El desinterés social: una bienal de arquitectura (segunda parte)

Por - 03/08/2015

“A twenty-first-century biennial will utilize calculated uncertainty and conscious incompleteness to produce a catalyst for invigorating change whilst always producing the harvest of the quiet eye.” -Cedric Price

 

Hace unos días publiqué el inicio de esta reflexión (http://www.podiomx.com/2015/07/la-visual-de-el-desinteres-social-un.html) donde señalé la vergüenza que puede representar el hecho de que en la Segunda Bienal de Arquitectura de la Ciudad de México no se haya presentado ningún proyecto en la categoría de Vivienda de Interés Social. Lo afirmé entendiendo que este suceso es un hecho sintomático de la actividad del gremio, imposibilitado a actuar en un país donde impera la desigualdad social; referí la investigación de Gerardo Esquivel quien señala que en México hay 53.3 millones de personas viviendo en la pobreza y según la Standardized World Income Inequality Database nos encontramos dentro del 25% de los países con mayores niveles de desigualdad en el mundo.

Así inició un debate donde algunos arquitectos señalaban que la Bienal era un acto protocolario al que sólo se acudía para recibir premios y reconocimiento de sus pares, lo resumían a una actividad panfletaria, sin mayor trascendencia. Otros, pensaban que enmarcar la actividad profesional a ese evento era construir un panorama incorrecto, limitado, porque a decir de ellos: “las buenas obras no acuden a esos eventos para hacer ruido; la buena arquitectura se hace en silencio”.

¿Qué de cierto hay en estas percepciones? Mucho si se piensa que el único fin para acudir a una bienal –por importante o intrascendente que sea- es recibir una medalla y vanagloriarse de ello. Algo comparable al acto de correr la Maratón no para ganar sino para presumir que se ha obtenido una medalla de participación, intrascendente y superficial en la mayoría de los casos. Figurar, sólo eso.

Entonces, la primera cosa debe quedar clara: no hay detrás del texto que escribí la intención de reducir la importancia del evento o de quitar mérito alguno a los ganadores. Mi aplauso –como el de muchos- está con ellos. Mi intensión, por el contrario, fue la de potenciar que este evento marque en sus ediciones por venir un rumbo distinto, y adquiera (en conjunto con sus organizadores, jurados y participantes) relevancia no por los resultados de los autores sino por la resonancia que generen las obras ahí seleccionadas al permear eficazmente a la academia, al gremio, a la ciudadanía y a la ciudad en general, saliendo del claustro colegiado para someterse al análisis de la vida pública.

Sin embargo, es un hecho que los arquitectos siguen pensando que las bienales son una fiesta particular a la que se asiste vestido de negro y en la que el ego alcanza una buena dosis de ansiolítico. Yo pienso que puede ser algo mucho más profundo.

Así, aunque no es culpa de los arquitectos que la producción de la vivienda de interés social “no esté en sus manos”; tampoco es culpa de la sociedad vivir en un país donde 12 millones de habitantes sobreviven con 15 pesos diarios. Como todos sabemos la verdadera vivienda de interés social no la hace el gremio, la hace la autoconstrucción y los negocios inmobiliarios auspiciados por políticas públicas que poco entienden de marginalidad y planeación urbana. Por ello, vale la pena preguntar, expresar y construir una voz para dejar de ser simples espectadores o acaso debemos asumir la realidad como una sentencia irreversible. Entender este conflicto es entender que el problema es mucho más que pura arquitectura y por ello vale la pena posicionar a este evento como algo más que un certamen de belleza construida.

 

En su texto BIENNIAL MANIFESTO, Hans Ulrich Obrist indica que la bienal es un disparador para un campo de energía dinámica que se irradia en toda una ciudad. “Esto funciona especialmente bien cuando todos los espacios de exposición y de las instituciones en una ciudad participan en un esfuerzo conjunto para formar una masa crítica. (…) Un gran potencial para una bienal es que muy a menudo se convierta en una chispa o catalizador en la escena local”.

Daniel Birnbaum comparó el eventual agotamiento del formato de la bienal con la muerte de la novela si estos eventos no se mantienen vigentes como detonadores de innovación y experimentación. Ulrich Obrist afirmó que las bienales deben inventar nuevas reglas del juego, nuevas prácticas y nuevas formas de hacer las cosas. Y Alexander Dorner en su libro The Way beyond ‘Art’ indica que las bienales en el siglo XXI deberían de estar en un estado de transformación permanente; oscilar entre el objeto y el proceso; ser capaces de adquirir múltiples identidades; convertirse en un pionero activo y valiente; promover una relativa (no absoluta) verdad; basarse en un concepto dinámico de la historia del arte; construir puentes entre artistas y una variedad de disciplinas científicas: “No podemos entender las fuerzas que son eficaces en la producción visual de hoy si no examinamos otros campos de la vida .” Sin embargo el mundo endogámico en el que habitan los arquitectos no podría imaginar que una bienal adquiera otra función que aquella de colgarse medallitas de latón. Por ello es oportuno preguntar: ¿De qué hablan las obras que se han premiado?, ¿cómo se construye una reflexión en torno a ellas?, ¿qué puntos vale la pena destacar como campos de acción e impacto para la vida pública?, ¿qué más hay detrás de la estética que se ha aplaudido?  La realidad es deprimente. Coincide José Luis Cortés en su calidad de presidente del Colegio de Arquitectos de la Ciudad de México, quien es categórico al indicar que este panorama que presentó la Bienal en cuestión es un foco rojo que debe analizarse. “Los organismos oficiales están congelados y es evidente la falta de sensibilidad respecto a ese tema y a otros como el de la arquitectura en las instituciones de salud o de educación. Esto debería ser un llamado de atención para dejar de hacer por hacer y preocuparse en serio por la calidad arquitectónica de lo que se construye”.

Con una invitación al diálogo en el Colegio de Arquitectos se abre una puerta institucional para dar certeza a un debate que poco a poco deberá salir a la calle hasta hacerse de la ciudad. Las exigencias de nuestro tiempo y nuestras realidades ya cambiaron, los arquitectos aún no lo hacemos.

 

Fotografías: Marcos Betanzos

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