Investigación artística: Una aproximación panorámica

Por - 01/02/2018

Este texto se vincula a una investigación más amplia de la misma autora y próxima a publicarse digitalmente, la cual fue realizada con el apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes a través del Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales emisión 2016.

Presentación de la publicación: Viernes 9 de febrero de 2018 13:00 hrs en el Atrio de San Francisco, Francisco I. Madero #7 col. Centro Histórico, Ciudad de México.

Cuando se habla de investigación por lo regular pensamos en aquella producida en laboratorios, universidades, o en otros contextos académicos. También es común asociarla con disciplinas científicas de larga tradición como la física, química, biología, medicina, ingeniería y psicología, entre otras. Sin embargo, como resultado de un proceso de profesionalización del arte –que lleva varios años ocurriendo a nivel internacional y nacional– nacieron una diversidad de facultades y licenciaturas en artes dentro de las universidades que posteriormente dieron pie al surgimiento de programas de maestría y doctorado centrados en vincular la creación artística con la investigación. En este contexto, desde hace aproximadamente quince años, es que la noción de investigación artística comienza a tomar mayor relevancia y a emplearse para describir una serie de procesos de producción empleados-desarrollados por determinados creadores.

Si bien la aparición de los posgrados en creación artística y la participación de los creadores en la academia impulsaron la reflexión respecto a lo que la denominada investigación artística indaga, la forma en que se desarrolla y el tipo de conocimientos que produce, es importante apuntar que esta no se da exclusivamente al interior de las universidades y no se define particularmente por los lugares e instituciones donde se realiza o por la formación educativa de quienes la llevan a cabo. Más allá de esto, hay que pensar la investigación artística como una serie de posturas desde o respecto a la creación y el arte que expresan, amplían y cuestionan, aunado a las distintas formas de conocimiento que producen a través de prácticas diversas.

La investigación en las artes no es un método específico para crear una obra sino que se revela más como un conjunto de búsquedas creativas para configurar situaciones que exploran diferentes realidades, capaces de suscitar un encuentro entre vivencias, disciplinas y conocimientos disímiles y distantes a través de ese espacio de libertad que otorga el arte, ese “(…) ámbito privilegiado del pensamiento creativo, de esa forma libre y diversa de interpretación, interpelación e interacción con la realidad.”[1]

Más que solo dar una definición de la investigación artística, se vuelve interesante reflexionar respecto a las posibilidades que ofrece el aproximarnos al mundo desde prácticas libres y creativas capaces de ensamblar singulares formas de asimilar, experimentar y pensar el entorno a partir de indagaciones que apelan a la razón, la intuición, las emociones, la teoría, el análisis, el cuerpo y los afectos; indagaciones que, desde otras perspectivas, develan aspectos que nos permiten vincularnos significativamente con un universo en constante transformación.

 

Investigar desde el arte: ¿algo nuevo o recuperado?

Constantemente se señala que los artistas siempre han investigado para crear. Desde aquellos que, ya en el Renacimiento y hasta la actualidad experimentan e indagan respecto al uso de materiales, soportes y herramientas para realizar una obra; o quienes, en busca de “inspiración”, recurren a textos, consultan datos en la red, visitan lugares u observan su entorno. No obstante, sin restar importancia a este tipo de trabajos, el sentido de estos procesos de investigación se enfoca en gran medida en la realización de una gran pieza o serie final que –aún con temáticas y planteamientos tan diversos como los artistas que las producen– encuentra salida a través de medios de producción muy concretos y legitimados por una tradición artística moderna –pintura, escultura, dibujo, grabado, fotografía– que principalmente se difunde, circula y consume en circuitos y lugares especializados del campo del arte.

