LAS CALLES ROBADAS

Por - 04/09/2013

Los espacios más familiares de las ciudades tradicionales, es decir, las calles y las plazas, los patios y los parques, son los grandes escenarios del civismo, de lo visible y de lo accesible: son los agentes de nuestra cohesión

Michael Sorkin

A muchos años de distancia, en aquellos tiempos de mi niñez en la que la mejor diversión y la mayor parte de mi tiempo estaba en la calle, fue ahí donde una tarde habiendo terminado mis tareas escolares y sentado en la banqueta veía a un grupo de niños jugar fútbol esperando a que alguno de ellos me invitara, era mi segundo día en esta ciudad y clásico, faltaba un jugador para completar los dos equipos y no dudaron en llamarme, recuerdo que usaba una playera con un enorme número “56” al frente, a partir de ese momento y por las siguientes dos semanas todos me decían el “56”, hasta que uno de ellos preguntó mi nombre.

Todos los días sobre esa calle vacía por la que rara vez pasaba algún coche teníamos algo a qué jugar: si era fútbol, las rejas o portones de las casas eran las porterías; si era fútbol americano pintábamos las yardas en medio de la calle y los “touchdowns” eran los postes de teléfono o de luz; lo mismo eran las bases si jugábamos béisbol, (claro que cuando me tocaba batear todos se hacían para atrás); si era voleibol la red era la reja de acceso a uno de los edificios de departamentos; nuestra pista de patinaje (los patines tenían ruedas de fierro y hacían un ruido espantoso); y de bicicletas eran las banquetas y podíamos pasar toda la tarde dando vueltas o “echando carreras” alrededor de la manzana, no importaban los raspones en las rodillas o en los codos o uno que otro balonazo en la cara, al contrario eran las huellas de la batalla, era toda una “cultura deportiva”.

En nuestros días de descanso las actividades podían ser otras: tocar el timbre de una casa y correr, o jugar a las escondidas o bote pateado; esto era lo mejor, nunca faltaban las parejitas y el amigo al que le decía: “tárdate en contar ¿si?”.

Verónica y Susana eran nuestras amigas que más nos gustaban, así transcurrieron esos años llenos de juegos y pleitos callejeros en la “vil calle” diría mi madre.

Han pasado muchos años y hoy, cuando camino lo único que alcanzo a ver es un enorme y largo muro que protege hacia el interior de un numeroso grupo de casas, son los los fraccionamientos que se han multiplicado exponencialmente hasta definir nuevas tipologías y morfologías en la ciudad, ya no alcanzo el timbre de alguna casa para tocarlo y correr por que no lo hay, lo que veo es una persona dentro de una diminuta caseta, vigilando y observando hacia el exterior, protegiendo el interior, y no deja entrar a Miguel, el hijo del portero de aquellos departamentos (el que se tardaba en contar).

¿Pues no que ya no había discriminación?, todos los fraccionamientos tienen sus “accesos de servicio” por los que obvio, entra el personal que hace la limpieza en las residencias y toda clase de proveedores de pizza, tacos, sushi, tintorería y cualquier otro servicio que se pueda imaginar con tal de que no salgas.

Hoy ya no hay puertas que nos sirvan de porterías, ni yardas para el tochito, sólo veo un mar de autos y camiones que no dejan de circular, tampoco hay banquetas para caminar mucho menos para patinar, o son muy angostas o son estacionamientos temporales, y menos para andar en bici que aunque se está convirtiendo en un medio de transporte alternativo no deja de ser un peligro constante, no hay respeto para el ciclista ni reglamento de tránsito que lo proteja.

Hoy las computadoras, los teléfonos celulares y todos estos adelantos en las tecnologías para la comunicación, se han transformado en madejas de redes inalámbricas, redes sociales y juegos de video, que han convertido a mi calle en algo irrelevante y superficial,  lo que para mi era un campo de juego ahora se ha convertido en un verdadero campo de batalla, una competencia entre el transporte público por ganarse el pasaje ya que cada usuario tiene -para el conductor- un signo de pesos tatuado en la frente, una pista de carreras entre los automovilistas para los que lo importante es llegar lo más rápido posible a la meta-destino.

Hoy esas calles son oscuras, ya no puedo ver sus casonas viejas o nuevas, tampoco me puedo sentar en la banqueta a ver a otros niños jugar ¿será por que ya no juegan en ellas?.

Hoy quisiera que alguien  rescatara mi calle, alguien que se dé cuenta que no sólo sirve para los autos, que no solo sirve para ir de un lado a otro, alguien que se dé cuenta que es un elemento básico para la democracia y para el ocio, para la proximidad física más que virtual, no es absurdo que con tantas redes sociales ¿socialicemos menos?.

Hoy quisiera que cada calle nueva o planeada tuviera una circulación óptima para el peatón y por supuesto para el auto.

Hoy quisiera que la ciclopista y vegetación formaran parte de la infraestructura de cada calle, como lo es la red de teléfono, de luz, de gas, de agua o drenaje.

Hoy quisiera que los políticos que se encargan de tomar las decisiones de la ciudad pensaran que urbanizar no es hacer ciudad, que pensaran en proyectos de mediano y largo plazo y no sólo en hacer lo que les de tiempo en su gestión para aspirar a otros puestos.

Hoy todos esos recuerdos de la infancia pareciera que se van en varios viajes de escombro, el camión de la inseguridad y el crecimiento desmedido se los quiere llevar.

-Hoy Verónica está casada y con 3 hijos, Susana vive en Canadá…¡gracias FaceBook!-

 

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