Paisaje secreto, jardín olvidado

Por - 28/01/2016

“(…) pequeños, secretos y verdes valles rodeados y limitados por las más caprichosas, hermosas y fantásticas formaciones de piedra que había esculpido, en la roca derretida, el poderoso soplo de vendavales prehistóricos”

Luis Barragán

Tener una pequeña jauría viviendo en un departamento chilango es, entre otras cosas, una buena razón para hacerse explorador y habitante de los parques de esta ciudad. Fue por admiración a la obra de su autor que visité el Parque Central del Pedregal por primera vez. Pero fue a causa de mi jauría que hace algunos años pasé de turista a convidado. La razón es tan simple como lastimosa: el paisaje de lava humanizado por Luis Barragán es hoy un parque abandonado por los humanos –situación muy apreciada por esa tribu urbana que formamos los perros y sus familias-.

No voy a repetir aquí la historia de ese atrevimiento genial que es haber imaginado el Pedregal de San Ángel: transformar en habitar poético lo inhóspito. Basta con revisitar las fotografías de Armando Salas Portugal para conmoverse con la fuerza metafísica del mayor proyecto de paisaje del siglo XX mexicano (aunque sus virtudes urbanas puedan ser puestas hoy, con justicia, en duda). El parque, uno de sus últimos vestigios, es hoy sólo un lugar para esconderse. Entre la lava se acumulan vidrios –romper botellas parece ser un deporte popular aquí-, residuos de la última borrachera adolescente, cadáveres de vegetación y basura de todo tipo. Y antes de que el primer lector con fobia a los perros comience con una cantaleta: el excremento que ensucia el lugar es casi siempre humano, repulsivamente humano.

Es tal la belleza de esa idea de acompañar la lava, que aún en este estado de abandono y suciedad el parque merece caminarlo –aunque haya que hacerlo con cuidado-. Las bugambilias, los pirules, jacarandas y colorines, siguen sanos y atentos a las estaciones. Las pasarelas y escalinatas apenas pautan el paisaje, un poco chimuelas, pero se mantienen. Tras el estacionamiento de un supermercado y los puestos de lámina, invadida por juegos infantiles decrépitos, la belleza se niega a extinguirse.

Buscando algún proyecto de recuperación para el sitio, doy con una nota del periódico Excelsior, fechada el 4 de agosto del 2013 donde se puede leer: “La Plaza El Cigarro, con la escultura creada por el arquitecto Luis Barragán, y el parque central de Jardines del Pedregal se transformarán en un parque contemplativo que unirá espacios comerciales, de descanso, didácticos y ambientales.”

¿Cómo puede volverse contemplativo y didáctico un paisaje metafísico? Pues de acuerdo a la citada nota y al arquitecto Rafael Sama, autor de la propuesta, construyendo sobre el parque “puentes elevados que conectarán más de cuatro hectáreas, similar a los que hay en parques o reservas ecoturísticas o en Nueva York” ¡Cuánto daño ha estado cerca de causar a nuestra ciudad el turismo superficial de Nueva York!  Continúa la descripción del proyecto, por fortuna hasta ahora no realizado:

“El concepto de este Parque Residencial combinará la arquitectura de Luis Barragán y un estilo minimalista. La intervención incluirá el levantamiento de todo el pavimento para retomar el diseño original de la Plaza, además de incluir una azotea verde con un jardín vertical unidos por puentes.”

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El estado actual del Parque del Pedregal es otra prueba de que aquel dique contra la deshumanización que pretendió levantar Don Luis no fue suficiente. Pero el  proyecto de “recuperación” –que roguemos nunca se convierta en realidad- es además demostración de lo erradas que están las premisas de muchos arquitectos contemporáneos: para recuperar un proyecto fundamental de paisajismo moderno se debe dotarlo de pasarelas como a un zoológico e incluir ¡una azotea verde! Este delirio me hizo recordar que hace algunos años, los vecinos de otro proyecto de urbanización de Luis Barragán hicieron lo impensable con algo de dinero reunido para la restauración de una fuente arruinada: construir en otro sitio una caricatura grotesca “inspirada” en la original.

Antes de imaginar otra intervención de rescate, deberíamos leer despacio las intenciones del provocador de silencios: “En una vasta extensión de lava al sur de la Ciudad de México me propuse, arrobado por la belleza de ese antiguo paisaje volcánico, realizar algunos jardines que humanizaran, sin destruir, tan maravilloso espectáculo”. Se necesitó de un gran arquitecto para humanizar sin destruir ¿habrá alguno medianamente sensible que sea capaz de rescatar sin construir?

Escribo esto con temor a llamar la atención de los vecinos del sitio, los que acompañan sus buenos propósitos con torpes y pobres asesorías. Esperando que no tengan éxito en “recuperar” el parque, al menos no para el “usuario” que necesita de un “programa arquitectónico” –entretenimiento, para decirlo llanamente- para poder ir a contemplar los pirules. Ese tipo de usuario puede seguir disfrutando la tarde de domingo en un “excelente” restaurante donde la televisión esté puesta a todo volumen.

Mientras aparece un mejor proyecto para él, las jaurías habituales podemos continuar con nuestras rondas a este pedazo olvidado de sosiego y “roca derretida”.

 

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