La arquitectura de la inseguridad

Por - 18/05/2017

Hay una buena cantidad de temas interesantes que aún me quedan por abordar, sin embargo el siguiente tema es de suma importancia ya que se trata de un fenómeno que ha ido creciendo descomunalmente hasta el punto en que se ha salido de todo control posible: la inseguridad.

Mi cambio de tema surgió por un evento que viví el pasado sábado por la mañana. Venía de obra, eran las 11 am y en el semáforo de la lateral del periférico, a la altura de Ejercito Nacional, un transeúnte corrió en dirección nuestra, aprovechó que el automóvil detrás de nosotros traía el vidrio abajo, se acercó, metió el brazo y le abrió la puerta… era un asalto, en plena luz del día y con un policía de tránsito a unos metros de distancia, traté de llamar al 066 par­a dar aviso. Estaba petrificada mientras Diego se apresuraba a salir de ahí, no pude quedarme tranquila en todo el día y la sensación de frustración e impotencia aún me persigue.

Asaltos como este han incrementado en los últimos meses, no pude evitar recordar aquel día previo a mi cumpleaños, Diego y yo hicimos una visita al centro, a causa de unas manifestaciones no había acceso y decidimos aparcar el coche en un súper mercado y tomar el metro de Pino Suárez a Isabel la Católica. En medio del tumulto, con gente descendiendo apretujadamente, le sacaron el celular a Diego de su bolsillo, aparentemente una estrategia constantemente aplicada en el transporte público: aprovechar la inestabilidad y la necesidad de sostenerse entre un montonal de gente para robar celulares y carteras. Se sabe que son pandillas, que son hombres y mujeres, que entrenan con cascabeles y que la policía no hace nada en caso de que alguien cache a alguno.

En noviembre del año pasado me robaron mi bicicleta, amarrada en el estacionamiento de mi casa y antes de eso en diciembre del 2015 andando en esa misma bicicleta acompañada de una amiga, nos asaltaron, golpearon y despojaron de nuestras cosas, ese proceso fue aún más indignante y traumático porque decidimos denunciar y autoinfringirnos un viacrucis burocrático que nos llevó a confrontar al ladrón, un chamaco de 18 años de actitud altiva y cínica, y a compartir espacio con sus familiares, sin ningún tipo de protección, constantemente en el penal de la Noria, cercano al museo Dolores Olmedo. Por suerte, después de que dejaron libre a nuestro agresor no recibí amenazas y aunque tardé mucho tiempo en recuperar mi día a día, cada vez camino y vivo con más miedo.

Se preguntarán a dónde voy con estas anécdotas y es que lamentablemente es muy fácil juzgar, por ejemplo, la falta de uso de transporte público o que la gente no quiera bajarse de sus coches. Un gran enemigo a vencer es la inseguridad que afecta la manera en la que vivimos la ciudad; hay cientos de videos en las redes sociales de asaltos en plena luz del día, motociclistas asaltando a transeúntes, motociclistas asaltando automóviles, transeúntes asaltando a los pasajeros del transporte público, como lo vivió Diego en paseos del Pedregal. La ciudad ya no es un lugar seguro.

La incertidumbre, impotencia y paranoia afectan la manera en que vivimos el espacio público y acondicionamos nuestros espacios privados. Dentro del metro se han colocado en algunas estaciones detectores de metales, las casas desde hace muchísimo tiempo agregaron herrería a las ventanas o aquellas famosas botellas rotas en las cornisas de las bardas. Sistemas de alarmas, mallas electrificadas, bardas de cuatro metros de altura, casetas de vigilancia, rejas y más rejas.

Ver los parques rodeados de rejas para evitar el secuestro de los niños, andar por la calle en estado de alerta, sospechar de cualquier persona que te mira o camina cerca de ti, andar con las llaves apretadas en el puño y evitar salir de noche, son conductas que no deberían formar parte de nuestra cotidianeidad. Pensar en recomendar no ir a tal o cual zona de la ciudad es un “urbanicidio”. Más allá de las políticas públicas, de los mágicos planes maestros y la “planificación”, podríamos comenzar por que el peatón o el ciclista antes de cuidarse del automovilista no tuviera que hacerlo de otros peatones o ciclistas. Caminar seguros es un derecho de primera necesidad, más allá de banquetas amplias y ciclovías.

Conforme el diseño va mutando para incluir protecciones que evadan a la inseguridad, el diseñador debe considerar entre sus parámetros cualidades que mantengan protegida la edificación de cualquier intruso, elegir materiales que los mantengan lejos, etc. Esto me recuerda a esos castillos medievales y me pregunto si será que tendremos que regresar a las fosas de cocodrilos de una colonia a otra o al uso de baluartes y almenas, ventanas minúsculas y fuera del alcance del peatón.

Urge ya no tener miedo y poder disfrutar lo que por derecho también es nuestro, no podemos permitir que el espacio sea tomado por la delincuencia y la única forma de hacer algo es ayudándonos, creando comunidad y cuidándonos los unos a los otros.

 

 

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