También se piensa la investigación en el arte como el hecho de hablar, presentar y priorizar ese trabajo de búsqueda, prueba y experimentación que acompaña la configuración de una obra, un tipo de acercamiento al arte que, ligado a un deseo por comprender y cuestionar cómo se construye el sentido mismo de este, fue en aumento desde que reflexionar sobre los procesos de creación se convirtió en un aspecto sustancial en el medio artístico a partir de los años sesenta. Poner el énfasis no solo en la pieza final sino en su desarrollo, por un lado, ha logrado atraer a nuevos espectadores interesados en conocer esa dimensión íntima en la que fueron creadas las obras, esa especie de universo oculto que intriga porque durante mucho tiempo se pensó como un misterio asociado a la idea del artista genio, iluminado e increado. Sin embargo, evidenciar los diferentes recursos (impresos, curatoriales, museográficos, audiovisuales, etc.), es decir, aquellas huellas que emergen de ese camino por el que los creadores transitan para dar forma y sentido a sus propuestas, así como aquello que van dejando las búsquedas (bocetos, maquetas, pruebas, notas, manuscritos), si bien llega a sumar elementos para su comprensión, en ocasiones los convierte en meros productos de consumo –muchas veces ya disociados de la reflexión creativa de la que formaron parte– que se mueven a través del mercado del arte.

Pero si, partiendo de los enfoques antes mencionados, la exploración en las artes ha estado siempre presente, ¿por qué, como lo menciona el filósofo y teórico de la música Henk Borgdorff, desde inicios del s. XXI se abre, tanto en el mundo académico como en el arte, una urgencia por pensar y debatir respecto a este tipo de investigaciones?[2] Quizá ello se debe a que, si bien muchos artistas indagan y experimentan para crear, la investigación artística se distingue porque no solo incluye el estudio de herramientas, materiales y soportes, o el registro de procesos, es decir, no se concentra meramente en utilizar los conocimientos para producir una pieza concreta, sino que articula una serie de prácticas creativas que en sí mismas analizan distintos aspectos de la cultura contemporánea. La investigación artística no solo comprende el informarse sobre un tema para ilustrarlo en una obra, sino que hace evidente y comunica aquello que se incorpora y se revela al indagar desde diversas disciplinas, acciones y saberes, con el fin de intercambiar, cuestionar, ampliar y poner en práctica ideas o vivencias en contextos distintos a aquellos en los que normalmente tienen lugar, para experimentar cómo a partir de múltiples situaciones se manifiesta algo que quizá permanecía oculto.

Desde esta última perspectiva, la investigación en las artes se convierte en tema de análisis porque su condición híbrida le permite traspasar límites artísticos y académicos que dan lugar a un debate sobre su sentido, naturaleza, alcances, retos y posibilidades. Debido a que no está ligada a ninguna disciplina en particular, pero al mismo tiempo puede utilizar el conocimiento, métodos y estrategias que producen y emplean cada una de ellas –apelando a ese ejercicio de libertad y experimentación que permite el arte–, genera emplazamientos, escenarios, mecanismos, objetos y expresiones que, a pesar de ser complejas de clasificar (razón por la cual llegan a levantar dudas e interrogantes sobre su validez y pertinencia),  arrojan luz sobre aspectos de nuestra existencia, cultura y sociedad para los que a veces no hay definiciones que alcancen.

Esa posición ambigua y liminal del desarrollo de prácticas artísticas como investigación, igualmente desata sospechas sobre su lugar y función tanto en el arte como en la academia; pero también, al ser un medio de reflexión y estudio tan amplio y lleno de posibilidades, faculta la construcción, movilidad de proyectos y su socialización en contextos muy distintos a los que, en ocasiones, el establecimiento de ciertos límites disciplinares y artísticos permiten acceder. Tal es el caso del proyecto Plantas Nómadas de Gilberto Esparza (Aguascalientes, México, 1975), cuya propuesta comprende una investigación que surge de “reflexionar sobre los impactos ambientales y sociales que genera la actividad humana.”[3] El encuentro entre mecánica, robótica, tecnología, biología, ecología y arte dio origen a “un organismo vivo, constituido por un sistema robótico, una especie vegetal orgánica (…) Organismo que para sobrevivir toma agua contaminada y la procesa (…) mejorando la calidad de ésta.”[4] Plantas nómadas logró obtener respuesta de las comunidades que habitan cerca de las áreas contaminadas de los ríos Lerma y Santiago; también ha circulado y abierto diálogos de reflexión en espacios e instancias ligadas a la tecnología, ecología, la ciencia y las artes.

