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Lecciones chilenas

Por - 26/02/2015

“Hay países que su arquitectura, su dinámica de arquitectura viene de los concursos. Un concurso es un instrumento para recoger en un momento específico el pensamiento de un grupo amplio de arquitectos. Si esto no se cumple (…) algo nos perdemos”

Humberto Ricalde

 

Tienes que ir a Valparaíso. Me lo repitieron suficientes veces. Y pude confirmarlo: es una de esas ciudades que se queda en el mapa de obsesiones sobre el espacio urbano y el carácter memorable de un lugar. En medio de Valpo, hay además un notable proyecto de arquitectura contemporánea y una mejor historia sobre la gestación del espacio público: el Centro Cultural de Valparaíso. Aunque seguramente ya no es noticia, no ha dejado de ser una gran lección.

El prólogo de la historia es familiar hasta la irritación: por un lado está el político en turno que necesita, con motivo de una conmemoración nacional –el bicentenario, digamos-, de un gran proyecto arquitectónico. Por el otro, está el célebre arquitecto con ideas para regalar. Oscar Niemeyer no conocía Valparaíso, ni sintió la necesidad de ir, antes de proponer el proyecto público más importante de la historia reciente de esa ciudad. Su aprecio por Pablo Neruda y Salvador Allende le eran suficientes para regalarle al puerto un conjunto monumental de sus conocidos volúmenes curvos y blancos. Así, las decisiones sobre un asunto del mayor interés público, como es el diseño y la construcción del espacio colectivo en un terreno estratégico de la ciudad, se intentan sostener con razones tan privadas como la amistad, la generosidad del genio y el buen tino del servidor público para aceptar el obsequio.

La propuesta del viejo arquitecto carioca, admirable por otros tantos proyectos, reunió sin embargo todos los clichés y desatinos que nos hacen a los arquitectos demasiado impertinentes como para dejarnos solos a cargo de los asuntos de la ciudad. No tiene desperdicio la entrevista que hace El Mercurio de Valparaíso a Jair Valera, el colaborador del despacho brasileño, antes de viajar para dar seguimiento al proyecto:

-“¿Cuál es la idea que tienen de Valparaíso? ¿Lo conocen?”

-“Yo particularmente no, pero por las fotos que recibimos nos dimos cuenta de que es una ciudad muy interesante. Además, hemos conversado con personas que sí han estado allí y también dicen que lo es”.

Valera también se encarga de acotar el concepto de “donación” en la entrevista (¿nos suena familiar?):

– “¿Acostumbra Óscar Niemeyer hacer donaciones de este tipo, porque detrás de ella hay tiempo, recursos y trabajo?

“Se trata sólo de una donación de la creación y después, lógicamente, para el desarrollo del proyecto, tanto de arquitectura como estructura e instalaciones se hace un contrato, lo cual requiere un tiempo aproximado de 5 meses”

Quizá por la completa lejanía, física y emocional, del arquitecto, el proyecto requería que toda la memoria histórica de la ex cárcel fuera borrada u ocultada para dar lugar a la monumentalidad de sus gestos. El análisis y la valoración serena de la propuesta de Niemeyer los dejo para el ejercicio personal. Para mí es claro que hay arquitectos que, por la misma trascendencia de su obra, tendrían que saber retirarse antes de la patente senilidad. Las pocas imágenes que se publican del proyecto son reveladoras por elementales. Más allá de la pertinencia, quedan también muchas dudas sobre su originalidad. “Al ser preguntado si se podría desarrollar el mismo proyecto en otro sitio, Niemeyer respondió que cada uno de sus proyectos se inscribe en el entorno para el que ha sido diseñado.” La declaración está hecha a propósito del Centro Niemeyer en Avilés, España, y que recuerda tanto a la propuesta para la Ex Cárcel de Valparaíso.

