Elogio de la ruina

Por - 26/03/2015

 

Eve: So, this is your wilderness. Detroit.

Adam: Everybody left.

Only Lovers Left Alive”,

Escrita y dirigida por Jim Jarmusch

 

Los vampiros exquisitos, como los de Jim Jarmusch, ya no habitan la ranciedad de un castillo inaccesible, aislados en una cima de los Cárpatos. El paisaje que Adam escoge es un barrio despoblado y desvencijado de Detroit, de donde sale por la noche para pasear a Eve, su esposa, por fábricas abandonadas y teatros fastuosos convertidos en estacionamientos. La vida aséptica suburbana es para vampiros adolescentes, descoloridos y ñoños, que todavía necesitan inscribirse a la preparatoria para ligar. No para un coleccionista de delicadas y antiguas guitarras eléctricas con las que crea un potente ruido “para funerales”. Mientras sigue admirando a Nikola Tesla y piensa en el suicidio.

En ocasiones, el que decide habitar el abandono y la desnudez de una ciudad o de un edificio practica una elevada refinación. Esto lo entienden los vampiros elegantes. Y algunos arquitectos. La obra de Lacaton y Vassal y la del despacho O-office, cada una a su manera, ejemplifican esta postura. La pareja francesa se dio a conocer con la remodelación del Palais de Tokyo, un proyecto sustractivo que es ya icónico. El más reciente producto de esta investigación es el Centro FRAC situado en el puerto de Dunkerque, al norte de Francia, donde Lacaton y Vassal han construido un gemelo fantasmal y translúcido para acompañar una vieja nave de concreto. “La sala AP2”, como se conoce a esta bodega náutica, “es un objeto singular y simbólico. Su volumen interno es inmenso, brillante, impresionante. Su potencial para usos es excepcional”. De esta manera describen lo que para sensibilidades menos agudas pudiera haber parecido sólo un contenedor anodino y grandote.

La oficina china O-office diseña desde lo alto de los silos de una antigua fábrica de cerveza, en la ciudad de Guangzhou. Instalar ahí la oficina estuvo precedido no de un proceso de “remodelación”, entendido como embellecimiento por maquillaje o adición, sino del retiro de lo recubrimientos de los muros y elementos constructivos de un edificio cuya espacialidad es de por sí contundente. El trabajo de Jianxiang HeYing Jiang y sus colaboradores se distingue por estas intervenciones en estructuras de concreto en desuso –“reliquias posmodernas”- para dotarlas de usos nuevos como oficinas, galerías, hostales. En la mayoría de estos proyectos, la ruina es reprogramada por un inserción precisa de volúmenes nuevos y abstractos. La habitación de una ruina, de la manera que proponen estos arquitectos, puede ser una respuesta al empobrecimiento que la servidumbre supone, si creemos a Louis Kahn:

“I note that when a building is being made, free of servitude, its spirit to be is high -no blade or glass can grow in its wake. When the building stands complete and in use, it seems to want to tell you about the adventure of its making. But all the parts locked in servitude makes this a story of little interest. When its use is spent and it becomes a ruin, the wonder of its beginning appears again. It feels good to have itself entwined in foliage, once more high in spirit and free of servitude.” Architecture: silencie and Light (1969)

Una de las consecuencias de la desaparición del trabajo de tesis en la mayoría de las escuelas de arquitectura es la pérdida del registro del pensamiento colectivo de una comunidad de alumnos en un momento dado. Pasar por los estantes de tesis publicadas es sobrevolar un muestrario de convicciones, obsesiones y preocupaciones de personas a quienes se les ofrece una primera oportunidad para ampliar o poner en crisis lo que han aprendido. Los estantes de tesis muestran que las escuelas de arquitectura fueron todas en un momento posmodernas, deconstructivistas, regionalistas críticas. Hasta que llegaron las competencias: tanto aquellas con las que se quiere certificar alumnos, como las más reales, las competencias por el mercado entre las instituciones de educación superior. Deben ser estas escuelas las responsables en gran medida del alejamiento que Francisco Gracia señala en “Superposiciones modernas”, ensayo que abre la edición “Palimpsestos” de la revista Arquitectura Viva:

“Por último cabe apuntar que, participando de una etiología común a otras producciones, también la arquitectura se ha desculturizado, alejándose de la historia: la base de la teoría crítica y la sabiduría ilustrada. Todo bajo el empuje de otros valores culturales de sustitución, aupados por los medios de comunicación y por la mercadotecnia. Así, en nuestra cultura mediática de fácil consumo encuentran acomodo las imágenes ligeras o extravagantes, aun cuando sean presentadas bajo la pretensión de productos sesudos o sofisticados.”

Recuerdo aquel ejercicio donde el Mercado de la Paz en Tlalpan era borrado “para fines didácticos”. Con la oposición incluso de algunos de los estudiantes, en aquel taller de arquitectura se pedía diseñar, ¿por qué no?, un mercado. Es cierto que la realidad económica casi siempre nos rebasa, pero otra cosa es entrenar arquitectos sociópatas y dispuestos a jalar del gatillo primero.

Colaboro con un programa de arquitectura de interiores en el que aún hacemos tesis. O al menos un proyecto final de carrera, para ser más rigurosos con los términos. Los trabajos tienen como requisito una toma de postura explícita antes de ponerse a proyectar. Después de algunas generaciones se tiene una radiografía interesante. Al margen de las tendencias más previsibles, aparecen invariablemente investigaciones que se cuestionan el predominio de lo prístino, de lo brillante, nuevo, caro y perfecto como únicos recursos de diseño en una atmósfera interior. Al principio fueron marginales, aunque ahora empiezan a formar una tendencia esas reflexiones sobre la imperfección, la huella del tiempo, la pátina y lo inconcluso. Y sobre la atmósfera que otros sentidos captan cuando se desafía la dictadura de la retina y el render.

Si algo revela esta tendencia es una reacción contra lo aprendido en los talleres escolares. O quizá es apenas un síntoma de una reacción más profunda y generalizada contra las imágenes nítidas del progreso. El hartazgo que genera otra forma de refinamiento y de conciencia ecológica.

Mientras tanto las escuelas y el mainstream de la profesión viven fascinados por certificaciones LEED que parecieran promovidas más por los distribuidores de sistemas de aire acondicionado –Axel Arañó dixit- que por genuinas preocupaciones de sustentabilidad. Las universidades podrían enriquecer la perspectiva de los futuros arquitectos: diseñar no siempre es construir, derribar no es sinónimo de limpiar.

“Pero este lugar se levantará de nuevo”, sentencia Eve durante su paseo por Detroit. “Hay agua aquí. Y cuando las ciudades del sur se encuentren ardiendo, este lugar florecerá”. Hace falta la mirada de un artista como la de Jarmusch para dejarnos ver la belleza y la esperanza en la ruina, en las superficies descarapeladas. Como hacen falta arquitectos con menos ansias de pulcritud, de innovación neurótica y de negocios a toda costa. Mientras tanto, muy al sur de Detroit, en esta ciudad que esperamos no arda pronto, barrios como la Santa María la Ribera y la Doctores aguardan no la intervención, sino la amputación de sus ruinas a manos de otros arquitectos menos taciturnos y afectos a la pátina. La colonia Roma ya se va saturando de zombies.

 

 

Fotografía: Galería de Arte de Piedra (Stone Art Gallery) antes de la renovación de O- Office Architects.

 

 

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