La cuestión contemporánea sobre esta clase de investigación inicia cuando algunos creadores, especialmente ligados al arte conceptual de los sesenta, trasladan al ámbito artístico reflexiones, temas y postulados desarrollados al interior de otras disciplinas académicas, ya sea por la resignificación de sus discursos, por haberse formado originalmente en alguna de esas áreas o por posteriormente haberse insertado en algún programa universitario. El panorama de la indagación a través del arte empieza a delinearse cuando lo que producen los creadores ya no solo es objeto de estudio de otros investigadores, sino que los propios artistas se transforman en exploradores con propuestas que generan hallazgos y conocimientos al tiempo que ocurren. Estudiar las formas en que se encarnan y experimentan fenómenos específicos, en lugar de buscar leyes y teorías universales para explicarlos y comprenderlos, arroja respuestas no contempladas por los análisis científicos al dar cuenta de dinámicas y vivencias para las que aún no hay conceptos desarrollados por una disciplina específica.

En esta dimensión encontramos, en un primer momento, el trabajo de Marcel Duchamp (Francia, 1887-1968) quien, entre muchas otras cosas, al tomar objetos cotidianos y declararlos obras de arte, indaga y analiza cómo se construye la frontera entre lo que es y lo que no es arte, y cómo su sentido es consecuencia y reflejo de una serie de convenciones que se legitiman a través de discursos lingüísticos. Asimismo, la apuesta de Marcel Duchamp tendrá consecuencias en el arte de los años sesenta, donde encontramos artistas como Bruce Nauman (Estados Unidos, 1941), quien antes de formarse como creador estudió matemáticas, física y música; o a Hans Haacke (Alemania, 1936) que a través de sus prácticas investiga las relaciones entre arte, economía, política y condicionamientos sociales. Entre las múltiples acciones de Hans Haacke, en 1970 realiza MOMA Poll:

En el marco de la exposición colectiva Information Haacke preguntó a los visitantes del museo por sus convicciones políticas (…) Los visitantes recibían al entrar al museo papeletas de voto, que podían depositarse en dos urnas de acrílico provistas de contadores electrónicos. La siguiente pregunta sólo podía responderse con un sí o un no: ῾¿Podría ser para usted una razón para no votar en noviembre al gobernador Rockefeller el hecho de que no haya denunciado la política del presidente Nixon en Indochina?᾽ Dos meses antes de la inauguración de la exposición, el presidente Nixon había ordenado el bombardeo y la invasión a Camboya por parte de Estados Unidos, de modo que la acción de Haacke debía interpretarse en relación directa con la actualidad política. Hasta el término de la exposición el 68.7% de los visitantes respondió afirmativamente y el 31.3% lo hizo negativamente.[5]

Recapitulando, es posible decir que si bien los artistas siempre han recurrido a algún tipo de estudio para crear, en el mundo del arte gran parte de esas indagaciones se han orientado a un fin específico: la realización de una pieza. La investigación, en este sentido, se entiende y se ha utilizado más como recurso para la producción que como una forma de reflexión respecto a la intencionalidad, discursos, dinámicas y alcances que acompañan los medios y estrategias desde los que se está creando algo. La investigación artística hoy, a mi parecer, se expresa en prácticas que piensan y llevan a cabo procesos de creación como formas de diálogo, encuentro, desencuentro, inserción e intercambio con actores, disciplinas y contextos múltiples. Estos procesos llegan a abrir espacios para pensar cómo y desde dónde creamos/producimos conocimiento, cómo nos posicionamos crítica y creativamente con respecto a las situaciones, información, saberes e ideas que se difunden, circulan y legitiman en nuestra sociedad. Así, la investigación comprende actos artísticos que exploran cómo aproximarse y aproximarnos a la realidad desde un pensar-sentir-hacer menos disciplinario-fragmentado y mucho más transversal, que nos permite cruzar límites para articular, integrar y detonar diversas maneras de dar sentido a este mundo y reconocernos en él.

