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Expandir los límites de la profesión

Por - 20/03/2013

Hace no mucho tiempo una conversación informal con un compositor musical me ayudó a entender con mayor claridad algunas de las debilidades que considero afectan a la arquitectura. En aquella ocasión mi amigo compositor se quejaba amargamente del estado de su profesión, de la pérdida de su relevancia y del riesgo de su desaparición; pero sobretodo de las pocas salidas profesionales que en la actualidad incluso él apenas tenía.  Acorralado en la academia, sin una verdadera vocación por ella, enseñaba una profesión que no podía ejercer y buscaba algunas oportunidades en “gente que pudiera entender lo que él realmente hacia“.  Al ver la dificultad con la  que intentaba explicar la importancia de lo que él llamaba “música culta“, era fácil intuir que parte del problema estaba en la propia disciplina. Al escucharlo era imposible no encontrar paralelismos con la arquitectura y con cómo ésta se ha encerrado cada vez más en su ámbito disciplinar hasta convertirse en casi inaccesible.

Los arquitectos en muchas ocasiones nos quejamos de nuestro aislamiento, pero un ejercicio de autocrítica nos permitirá entender que en gran medida hemos sido nosotros los que nos hemos alejado de los temas más trascendentes. En parte debido a que la arquitectura ha estado más obsesionada consigo misma que con lo que podía hacer por el resto de la sociedad, pero también debido a que en décadas recientes una cierta miopía ha invadido las ofertas formativas y académicas, reduciendo drásticamente no solo las posibilidades de  nuestro quehacer sino también nuestros campos de acción e influencia.

Si analizamos el estado actual de la profesión podremos entender que en el fondo lo que se está demandando es otro tipo de arquitecto, y por lo tanto parece pertinente preguntarse: ¿por qué las escuelas de arquitectura no han sabido responder?, ¿por qué no han flexibilizado su sistema de enseñanza?, ¿por qué seguir produciendo sólo un tipo de arquitecto si no hay suficiente trabajo para éste?

Los arquitectos somos más útiles cuando ocupamos un rango más amplio de nuestro espectro de influencia profesional. Ser  arquitecto proyectista, es decir, de los que diseñan edificios,  es sólo una forma de las múltiples que existen para ejercer la profesión: se necesitan más arquitectos-urbanistas, más arquitectos-políticos, más arquitectos-servidores públicos, más  arquitectos-editores, curadores, académicos, críticos, teóricos, gestores urbanos, etc., etc.

Lo que sorprende más es que el panorama académico actual en realidad esté lleno de planes de estudios miopes que privilegian sólo un tipo de profesionista. Las escuelas de arquitectura -en muchos casos guiadas por una estrategia comercial y de modelo de negocio- están cada día más obsesionadas con la figura del arquitecto proyectista. Es justamente en estas escuelas donde desde los primeros años de formación tanto profesores como alumnos comienzan a acuñar  la nefasta clasificación  de que tal o cual estudiante  puede ser “un buen arquitecto“. Esta clasificación, que luego acompaña a la profesión en su desarrollo, sólo se refiere a aquel estudiante con una cierta habilidad compositiva y  sus implicaciones y consecuencias son más profundas de las aparentes y reflejan unas aspiraciones profesionales simplistas y peligrosas. ¿Tan poco somos?, ¿tan limitadas son nuestras exceptivas sobre lo que podemos hacer y aportar?

Afortunadamente hay muchos arquitectos que han modificado su hoja de ruta generando grandes aportaciones y ampliado nuestro rango de influencia.  Estas otras formas de hacer arquitectura se han probado tan transcendentes  que valdría le pena preguntarse ¿porqué no fomentarlas desde los primeros ciclos de formación?. No pretendo menospreciar todos los aspectos de la enseñanza de la arquitectura; esta formación aún es capaz de dotar al estudiante y futuro arquitecto de una estructura mental y un conjunto de conocimientos muy particulares, que ninguna otra profesión ofrece.  El arquitecto es un tipo de guerrillero que es capaz de pelear en muchas batallas en las que siempre aporta algo que nadie más puede aportar. Por lo tanto quizá lo que valdría la pena reflexionar es ¿qué pasaría si se fomentara una formación más abierta en las escuelas?; ¿cuántas nuevas oportunidades generaría?

