El Mazinger-zeta Neo-Azteca, los arquis y la obra pública

Por - 16/12/2014

No hay nada que deteste más que el momento en que una reunión de arquitectos se convierte en un nido de serpientes criticando el trabajo de otros colegas. Me deprime, me hace pensar en lo vil que puede llegar a ser el ser humano y en la debilidad de una profesión que justifica sus propias limitaciones a través de construir el fracaso de los demás.
Ahora hay muchos arquitectos indignados (parece que con razón, a juzgar por las imágenes) por la escultura del mazinger-zeta neo-azteca que se acaba de aventar Sebastián en Chimalhuacan. Los arquis tienen todo el derecho a enojarse y parece que el escultor les dio motivos, pero la pregunta es cómo podemos encausar toda esa ira para que no se quede en un vil berrinche cibernético, como una reunión más de arquitectos criticando proyectos públicos por los resultados y no los procedimientos a través de los cuales se gestaron.
La afrenta de gastar dinero público, en un país plagado de pobreza, en construir tan desproporcionado mamotreto, no afecta exclusivamente a los arquitectos sino que hay muchos otros sectores de la sociedad que se sienten indignados por el episodio; pero sí hay una parte de toda esta historia que atañe directamente a la profesión y a su posicionamiento frente a una problemática: la asignación de encargos públicos.
Una parte del problema, a mi juicio, es que el enfado parece ser crónico y temporal. Tenemos amnesia. Nos dan una cachetada, nos enfadamos y a los 5 minutos se nos olvida; hasta que nos vuelven a dar otra. Como gremio, como ciudadanos, no estamos siendo capaces de organizarnos para aportar soluciones efectivas que nos permitan transparentar y mejorar las prácticas por las cuales se realizan las asignaciones de encargos públicos, y acabar así con la nefasta práctica de las oscuras asignaciones directas, que son en el fondo el padre y la madre de tan lindo muñeco que nos acaba de regalar el popular escultor.
El sistema actual a través del cual se asignan encargos públicos es una trampa mortal y hace, entre otras cosas, que si un arquitecto no se quiere inmolar y cancelar definitivamente la posibilidad de hacer proyectos públicos, tenga que jugar el juego con las reglas existentes, pero esto no significa que no se haga nada por cambiarlas. Si participamos del sistema y no hacemos nada por cambiar al menos sus puntos más débiles y oscuros, no nos quejemos de que estas cosas pasen.
Si gritamos cuando Sebastián hace de las suyas, no nos quedemos callados cuando otro arquitecto se aprovecha de formulas similares para realizar un proyecto aunque éste nos parezca adecuado. Nos quejamos pero perpetramos el sistema; ¿una asignación de este tipo es apropiada si el proyecto nos gusta, pero está mal si no es de nuestro agrado?, ¿es un acierto y una manera efectiva de hacer las cosas si el beneficiario es un arquitecto de prestigio, y un mal si lo es un escultor al que le achacamos mal gusto?
Exijamos en las buenas y en las malas; cuando el resultado nos gusta y cuando no.  El problema de no hacerlo, es que debilita nuestra posición. Si sólo nos quejamos cuando algo no nos gusta, no esperemos que nos tomen en serio.

 

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