 

Investigación sobre, para y en las artes

Pese a que en la cotidianidad y en nuestras prácticas las fronteras disciplinares se difuminen cada día más, somos herederos de una educación moderna que dividió la producción del conocimiento en campos especializados del saber, por lo que aún nos resulta complejo percibir, hablar, representar y/o transmitir de forma integral esos procesos en los que sentir-hacer-pensar suceden y se nutren de manera simultánea. Tenemos todavía la necesidad y tendencia a separar teoría de práctica, a diferenciar el conocimiento científico del saber no científico –lo cual otorga incluso un mayor poder y hegemonía al primero–. Por tales motivos, también al pensar en la relación del arte con la investigación o en la presencia de este y la participación de los artistas en la academia o en programas educativos universitarios, aún existe una percepción fragmentada y tradicional respecto a la manera en la que se supone se expresa un estudio académico y una producción artística. Esto lejos de promover el intercambio interdisciplinario, mantiene e importa formas y métodos que se piensa corresponden a determinados ámbitos y disciplinas, lo cual ha suscitado dinámicas y exigencias como, por ejemplo, el hecho de que para que la tarea realizada por un creador sea considerada como una investigación en algunos casos es necesario que su proceso creativo se “traduzca” u ordene en términos del método científico; o que, en lugar de indagar desde su producción, su acercamiento a la teoría termine convirtiéndose en una mera ilustración de la misma.

Por lo anterior, muchas veces se cree que investigar para un artista se limita o refiere a la acción de buscar entre las teorías y discursos de otras áreas, los referentes, conceptos y elementos lingüísticos para describir, justificar o legitimar una producción frente a instancias académicas. Lo que, como señalé arriba, llega a propiciar una tendencia a la ilustración de teorías que no dialoga críticamente con ellas, que no las lleva o coloca –a través de actos creativos– hacia situaciones tanto particulares como excepcionales que dejen ver sus límites y alcances. Me refiero a que si bien leer y acercarse a estudios teóricos sobre la desigualdad y la explotación amplía nuestro espectro de análisis y enfoque respecto a las formas en que estas se expresan, estudiarlas desde la práctica artística no implica solo representarlas, sino pensar y construir una aproximación a ellas que revele aspectos que sobrepasan la teoría, que permita un acercamiento a cómo se vive la desigualdad y la explotación en contextos concretos. En esta línea se encuentra el trabajo de Santiago Sierra (Madrid, España, 1966), artista que en el año 2000 desarrolló un proyecto que consistió en pagar a cinco personas para que durante cinco días sostuvieran un muro inclinado a 60º del suelo y arrancado de una galería en la Ciudad de México. Con esta acción Sierra buscaba provocar una especie de rebelión y tocar algún límite social que llevara a los trabajadores implicados a considerar la tarea como absurda y desistir del trabajo de detener el muro, pese a que fueran a recibir un salario. La pieza reveló, dejando perplejo al propio artista, “la capacidad de entrega del ser humano en nombre del trabajo”[6] ya que todos aceptaron realizar la tarea hasta final según lo acordado. Con ello Santiago Sierra “al realzar las contradicciones inherentes a los sistemas económicos, políticos y sociales e introducir temas como el trabajo remunerado y el castigo, la exploración capitalista y las dinámicas del mundo del arte, cuestiona la relación de este con el mundo real.”[7]

La investigación sobre o en el mundo del arte puede expresarse de diferentes maneras. No obstante, entenderla exclusivamente como un proceso de búsqueda cuyo propósito es ser aplicado a la producción de piezas específicas, o como una selección de argumentos teóricos para acreditar la realización de obras en contextos universitarios, constituyen enfoques que aún tienden a separar la práctica de la reflexión y viceversa. Dicha desvinculación llega a estar asociada a una serie de creencias y prejuicios —tanto en el mundo de la academia como en el de la creación— que, en lugar de permitir exploraciones sobre cómo ambas pueden nutrirse, gestan distanciamientos entre ellas. Las distintas apreciaciones frente a esto van desde suponer que los artistas no cuentan con los elementos necesarios para realizar investigaciones profundas, serias y críticas, o que no tienen el derecho y permiso para hablar de ciertos temas en los que no se han formado como especialistas; o hasta, a la inversa, juzgar que aquellos que hacen investigación y dialogan con la teoría no son capaces también de crear, e incluso considerar “peligroso” que la producción artística esté ligada a una investigación, ya que existe el riesgo de que la obra se vuelva muy discursiva, fría y no garantice la calidad y manufactura de la misma. Esta última preocupación guarda relación con una concepción del arte particularmente ligada a determinados medios de producción centrados en el trabajo artesanal, las destrezas manuales o corporales y la contemplación estética.

