz, las calles y las personas que ahí transitan. Es sin lugar a dudas el mejor escaparate, una probeta de experimento social, cultural y arquitectónico, y todo desde la comodidad de un asiento.

 

 

NOTA: Este texto se escribió especialmente para la revista Collectivus.

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