Pasolini: la individualidad de un rebelde

Por - 08/12/2014

Se pensaría que un artista es inherentemente un ser libre que observa y recrea la vida desde su perspectiva generadora de nuevos mundos pero no siempre es así: el entorno, las corrientes y disciplinas que desarrollan, influyen en la manera de construir sus propuestas.

El artista tampoco es inmune a las epidemias conceptuales de su época, son pocos los que se desprenden de esos lazos invisibles que su propia sociedad les impone y que los hacen resaltar a través de la historia.

Uno de esos rebeldes es Pier Paolo Pasolini que, siendo socialista por convicción, se convirtió en un feroz crítico del marxismo y el catolicismo, referidas como las dos grandes iglesias que buscaban la imposición de sus ideas por encima de la comprensión de las comunidades a las que se dirigían.

Su vocación por poner al mundo en el filo de lo crítico e incorrecto inició con sus trabajos como poeta y periodista sin pertenecer a ningún gremio o grupo de artistas que colmaban los cafés europeos de mitad del siglo XX.

Fue hasta los años sesentas, a sus cuarenta años de edad, cuando comenzaron sus proyectos cinematográficos en un ambiente que todavía respiraba las consecuencias de la posguerra italiana. Pasolini había visto las expresiones del cine neorrealista de las décadas anteriores, movimiento que iba más allá de una corriente conceptual. Los italianos habían vivido la Segunda Guerra Mundial y la época posterior de una manera muy particular que ningún otro país europeo compartía, era difícil que un italiano pudiera desprenderse de ese entorno y a Pasolini también le resonaba esa situación.

Su primera película, Accattone, narra la vida de un proxeneta egoísta y tramposo que busca beneficiarse de las rupturas sociales en un mundo colmado de carencias éticas y materiales. Entorno que repite de manera más pulida en su segunda entrega, Mamma Roma. Un mundo de prostitutas, proxenetas y delincuentes en la que los personajes sin principios son víctimas de la sociedad, al igual que Italia ha sido víctima de las circunstancias históricas sin tener la capacidad de reivindicarse.

Posteriormente trabajó con historias bíblicas y mitos griegos como El evangelio según San Mateo, Edipo Rey y Medea donde su maestría en el manejo de imágenes simbólicas y una profunda carga discursiva hacen de estos filmes unas joyas del mundo cinematográfico.

Si bien Pasolini era irremediablemente un hijo italiano de la posguerra, su espíritu libre buscó emanciparse principalmente de él mismo y de su estilo con Pajaritos y pajarracos donde la historia es más personal que los grandes trabajos anteriores, evidenciando que si se tiene algo que decir no importa si se logra con un personaje impostado en el Olimpo literario o con un viejo agricultor que no puede pagar su deuda.

En sólo cinco años, en la década de los setentas, Pasolini desarrolló cuatro propuestas que revolucionaron a la industria y lo colocaron como un artista sobresaliente, diferente y definitivamente difícil de digerir. El Decamerón, Los cuentos de Canterbury, Las mil y una noches y Saló o los 120 días de Sodoma, abordan las principales críticas del director a la sociedad y la manera imperfecta de ver la realidad. Pasolini se basó en historias conocidas alimentadas por el simbolismo y arrojo que sólo un alma de su talla podría imprimir, para dejarnos como legado estas piezas artísticas de gran resonancia que remueven fibras internas que nos incomodan y maravillan.

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