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Lozano-Hemmer en el MUAC: el hombre, la máquina, el arte

Por - 09/11/2015

 

 

 

El humanismo hoy está absolutamente muerto y tiene una muerte digna, fueron ideas valiosas en su momento, pero tenemos que responder a una nueva serie de crisis. La que más destaco es la medioambiental. Para resolver los problemas de terrorismo, de medio ambiente, de pobreza extrema, no podemos usar la tecnología, esto es un error. La tecnología no nos hace más seguros, la tecnología nos hace más paranoicos. La solución a estos problemas es la traducción, la interacción, el respeto a las culturas diferentes, la poesía, estas son las respuestas que deberíamos tener como sociedad, desgraciadamente eso no vende y nuestros políticos insisten en que la solución debe ser algo sistemático, mecanizado, industrializado como es la tecnología.

 

Rafael Lozano-Hemmer

 

 

El lenguaje

 

Me dijo que pensara en la materialidad del lenguaje. Vino a mi mente Represented de Joseph Kosuth (EU, 1945). Una luz neón morada en la que está escrita esa palabra en letra cursiva. Ejemplo recurrente en esta escritura.

 

La historia del arte es la de las representaciones que nos hacemos del mundo. El artista escoge y crea; el espectador recrea también experiencias y narraciones. Los historiadores, curadores, críticos, artistas y visitantes acomodan lo que sucede. La pieza de Kosuth contiene la pregunta por el lenguaje que utilizamos para ordenar e interpretar.

 

El arte no deriva en un significado único. Si lo pensamos, ni siquiera las leyes de la física -orgullo de objetividad, son fijas. Basta pensar en los múltiples lugares que le hemos dado a la Tierra(t) en relación con el Universo(u). Sin embargo, pensar en lo “natural” y en los ordenes temporales es necesario, no sólo porque evita el caos, también porque es el modo constante de operar de la humanidad: generar una norma, vivir en ella, hacer consciente la forma en la que se actúa, criticarla, transformarla. Otra norma, una más. Y los siglos corren. Y las representaciones no cesan. Los artistas siguen creando.

 

Kant dice que la belleza aparece cuando la idea se adecua a la forma. La experiencia estética consiste aún en esa coincidencia. Sin embargo, el arte contemporáneo es consciente de que las formas son inestables. Los lenguajes no son fijos, portan ideología y poder, también belleza y posibilidad crítica de la adecuación.

 

El lenguaje no son únicamente las palabras. La pieza Represented no se agota como signo lingüístico. Su materialidad explota en múltiples direcciones: la capacidad de generar luz neón, la reflexión sobre el arte conceptual, el giro lingüístico, los símbolos, el trabajo, las alegorías, la autonomía del arte y todo el monumento que permite que una pieza aparezca.

 

Sin embargo, ¿qué sucede cuando no conocemos el lenguaje que conforma a una obra? El lenguaje también está contenido en la materialidad de las piezas. No me refiero sólo a los sistemas de la informática o la cibernética, sino a las capas de codificación que se encuentran en medios como la pintura medieval en donde el Tetramorfos era una constante. Las cosas nunca son sólo lo que parecen, no porque oculten un misticismo, sino porque son conformadas por una red que puede interpretarse y ampliarse al infinito.

 

“El humanismo hoy está absolutamente muerto y tiene una muerte digna, fueron ideas valiosas en su momento, pero tenemos que responder a una nueva serie de crisis”, la relación con lo que se define lo humano a desbordado a lo animal, a Dios, al sujeto libre, autónomo y universal. Nos encontramos en un replanteamiento, el de la era digital, la máquina y la tecnología, ¿será?

 

 

El pulso

 

Estamos en la rueda de prensa de la exposición Pseudomatismos del artista Rafael Lozano-Hemmer en el MUAC. José Luis Barrios, quien curó la exposición con Alejandra Labastida, hace énfasis en que la escala en la que se presentan las piezas es importante.

 

Entramos a la exposición, escala: una obra por cuarto, como si a cada una le hubieran construido una casa-cubo blanco. Lo que vemos son piezas y son máquinas. Máquinas creadas por humanos, en realidad por un equipo de alrededor de 10 personas que integran el estudio de Hemmer en Canadá, a los cuales se les paga un sueldo, “porque tienen hijos e hipoteca”, dijo el artista.

 

¿Qué sucede cuando no conocemos el lenguaje que conforma a una obra?

 

Las piezas son sus productos, son monstruos -si entendemos lo monstruoso como aquello que escapa a la lógica de lo natural. Sin embargo, podemos naturalizar la máquina o incluirla en el imaginario no como lo monstruoso sino como parte de la propia naturaleza humana, aunque a algunos nos siga resultando extraño que una máquina responda a estímulos humanos. Los hombres surgieron con su técnica, con sus herramientas que se han ido transformando. El lenguaje con el actualmente tejen es la informática y la cibernética, ese con el que Hemmer realiza sus piezas.

 

Las cosas nunca son sólo lo que parecen, no porque oculten un misticismo, sino porque son conformadas por una red que puede interpretarse y ampliarse al infinito ¿qué se encuentra oculto entre el lenguaje de la cibernética y la máquina convertida en obra de arte?