La investigación en las artes cuestiona estas creencias y amplia las posibilidades de la creación y la investigación. Paradójicamente, dicho cuestionamiento no conlleva necesariamente el rechazo de los métodos con los que se investiga en otras disciplinas o los medios tradicionales de elaboración artística, sino que averigua cómo dar a esos métodos-medios nuevos usos y sentidos, cómo integrarlos a otros discursos, las posibilidades que ofrecen de detonar reacciones o situaciones al desmarcarlos de sus contextos originales y experimentar sin límites con ellos para trascenderlos.

Mi interés por saber más respecto a cómo se da la investigación en las artes me llevó a buscar textos que abordaran el tema, la exploración me condujo hasta un documento escrito por Henk Borgdorff que resultó clarificador para mí ya que señala puntualmente tres maneras en las que se da la indagación en las artes. En la clasificación que hace el autor menciona, en principio, un tipo de investigación que se relaciona especialmente con el espectro académico: investigación sobre las artes; otra que se centra en la producción artística: investigación para las artes. Sin embargo, el tercer modelo que propone,  investigación en las artes, resulta el más revelador porque se refiere a la clase de exploración sobre la que he estado hablando a lo largo de este texto. El análisis y planteamiento de Henk Borgdorff sobre la investigación en las artes apunta que esta –aunque es una forma compleja e híbrida de indagación que suscita debates– también representa un  punto de encuentro entre hacer, pensar y averiguar.

En el artículo “El debate sobre la investigación en las artes”, Henk Borgdorff emplea la siguiente tricotomía para distinguir entre las investigaciones que identifica. Extraigo aquí una pequeña parte de dicho documento en la que se sintetizan las características de cada una de ellas:

 

(a) Investigación sobre las artes es la investigación que tiene como objeto de estudio la práctica artística en su sentido más amplio. Se refiere a investigaciones que se proponen extraer conclusiones válidas sobre la práctica artística desde una distancia teórica. Idealmente hablando, dicha distancia teórica implica una separación fundamental entre el investigador y el objeto de investigación. Aunque esto es una idealización, la idea reguladora que aquí se aplica es que el objeto de investigación permanece intacto bajo la mirada escrutadora del investigador. La investigación de este tipo es común en las disciplinas académicas de humanidades que se han ido estableciendo, incluida la musicología, la historia del arte, los estudios teatrales, los estudios de los medios de información y los de literatura.

(b) Investigación para las artes puede describirse como la investigación aplicada, en sentido estricto. En este tipo, el arte no es tanto el objeto de investigación, sino su objetivo. La investigación aporta descubrimientos e instrumentos que tienen que encontrar su camino hasta prácticas concretas de una manera u otra. Ejemplos son las investigaciones materiales de aleaciones usadas en esculturas de metal fundido, la investigación en la aplicación de sistemas electrónicos conectados en la interacción entre danza e iluminación, o el estudio de las “técnicas ampliadas” de un violonchelo modificado electrónicamente. (…) A esto lo he llamado “perspectiva instrumental”.

(c) Investigación en las artes (…) yo he descrito con anterioridad este acercamiento como la “perspectiva de la acción” o  “perspectiva inmanente”. Se refiere a la investigación que no asume la separación de sujeto y objeto, y no contempla ninguna distancia entre el investigador y la práctica artística, ya que ésta es, en sí, un componente esencial tanto del proceso de investigación como de los resultados de la investigación. Este acercamiento está basado en la idea de que no existe ninguna separación fundamental entre teoría y práctica en las artes. (…) Conceptos y teorías, experiencias y convicciones están entrelazados con las prácticas artísticas y, en parte por esta razón, el arte es siempre reflexivo.[8]

 

