Pabellón Eco 2018, ¿un pabellón?

Por - 07/06/2018

“Considering the symbolic capital they afford those individuals, organizations or nations that have them constructed, but also the agency they offer those who would seek to challenge consensual culture and raise questions about the use of public space, pavilions might be recognised for what they are: architectural works that may appear trifling (especially next to grander civic monuments), but which are more often than not embattled structures, bound up with claims to power, status and identity, and thus harbouring some rather big ideals or ideas about the world.”[1]

-Joel Robinson, Introducing Pavilions: Big Worlds under Little Tents

 

Intercambiando opiniones sobre el Pabellón Eco 2018 con un amigo hace unas semanas, me comentó, sin dar muchas razones, que para él eso no era un pabellón. Lo escuché de otras personas también, quienes además añadían que parecía más una instalación artística que arquitectónica. Y sí, hoy en día hay tantas cosas tan diversas que han sido llamadas pabellón, que es complicado definir qué lo es y qué no. Es complicado, incluso, definir si es siquiera una tipología arquitectónica. ¿Qué es un pabellón? ¿Qué lo define? ¿Tiene un pabellón que ser arte o arquitectura?  ¿Cómo entra el Pabellón Eco 2018 en estos cuestionamientos? Aquí una divagación sobre el tema…

 

El pabellón

En parte de su texto Introducing Pavilions: Big Worlds under Little Tents, Joel Robinson cuenta una especie de genealogía del pabellón.[2] Comienza hablando sobre aquellos ejemplos de estructuras portables que podían ser montadas en campamentos de campañas militares o diplomáticas. En el Imperio Romano, por ejemplo, éstas eran llamadas ‘mariposas’ (papilio en latín, del cual proviene el término francés moderno pavillon). También existieron las carpas más festivas del medioevo y el renacimiento, en donde estos pabellones comenzaron a tener otras formas y usos. En general eran utilizados por la clase socio-económica alta para el embellecimiento y la diversión. En el siglo XVIII se comenzaron a instalar estructuras en parques y jardines, conociendo ya que en el lejano oriente existían pabellones de jardín. En el neoclásico, muchos pabellones se construyeron más permanentes, perdiendo la conexión con la idea de la mariposa. En los parques ingleses modernos, los pabellones adquirieron varias funciones relacionadas con la recreación y el entretenimiento, y reinterpetando arquitecturas clásicas o exóticas. La construcción del Royal Pavilion en Brighton provocó en Inglaterra una demanda de la arquitectura para el ocio.

Con la modernidad, los pabellones evolucionaron y se volvieron parte de la cultura de la exhibición y del espectáculo, relacionados principalmente con los espacios de exposición; como el Palacio de Cristal de 1851. De finales del siglo XIX en adelante, las ferias internacionales se llenaron de pabellones de distintas naciones con los que se buscaba mostrar alguna imagen o identidad. Esto provocó que los pabellones ya no fueran para la élite, sino para un público más amplio y con un fin más didáctico. La escala se volvió importante para imponer y para contener lo que se mostraba al interior, por lo que el contenedor no siempre jugaba un papel principal. Algunos de estos pabellones se volvieron más memorables por su diseño que por lo que contenían y algunos fueron instrumentos utilizados por arquitectos progresistas para hacer comentarios sobre estéticas alternativas o posiciones ideológicas; como L’Esprit Nouveau (1925) de Le Corbusier’s 1925 o el Pabellón de Barcelona (1929) de Ludwig Mies van der Rohe.

El pabellón se convirtió así en un laboratorio de experimentación para explorar nuevas formas, materiales y técnicas. Se exhibían a sí mismos y al potencial de la arquitectura; se orientaban hacia el futuro. No sólo se relacionó el pabellón con el ocio, sino con proyectos utópicos como las escuelas tipo pabellón de Ernst May en Frankfurt. Después de la Segunda Guerra Mundial los pabellones también mostraron las tensiones existentes en los debates arquitectónicos sobre temas como lo local contra lo global, por ejemplo. La Guerra Fría dio pie a dos caminos: por una parte, la búsqueda del realismo como lo hicieron Alison y Peter Smithson y, por otra, la exploración de personajes como Cedric Price, Archigram, Frei Otto y Renzo Piano. Para finales del siglo XX, los pabellones se relacionaron más con el marketing y con el entretenimiento.

Hoy en día han aparecido nuevos prospectos. El pabellón móvil y adaptable ya no está amarrado a jardines o ferias y, por lo tanto, se ha convertido en un medio popular para muchos arquitectos; incluso para quienes trabajan en la interface entre arte y arquitectura. Para Joel Robinson, “[w]hat the above account of the pavilion’s genealogy reveals (while shallow on historical specificity or detail) is that the pavilion is not static. It is not a single unchanging type; in fact, it is not a type at all. The pavilion is not only an amorphous thing, adapting to several forms and functions, but is also responsive to changes in its geographical and historical environments.”[3]

 

Campanario

Campanario fue el nombre del Pabellón Eco 2018 proyectado por TO, inspirado en la belleza a partir de la lógica constructiva. Ubicado en aproximadamente dos terceras partes del patio del Museo Experimental El Eco proyectado por Mathias Goeritz, se conformó por un grupo de tres retículas de proporción rectangular armadas con varillas de acero sobre el suelo, siguiendo el trazo del patio y la malla de cuarterones de barro. De cada intersección de varillas partía otra vertical que subía y terminaba intersectada con un plato de cobre, de esos tradicionales moldeados con calor y golpes. Esta combinación de piezas y su repetición conformaban una especie de bosque metálico que podía ser recorrido siguiendo distintas direcciones y combinaciones, se ofrecía “una nueva manera de habitar el patio, dejando al desnudo la tectónica que le permit[ía] soportarse.”

