La chismocultura

Por - 25/06/2014

 

 

Antonio Meucci entendió que el valor de la palabra radica en la posibilidad de extensión de la misma y en como esto afectaba/infectaba a otras “formas”, “culturas” y “vidas”.

 

Uno de los recuerdos de la niñez que más me resulta interesante, y de cierta manera grotesco, es el haber vivido -en el colegio- durante la época del “chismógrafo”. En breve, para aquellos nacidos después de los años 90 (corríjanme si estoy mal) el chismógrafo era una serie de preguntas “fuertes” y “directas” que debías responder por escrito en un cuaderno, sobre tu vida como individuo dentro de un grupo o clase, y que posiblemente se extendía a otros grupos donde era seguro que estaría la chica o chico que te interesaba, además de otros “chismes” de los cuales te podías enterar al momento de llenar y leer a todos aquellos que habían ya respondido el famoso cuadernillo.

Si bien resultaba atrayente, era por demás chocante enterarte –por escrito, en una simple hoja de papel- de que la chica que te interesaba estaba enamorada de toda una lista llena de nombres donde el tuyo además ni figuraba. Esto era semejante a ver un “reprobado” o bien el clásico “sin derecho” en tu boleta de calificaciones. Claro que esta proyección es meramente personal porque seguramente habían otros intereses más objetivos, como saber quién se bañaba diariamente o se cepillaba los dientes al menos una vez al día. También te permitía ver quiénes pensaban más allá, quiénes vivían o soñaban, o a quienes simplemente “les valía”. Incluso a veces, estos documentos tenían repercusiones fuera de la escuela, permitiéndote enterarte de sucesos muy personales.

Reflexionando a distancia, el famoso chismógrafo no era más que un método de comunicación que ayudaba a “romper el hielo” y por ende aceleraba los procesos de relaciones sociales o antisociales que uno debería de tener para con sus amigos/enemigos en la escuela o colegio. Resultaba interesante saber que el gesto “de malestar” de una persona del otro día no era más que una bienvenida a la apertura de una conversación, por ese episodio triste que él o ella estaban viviendo en ese momento. Estas hojas de papel desmantelaban y presentaban de forma clara y determinante todas las ideas, circunstancias y escenarios equívocos o reales que nuestras mentes habían elaborado mucho tiempo antes.

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Nada ha cambiado, Facebook, Twitter, Pinterest, Youtube, nos permiten -además de expresarnos- mostrar nuestros intereses, compartir y extender información que antes era imposible de conocer. Nos ayudan a cruzar fronteras, a vivir momentos pasados, a esperar y soñar. Si bien la oposición entre una vida sin tecnología y la actual nos permite darnos cuenta de que la red, la Matrix, no es algo ajeno a nosotros, sino que somos nosotros mismos, la diferencia radica en cómo interpretamos el espacio; ya no es la tecnología la que nos ayuda a pensar, resolver, involucrarnos e interactuar, es siempre el mismo espacio habitado el que nos permite revivir dicho espacio circunstancial y recrear, repensar y volver a evolucionar. La mente es el espacio físico en el que vivimos, observamos, tocamos y nos formamos. El origen -sea cual sea- es el mismo, basta con entender y comprender la esencia del objeto mismo, lo demás es simplemente pasajero, como pasajera es la historia y los medios de comunicación; lo que persevera es la palabra, más que como sistema, como una estrategia que se auto-regenera por la necesidad de conocer, vivir y soñar.

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Porque de qué sirve una arquitectura sin el espacio mismo, sin el habitar de los seres; de qué sirve una idea sin una evolución, sin su ejecución. De qué sirve el diseño sin una valorización, sin una cultura que encuentre el valor del objeto en sí.

¿Para qué tanto esfuerzo si al final del día lo que importa -comunicar- ya no importa?

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