La ciudad desde el huevo

Por - 12/03/2014

Cedric Price (1934 –2003) explicaba el progresivo proceso de transformación de la ciudad en estructuras cada vez más disueltas a través de su “analogía del huevo” (The City as an egg, 1968). Condimentando su idea con ironía, evocaba tres modelos urbanos para comprender el fenómeno de la ciudad del siguiente modo: una primera imagen (un huevo duro –cocido- con una forma compacta, distinguible en núcleo, forma y periferia) que ilustraba la ciudad antigua; un segundo dibujo esbozaba un huevo frito perteneciente a la ciudad correspondiente a los siglos XVII–XIX mucho más expansiva aunque aún reconocible en sus componentes pero ya con alteraciones visibles en el control de su forma; finalmente, una tercera (la ciudad moderna), un huevo revuelto, mucho más disgregado, fragmentado e irreconocible susceptible de enriquecerse por nuevos elementos, texturas y procesos intermedios que integran fases evolutivas de cada uno de los procesos y niveles de cocción.

Price viajaba así de la ciudad tradicional, densa y contenida, a la ciudad repartida desproporcionadamente, grumosa y caótica, pasando por las elongaciones horizontales producidas por el crecimiento territorial. No sólo él exploraba las transformaciones de las ciudades tomando la analogía como herramienta de aproximación al fenómeno urbano, Albert Serratosa aludía a la formación de las estrellas para explicar cómo la acumulación de personas o actividades en las partes centrales de las ciudades hacían llevar al territorio a situaciones insostenibles como: contaminación, inseguridad, congestión, conflictos sociales, etc.

Ambos casos se dirigían a señalar que la ciudad contemporánea se integra de un proceso multicapa donde la cantidad de contenidos y fenómenos dista mucho del interés por controlar lo que sucede dentro del territorio. Se trata de manifestaciones poco previsibles que transgreden todo afán de continuidad física, estilística o técnica, para dar paso a secuencias discontinuas reconocibles en la imagen de pequeños o grandes asentamientos clandestinos autorregulados al margen de cualquier intento de planificación o trazado infraestructural. Estos territorios están muy bien organizados y, como consecuencia del rápido crecimiento poblacional y de los déficits –de índole variable- que afectan a las poblaciones centrales, resultan poco dependientes de una estructura vertical (lo oficial). A su vez, dichos déficits mantienen en sus habitantes una constante de razón múltiple: la búsqueda de mayor calidad de vida, la intuición de las posibilidades de mejora económica y la satisfacción de actividades sociales, culturales y lúdicas, entre otras.

Todo esto da una pequeña muestra de la obsolescencia de las reglas para gestionar la ciudad, una ciudad contemporánea que –tal como lo ha dicho Akire Suzuki- necesita consolidar una secuencia de convergencia en redes. Redes para la movilidad y el transporte pero también para la comunicación y los sistemas de intercambio de información, así como estructuras e infraestructuras que acompañen las demandas del capital y la actividad económica. No sólo eso, se necesita mucho más pero como ya lo sabemos, en nuestro país las cosas suceden a tiempos distintitos o en ocasiones, nunca suceden.

De acuerdo al Instituto Mexicano para la Competitividad A.C. (IMCO), a pesar de que las ciudades funcionan como una unidad económica, social y cultural, en términos jurídico-administrativos la ciudad no es un ente regulado en nuestro país. “De hecho, la Constitución no hace mención alguna al concepto de ciudad. En México, la unidad básica político-administrativa (dotada de un territorio y un gobierno) es el municipio no obstante que la población urbana superó a la población rural desde 1960 y que ya en 2010 el 80% de los mexicanos se encontraban viviendo en una localidad urbana”.

Edward Glaeser afirmó que las ciudades son el mejor invento de la especie humana. De nueva cuenta una analogía nos permite obtener una imagen de un concepto abstracto que representa, en el caso mexicano, una tarea pendiente por actualizar y renovar la figura y los alcances del Municipio, institución encargada desde 1917 (cuando el país era primordialmente rural) de filtrar las políticas de actuación gubernamental que no responden a los desafíos de gobernar las ciudades en pleno Siglo XXI. Hacerlo eficazmente se ha convertido en una labor compleja no sólo por su acelerado crecimiento, sino por las implicaciones de los procesos ya conocidos de metropolización que conllevan en muchos casos la extensión sobre el territorio de dos o más municipios o entidades federativas.

El IMCO destaca un factor prioritario: la competitividad. Desde ahí hace visible que garantizar que este concepto sea una realidad que se incremente paulatinamente es una de las rutas más eficaces para cumplir con el objetivo primordial de la ciudad: garantizar que sus habitantes adquieran las condiciones favorables para el desarrollo pleno de todos sus potenciales como ciudadanos y como agentes activos de una estructura económica.

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