Arquitectos-urbanistas y Arquitectos-políticos ayudaron a transformar ciudades como Medellín, Bogotá o Barcelona por mencionar solo algunas. Un arquitecto de formación y elegido posteriormente alcalde en Brasil fue el principal impulsor de la “Rede Integrada de Transporte” de Curitiba, que a la postre se implementaría como el Transmilenio en Bogotá o el Metrobus en la ciudad de México; un político que pensando como arquitecto creó este novedoso sistema que se ha convertido en una de las grandes alternativas para la actualización del  transporte público de muchas metrópolis.

Han habido muchos otros arquitectos que han provocado grandes cambios disciplinares a través del estudio de la historia y la investigación teórica de la arquitectura. Sus textos han sido tan influyentes como los edificios más transcendentes de nuestra historia reciente. Sin su trabajo no hubiésemos sido capaces de ver y entender muchas  de las cosas que ahora facilitan nuestro quehacer y por las cuales lo hemos podido llevarlo hacia fronteras.

La academia por otro lado siempre ha formado parte integral del ámbito disciplinar. Son  muchos los arquitectos que compaginan su practicar profesional con la labor docente. Éste binomio ha sido una constante a lo largo de la historia, desde las escuelas clásicas hasta la Bauhaus y las universidades actuales, en donde cientos de jóvenes y consolidados  profesionales retroalimentan su práctica profesional a través de una activa labor docente. Son muchos otros los arquitectos que han optado por ser profesores o investigadores de tiempo completo. Esta es otra forma de ejercer la arquitectura tan válida como las demás; para ser buen profesor de arquitectura no siempre hay que tener una práctica profesional activa o ser buen arquitecto-proyectista. Esta creencia en realidad no sólo es falsa sino que distorsiona los aspectos más íntimos de la formación académica. De mi experiencia como estudiante puedo constatar que varios de mis mejores maestros eran profesores de tiempo completo que se dedicaban en exclusiva a la investigación y la enseñanza. Su pasión, su experiencia  pedagógica  y los métodos que utilizaban eran mucho más efectivos que los de varios arquitectos de renombre que también me dieron clases y que en algunos casos apenas tenían tiempo para atender a sus alumnos.

Hay muchos otros ámbitos en los que la profesión tiene influencia pero en los que también podría fortalecer su presencia; desde la restauración y la protección del patrimonio hasta la investigación antropológica  y urbana.  Son tambien diversos los ejemplos de arquitectos involucrados en el mundo editorial, en la curaduría o la difusión de la cultura arquitectónica. Desde grandes editores y gestores culturales, hasta arquitectos recién graduados que han creado algunos de los blogs más influyentes de la red. Todos sabemos que el conocimiento sólo es tal si puede transmitirse y por lo tanto el trabajo de muchos arquitectos dentro del mundo editorial y de difusión cultural no sólo es indispensable sino que debe hacernos reflexionar sobre el hecho de que si no sabemos explicar nuestro trabajo al resto de la sociedad, no debemos extrañarnos de que ésta no nos comprenda.

Parece pertinente preguntarse otra vez ¿para qué sirve la arquitectura hoy? Y, ¿a qué llamamos “arquitecto” en la actualidad? A menos que las escuelas de arquitectura quieran seguir formando futuros desempleados, tendrían no sólo que prever estas nuevas formulas sino que fomentarlas.  A fin de cuentas, la figura del arquitecto es atractiva cuando incluye un rango amplio de su ámbito de influencia, ya sea como proyectista o como político, como planeador urbano o paisajista, crítico o gestor cultural. Todos somos igual de imprescindibles y es en conjunto que le damos sentido a lo que hacemos. A fin de cuentas es importante que empecemos a comprender  que si queremos tener una arquitectura de calidad, necesitamos un sistema que la genere. No tendremos una disciplina fuerte sino creamos en un marco sólido en el cual ésta pueda sustentarse.

Más información: www.ca-so.com

 

 

 

 

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