El texto citado se centra principalmente en la reflexión sobre la investigación en las artes, a la que yo también me he referido como investigación artística o desde las artes, la cual al explorar, analizar y crear simultáneamente no se define a partir de medios o formas concretas para manifestarse, sino que, justo, la experimentación, configuración e indagación de otros medios y formas para estudiar algo es lo que la caracteriza. Por este motivo guarda una mayor relación con la noción de práctica artística, concepto que abarca e incluye expresiones diversas, interdisciplinarias e híbridas que pueden comprender desde el curar una exposición y decidir realizar una serie de acciones como laboratorios, encuentros o ejercicios para desarrollarla –donde cada una de estas situaciones es en sí una práctica artística– pero que también puede contener actos como los que suscita Lorena Wolffer (Ciudad de México, 1971) al orquestar comidas, Estados de excepción,[9] en las que invita a mujeres distintas a compartir una mesa en la vía pública, abriendo así espacios para hablar de cuestiones de género en otras latitudes. La idea de práctica artística permite sumar expresiones en lugar de delimitarlas ya que también da cabida a estudios que hacen posible la creación de máquinas como las que construye Ariel Guzik (Ciudad de México, 1960) facultadas para convertir en música las vibraciones emitidas por plantas y otros seres vivos; o programar un sitio web para indagar cómo se trasladan las acciones del mundo virtual al mundo real, tal es el caso del proyecto de arte electrónico Microutopías desarrollado por el equipo de Medialabmx[10] –integrado por ingenieros, investigadores, programadores y artistas– en el que “la pieza intenta construir una manifestación virtual, a partir del número de visitantes al sitio web del proyecto, cuya participación se traduzca físicamente en la acción de romper una cadena que es tensada en direcciones opuestas por dos motores.”[11]

Observamos que la investigación en las artes tiende a cruzar fronteras, transita entre esferas dispares del hacer, sentir y saber, y nos reta a salir de nuestras zonas de confort, por lo que hay que estar abiertos y dispuestos al diálogo y la crítica, a sobrepasar la angustia de la denominación artística, es decir, pasar de la preocupación por justificar que lo que se hace es arte, para así focalizarse en lo que ello logra producir, develar y provocar. La investigación artística también está asociada a un pensamiento inter y transdisciplinario, a la idea de creación como un acto de intercambio y colaboración que requiere de apertura para aprender de otros y compartir lo que sabemos.

 

Escenarios, retos y debates

Nos encontramos en un momento en el que el debate se sigue construyendo –si bien la investigación sobre las artes lleva un rato ocurriendo al interior de las universidades, mientras que la investigación para las artes se da más dentro del campo del arte– la investigación artística comienza especialmente a ser tema de análisis en la academia y las artes cuando, por una lado, los creadores se insertan en diferentes programas de posgrado y, por otro, con la creación de maestrías y doctorados en producción artística. En el primer caso, aunque ha aumentado el número de artistas que deciden paralelamente producir e implicarse en otros estudios y conjuntar ambas dimensiones, para gran cantidad de creadores todavía no resulta una prioridad lograr incidir en el mundo académico, situación que probablemente deriva de una formación artística, primordialmente a nivel licenciatura, que opera a partir de programas en los que aún están desarticuladas investigación, reflexión teórica y producción, una enseñanza más orientada a educar artistas que puedan encajar en el campo y mercado del arte y, en mucho menor medida, en la docencia, gestión e investigación.

Entretanto, en lo referente a las maestrías y doctorados que conjuntan creación e investigación –las cuales otorgan especial importancia al ejercicio de la primera– la presencia de estos programas en general es escasa en el mundo y en México; y en nuestro país, a excepción de la Maestría en Artes Visuales de la UNAM que data de 1968, el resto de los posgrados de este tipo son además de reciente creación. De hecho, a riesgo de omitir algún programa, al indagar sobre proyectos educativos de esta clase, centrados en la producción, a nivel nacional aparecen principalmente cuatro registros: la Maestría y Doctorado en Artes Visuales de la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM; la Maestría en Producción Artística (MaPA) de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), fundada en 2012; la Maestría en Producción y Enseñanza de las Artes Visuales de la Escuela Superior de Artes de Yucatán (ESAY); y la Maestría en Creación Artística del Centro Morelense de las Artes (CMA), cuya primera generación ingresó en 2016. El que sean pocas y de reciente creación aún dificulta analizar cuál será su futuro, presencia e influencia en el contexto universitario y académico. Pero considero que uno de sus principales retos radica no solo en ligar propositivamente la investigación con la creación, sino en abrir la discusión y estudio sobre esta relación desde la propia producción, a fin de llevar el debate hacia distintas disciplinas y dinámicas académicas. Uno más de sus desafíos, ligado al primero, es el de no importar acríticamente métodos de otras áreas, sino experimentar con el desarrollo de estrategias y herramientas para realizar investigación artística. Es también un reto para estos posgrados abrir canales de comunicación no solo hacia el circuito del arte, sino dirigidos a más actores e instancias: centros de investigación multidisciplinarios, programas de posgrado de distintas áreas, espacios de indagación independientes, organizaciones privadas, civiles o no gubernamentales. Pero, este último no es un desafío exclusivo para las maestrías y doctorados en producción de arte, sino, en general, se requiere de mayores espacios para el intercambio y desarrollo de proyectos transdisciplinarios, críticos y de colaboración.