Hasta aquí con las similitudes de esta historia con cualquier “donación generosa” -a la mexicana- de un proyecto arquitectónico público. El proyecto de Niemeyer se enfrenta a partir de su anuncio a los cuestionamientos y presiones de una sociedad informada y muy activa, a la que acompaña la crítica de un gremio de artistas y arquitectos igualmente combativos. Mathias Klotz, llega a declarar en medio del debate: “Si el Congreso de Valparaíso fue el monumento a la estupidez del gobierno militar, este sería el ícono de la estupidez de la Concertación”. Las conversaciones con la comunidad sólo se convocan después de que el rumor de la donación ya se ha extendido. La ex Cárcel ya era, antes del proyecto, una sede importante del arte independiente en Chile. La lucha contra su cierre, contra la imposición del proyecto y la destrucción de su patrimonio construido fue liderada por sus mismos usuarios, e incluyó manifestaciones, tomas de edificios públicos y acciones legales para restablecer el estatus de protección de sus edificios.

Hacia finales del 2008, un año después de que iniciara el tenso enfrentamiento con los porteños, Niemeyer se niega a realizar cambios al proyecto y se retira de él. Se convoca entonces a un concurso público, con tiempos de desarrollo y ejecución de obra muy estrechos, pero muy abierto en su convocatoria y sólido en la conformación del jurado. Entre los pocos requisitos estaba contar con un arquitecto con más de 5 años de experiencia en el grupo. Más de 100 equipos responden al llamado. El primer lugar es para un grupo de arquitectos y académicos con una trayectoria joven, amigos desde estudiantes: Jonathan Holmes, Martin Labbé, Carolina Portugueis y Osvaldo Spichiger. Vale la pena detenerse en los argumentos y la presentación gráfica de la propuesta –con citas de John Cage, incluidas- para recordar que, como reflexionaba Humberto Ricalde, lo que convoca un concurso es al pensamiento, al ensayo de las ideas. Confróntese lo anterior con la imposición demagógica de las certezas que vienen de un arquitecto ungido y que no se ve en la necesidad de argumentar. “El proyecto tiene que ser hecho por un arquitecto, no por la ciudad”, afirma el colaborador de Niemeyer en la citada entrevista.

El resultado de las operaciones arquitectónicas y urbanas imaginadas por el equipo de HLPS Arquitectos es realmente notable. El patrimonio construido del sitio no sólo se conserva, sino que mantiene una presencia digna y en primer plano. Las nuevas edificaciones son potentes y expresivas –su tectónica de concreto aparente tiene algo de la escuela paulista, paradójicamente-, a la vez que sofisticadas y sutiles en su diálogo con el sitio. Así, en vez de apostar por la supuesta plusvalía de la firma de autor, Valparaíso se obsequió a sí misma un espacio público arraigado a su sitio, contemporáneo y memorable. Para no extender las descripciones, es mejor visitar el registro en fotografía y video que hace Cristobal Palma sobre el proyecto.

A pesar de ser, como lo sintetiza el arquitecto Rodrigo Gil, “la Corea del Norte del capitalismo neoliberal”, Chile ha dado buenos ejemplos de la defensa del interés colectivo con su arquitectura y diseño urbano. Es digno de otro análisis el trabajo del equipo coordinado por Ivan Cartes para la recuperación y reconfiguración de los poblados costeros afectados por los tsunamis en la región del Bio Bio, como ejemplo de las estrategias inteligentes que pueden poner al oficio de la arquitectura al servicio del bien común.

De vuelta en México, circula desde hace algunas semanas la convocatoria hecha por Alejandro Hernández, inspirada en una idea de Mario Ballesteros, de firmar un pequeño manifiesto para que cada arquitecto exprese un compromiso con la trasparencia y las buenas prácticas democráticas –como los concursos- en el proyecto público. Me uno al recordatorio: firmen o no, pero respondan a la provocación, colegas.

Si el ejercicio demuestra que no podemos esperar del propio gremio más que el silencio difuso y revelador, es hora de voltear a platicar con otros interlocutores. Con ciudadanos interesados y activos (¿los habrá?) como los que dieron la batalla para detener el primer proyecto para la ex cárcel de Valparaíso. Motivos para esas batallas, aquí no nos faltan: basta nombrar un estado de la República para identificar al virrey, su ocurrencia y a su despacho de confianza.

 

Fotografía: Foto Cine Club De Chile

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