La superficie suspendida que formaban los platos comenzaba a la altura del elemento horizontal de la gran ventana del museo e iba disminuyendo poco a poco, ocasionando que la experiencia bajo ella se apretara cada vez más hasta que, al llegar al fondo del patio y pararse al lado de la estela amarilla, se abriera el espacio y, al voltear atrás, se viera la parte superior de la superficie rojiza en ascenso hacia la ventana. Como la cavidad de todos los platos estaba hacia abajo, las texturas de ambos lados de la superficie eran distintas; una con más relieve y brillo que la otra.

Los platillos flotaban separados fomentando un juego de sombras circulares y elípticas que permutaban a lo largo del día y se proyectaban en el piso y en los muros, en el interior y en el exterior. En el ventanal también se proyectaba el reflejo de la intervención. La flexibilidad de las varillas permitía que los visitantes las movieran y, en algunos casos, que hicieran que los platillos de cobre chocaran y desencadenaran, cual campanas, sonidos metálicos. Así, el ambiente ya definido por el tono cobrizo, los reflejos y las sombras, se acompañaba de sonidos y movimientos cambiantes.

Campanario, con su base, sus columnas y su cubierta, fue un proyecto que respondió a la convocatoria planteada por el Museo Experimental el Eco en relación a intervenir el patio y activarlo para una programación diferente, al igual que al interés expuesto por el curador invitado Isaac Broid de “volcar la mirada hacia el interior de la disciplina, a reflexionar en el hacer, en el construir, en el dominio del oficio, en el control de productos y materiales, en la habilidad por saber ‘fabricar’ un proyecto de arquitectura”. Campanario duró unos cuantos meses, pero sus materiales fueron planteados para reutilizarse. Las varillas para la reconstrucción, los platos se vendieron y el dinero recaudado será donado para los artesanos del cobre.

 

Campanario, el pabellón

Al observar el Pabellón Eco 2018 y compararlo con la genealogía del pabellón de Robinson expuesta anteriormente, se podría decir que hay concordancia con la idea de que el pabellón es una cosa amorfa que se adapta a distintas formas y funciones, pero que responde a geografías y momentos. Campanario tuvo una definición formal y funcionó para distintas finalidades; tanto las buscadas por la institución como las inventadas por los visitantes. También respondió a las circunstancias geográficas y al momento histórico; fue una intervención específica en diálogo con la arquitectura del museo y con condiciones locales.

Al mismo tiempo, respondió a otras de las características que han tenido los pabellones a lo largo de la historia. Fue una estructura que duró poco tiempo y un espectáculo público. Fue una experimentación con materiales, espacialidades y atmósferas. Funcionó para el ocio, el paseo, la cultura y el entretenimiento. Habló de ideales que en la agenda actual son esenciales, como el apoyo al trabajo local (el artesano y el maestro) y el reciclaje, incluyendo así reflexiones sobre lo local y lo global. Pudo existir en un patio y trabajó en la interface entre el arte y la arquitectura.

Toda esta divagación me lleva a cerrar pensando que Campanario sí fue un pabellón; que la experimentación fue valiosa y que la experiencia de vivirlo fue muy rica; que fue el resultado de una práctica espacial crítica, que abrió preguntas y que hizo comentarios sociales. Me voy meditando si, tal vez, preguntarse si es o no un pabellón no es tan significativo como reflexionar sobre qué provocó en la mente y en el cuerpo, o qué posibilidades abrió. Me voy considerando si no será que la indefinición de lo que es un pabellón es más una oportunidad que un problema. Tal vez, el no saber qué es o para qué sirve, incluso vacilar sobre si es arquitectura o arte, permite que los arquitectos sigan imaginando opciones para mundos mejores sin enfrascarse en conceptos estáticos; y que quienes vivamos estos objetos transitorios insertados en el paisaje experimentemos un poco y reflexionemos sobre esas otras opciones también. ¿No crees?

 

Fotografías: Rafael Gamo

 

[1] “Considerando el capital simbólico que ofrecen a aquellos individuos, organizaciones o naciones que los hacen construir, así como la capacidad de acción que le otorgan a quienes buscan desafiar la cultura consensual y plantear preguntas sobre el uso del espacio público, los pabellones pueden reconocerse por lo que son: obras arquitectónicas que podrían parecer triviales (especialmente en comparación con monumentos cívicos más distinguidos), pero que a menudo son estructuras combativas, involucradas con reclamos hacia el poder, estatus e identidad, que albergan ideales o ideas realmente significativas sobre el mundo.”

[2] Aquí se presenta un resumen de la genealogía desarrollada por Joel Robinson en este artículo, el cual puede consultarse en este link: https://openartsjournal.files.wordpress.com/2013/11/oaj_issue2_introduction_final.pdf

[3] “Lo que revela el anterior repaso de la genealogía del pabellón (a pesar de que no profundiza demasiado en la especificidad histórica) es que el pabellón no es estático. No se trata de una tipología única e inmutable; de hecho ni siquiera es una tipología. El pabellón no sólo es algo amorfo que se adapta a distintas formas y funciones, sino que también responde a los cambios que ocurren en sus entornos geográficos e históricos.”

 

 

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