Por otra parte, afortunadamente cada vez hay más actores que desde distintas áreas se encuentran proponiendo proyectos que buscan articular o se mueven en un espacio ambiguo, pero lleno de oportunidades, que se desarrolla entre la gestión, la investigación, la creación, la docencia, el arte, la ciencia, la academia, el sector privado y público, y la organización independiente, colectiva y comunitaria.

Considero que la investigación artística hoy implica –al incluir, pero al mismo tiempo yendo más allá de los gremios, instancias y espacios artísticos especializados– una serie de ejercicios creativos y abiertos que quizá buscan, entre otras cosas, reconciliar el saber, práctica y experiencia de un hombre moderno y sociedad fragmentados. Estos ejercicios pueden provocar, al menos por momentos y través de situaciones excepcionales (que podrían ser llamadas artísticas), el sentirnos más completos, libres y darnos permiso de explorar más allá de lo permitido, regulado y establecido. La investigación en las artes otorga la posibilidad, no solo a quienes la producen sino a quienes se aproximan a este tipo de procesos, de convertirse también en exploradores y generadores de sentido en y a través de la creación.

Y nuevamente, todo lo dicho aquí queda abierto al debate, ya que investigar implica ampliar y sumar perspectivas, cuestionar, aventurarse a conocer nuevos territorios, confrontarse, incluso poner en crisis nuestras creencias, replantearlas, recrearnos.

 

 

Referencias bibliográficas

 

CONACULTA-CENART, Interdisciplina, escuela y arte, Antología, Tomo 1, México, 2004.

Guzik, Ariel, Máquinas, CONACULTA, FONCA, México, 2013.

Marzona, Daniel (2005) “Hans Haacke” en  Arte conceptual, Taschen, España.

 

Fuentes electrónicas

 

Borgdorff, Henk, “El debate sobre la investigación en las artes”, Amsterdam School of the Arts, 2005, en: https://es.scribd.com/document/279835961/BORGDORFF-El-Debate-Sobre-La-Investigacion-en-Las-Artes

Medialabmx, “Microutopías”, en: http://medialabmx.org/microutopias/

Metrópolis-Santiago Sierra, en: https://lalulula.tv/documental-2/metropolis/metropolis-santiago-sierra

Plantas nómadas, en: http://www.plantasnomadas.com/

Wolffer, Lorena, en: http://www.lorenawolffer.net

 

[1]     Jiménez, Lucina (2004) “Presentación” en Interdisciplina, escuela y arte, CONACULTA-CENART, México, p.

[2]          Borgdorff, Henk, “El debate sobre la investigación en las artes”, Amsterdam School of the Arts, 2005, en: https://es.scribd.com/document/279835961/BORGDORFF-El-Debate-Sobre-La-Investigacion-en-Las-Artes

[3]     Véase: http://www.plantasnomadas.com/

[4]     Ibíd.

[5]     Marzona, Daniel (2005) “Hans Haacke” en  Arte conceptual, Taschen, España, p. 62.

[6]     Véase: https://lalulula.tv/documental-2/metropolis/metropolis-santiago-sierra

[7]     Ibíd.

[8]          Borgdorff, Henk, “El debate sobre la investigación en las artes”, Amsterdam School of the Arts, 2005, en: https://es.scribd.com/document/279835961/BORGDORFF-El-Debate-Sobre-La-Investigacion-en-Las-Artes

[9]     Véase: http://www.lorenawolffer.net/00home.html

[10]         Laboratorio Mexicano de Investigación Multimedia A.C,

[11]   Véase: http://medialabmx.org/microutopias/

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