 

 

Escenario

 

Cada obra ocupa un cuarto.

El espectador entra y perturba a la máquina.

La obra de arte está quieta hasta que el espectador entra.

 

 

La máquina, el arte, la máquina

 

En una charla en SOMA y en el MUAC Lozano-Hemmer repetía que la exposición orbitaba en dos nodos, los sistemas de vigilancia que produce la tecnología y la relación que los espectadores debían establecer con las piezas para que éstas funcionaran.

 

En un principio la muestra puede verse como espectacular y entretenida, sin que eso sea una ofensa; al contrario, me parece sumamente complicado encontrar obras de arte que abran al espectador al juego al tiempo que activen una crítica y desoculten la forma de interacción de lo humano con su habitat.

 

Me centraré en dos piezas.

 

Almacén de corazonadas consiste en dos manubrios (como de bicicleta) puestos horizontalmente, las personas los agarran, la máquina mide el pulso y lo transforma en luz, focos en el techo centellean traduciendo el ritmo cardiaco a imágenes. El pulso del espectador se suma al registro de los espectadores anteriores. El pulso de muchos corazones suena y centellea al mismo tiempo.

 

Pabellón de Ampliaciones, realizada en colaboración con el artista polaco Krzysztof Wodiczko (1943), pionero en la proyección de video en espacios públicos, consiste en una instalación que se vale de algoritmos de reconocimiento facial para anticipar cuál es el siguiente paso que darán los visitantes, pero no como individuos aislados sino como grupos.

 

¿Qué sucede cuando no conocemos el lenguaje que conforma la tecnología en la que estamos inmersos?

 

Las piezas son divertidas, es una experiencia bella escuchar tu corazón latir, ver esos latidos convertidos en luz, francamente cursi y todo bien con eso. También resulta interesante verte proyectado en los muros del museo, sentir que la máquina y sus sensores te detectan y predicen. He ahí el juego.
Sin embargo, las piezas son críticas de la forma en la que la tecnología va moldeando las sensaciones, de los estímulos que presentan las aplicaciones y plataformas a los cuales muchas veces respondemos como el burro con la zanahoria delante. Y más grave aún, de los sistemas de vigilancia en los que estamos inmersos, ¿qué pasaría si la tecnología de Pabellón de Ampliaciones no se usara en un museo sino para disolver una manifestación?

 

 

¿Más allá del humanismo?

 

José Luis Barrios en entrevista:

 

Todo organismo conecta una relación de fuerza y energía mínima. Fuerza física y energía, pulsión. Eso está presente en la máquina, en el animal y en lo humano. Lo único que hacemos son colisiones de la relación entre fuerza y energía. Todo es materia e inmanencia.

 

Rafael dice, somos la máquina. El ordenamiento de Rafael tiene que ver con lógicas cuánticas, con lógicas de la incertidumbre todo el tiempo. Siempre trabaja entre los extremos, entre el movimiento y el reposo donde cualquier cosa puede estar al mismo tiempo en movimiento y en reposo, dependiendo del modelo de conocimiento donde te coloques.

 

Es como física cuántica. El quantum es una unidad de medida que no mide nada más que una relación posible entre un objeto y un sujeto, pero no mide nada. Rafael trabaja con la

 

información en cuanto cibernética,

información en cuanto informática,

información en cuanto biometría,

 

porque siempre es el valor acumulado de la información. La relación entre memoria, materia y vida está todo el tiempo funcionando en su trabajo.

 

Él rechaza mucho la noción de relaciones aleatorias. Para él la ciencia no puede hacer relaciones aleatorias, son necesarias todas. Tú puedes generar una matriz [¿obra de arte?] y lo que varía es la intensidad pero nunca es gratuita la relación. La falla aparece siempre bajo un algoritmo.

 

La máquina genera zonas de indeterminación controladas, no en términos de representación sino de fuerza.

 

Toda la interactividad en Rafael trabaja en sentido inverso con la tecnología. No es que uno [el espectador] interactúe con la máquina, sino la máquina es la que interactúa contigo.

 

Tú eres el que estás perturbando la máquina todo el tiempo. Los espectadores perturban a la máquina.

 

 

Un salto natural

 

Me dijo que pensara en la materialidad del lenguaje. Cuando terminé de recorrer la exposición Pseudomatismos, por cierto, el título hace un guiño a los automatismos surrealistas; ya no se perturba la psique sino la máquina, deduzco… Cuando terminé de recorrer la exposición pensé en Represented de Kosuth. También en las palabras de Barrios: las piezas de Rafael no representan nada.

 

No están describiendo un mundo.

No están prescribiendo un mundo.

 

Rafael no está representando un mundo.

 

Son las nuevas fuerzas, las máquinas creadas por el humano en donde se desplaza del centro, no en una maniobra de ciencia ficción donde los aparatos atacan, sino en una comprensión de la tecnología que creamos, sus efectos y la forma de naturalizarlos.

 

Tú eres el que estás perturbando la máquina todo el tiempo. Los espectadores perturban a la máquina.

 

¿Qué sucede cuando no conocemos el lenguaje que conforma nuestro mundo? aunque importa, su conocimiento no impide su uso. Aquí vivimos, ahora, aquí.

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