Hagámoslo bien

Por - 02/06/2014

Hablando de manera general, nuestro país ha presentado un crecimiento constante en su población desde inicios del siglo XX. Con mayor tendencia proporcional de población urbana que rural, dicho crecimiento ha provocado la conformación de la mayoría de las ciudades de nuestro territorio. Desde siempre, un gran sector de la población ha sufrido las clemencias económicas que significan ganar en promedio 3 salarios mínimos diarios, hecho que los excluye de todos aquellos programas institucionales y de gobierno que otorgan viviendas, terminando en el desarrollo de irregulares procesos de poblamiento y autoproducción de su hábitat.

La vivienda que surge a partir de la autoconstrucción podría definirse entonces, como aquella edificada por el propio habitante, sin factores legales, políticos o económicos que lo respalden. Dicha construcción se va erigiendo progresivamente en función del recurso económico con el que se va contando y en consideración con la cantidad de integrantes de la familia. La autoconstrucción de vivienda tiende a caracterizarse por la irregularidad y la precariedad, además de edificarse mediante un proceso progresivo, lo cual implica que en algún momento las necesidades básicas no se podrán satisfacer adecuadamente.

Ahora bien, si es verdad que el factor económico es la piedra angular de la autoconstrucción, también es cierto que existen otros argumentos igualmente válidos que “aportan” a la complejización de dicha problemática. Quizás uno de los más relevantes sea el deseo de habitar lo más cerca posible a los centros de las principales ciudades del país, probablemente en búsqueda de mejores oportunidades profesionales o simplemente motivados por una fe que va más allá de religiones y creencias. Sobre esto mismo, alguna vez Héctor Galván me aseguraba que si se lograra reubicar la Basílica de Guadalupe y trasladarla fuera de los límites del D.F., la densidad de población bajaría considerablemente, ya que aquellos fervientes feligreses, siempre buscarían cobijo espiritual en la casa del dios en quien ellos creyeran, sin importar donde se encontrara cimentada.

Es evidente que, más allá de diversos factores y razones, se trata de un tema sumamente incómodo, espinoso y poco grato para todos aquellos que encabezan las instituciones encargadas de intentar desenmarañar este asunto que no deja de evolucionar a pasos agigantados. No dudo que sea más fácil darle la vuelta al tema que atreverse a abrir cloacas que han permanecido cerradas en beneficio de muchos y por largo tiempo, pero es que realmente muy pocas personas podrían permanecer ajenas al tema después de conocer las frías y demoledoras cifras.

Según un estudio realizado por parte del Comité de Producción Social de la CONAVI, el 63% de la vivienda en México ha sido levantada por las manos de los propios integrantes de las diversas familias que lo necesitan, y tardan 10 años en promedio en verla culminada. Pero no solo eso, aseguran que nuestro país requerirá de 13 millones de casas para los próximos 20 años.

Lo peor es que existen diferentes aristas de análisis del tema que complementan la catástrofe. Gene Towle, directivo de Softec Consultoría de Proyectos Inmobiliarios explica que el modelo de desarrollo urbano que presentó el Gobierno Federal no funciona para los municipios, y que antes de tomar cualquier tipo de decisión, se debió realizar un plan de perfeccionamiento de infraestructura urbana: “la densidad en los municipios es de 65 viviendas por hectárea, la densidad en la colonia del Valle es de 700, igual que en Londres, París y Nueva York, que oscila entre 400 a 1,000 viviendas por hectárea. Éste modelo podrá funcionar bien en las grandes ciudades, pero no así en los municipios. Entonces quiero ver que lleguen con el alcalde de un pueblo y le digan que van a construir departamentos y departamentos, a ver si no se pone en blanco y les refuta que con el sistema de drenaje de la época de Porfirio Díaz que se tiene, cómo intentan concretar dicha idea”.

De todas maneras, la autoconstrucción sigue siendo el factor más importante en el desarrollo de la vivienda y de las ciudades. Por tal motivo, es necesario comprenderla y atenderla para intentar transformar toda esa numerología envuelta de pesimismo, en un nicho de oportunidades donde los arquitectos intervengan con soluciones mejor logradas y planeadas que lo que la autoconstrucción puede ofrecer, exprimiendo el conocimiento que las escuelas de Arquitectura cacarean cada que tienen oportunidad.

Ojalá en un futuro no muy lejano, los colegas tengan en su repertorio profesional más desarrollos de propuestas de vivienda de interés social, que premios, fotografías y followers en redes sociales.

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