Edward Hopper, a 50 años de su muerte

Por - 16/01/2017

“Goethe escribió: <<el propósito y la finalidad de toda actividad literaria consiste en reproducir el mundo que me rodea como si fuera el reflejo de mi mundo interior. Todo está revestido, relacionado, moldeado y construido de una forma original y personal. >> Para mí, esta definición es aplicable a la pintura.”

Edward Hopper

El año es 1967, en una residencia de Manhattan el pintor Edward Hopper fallece a los 84 años. Se sabe tan poco del suceso como se ha sabido poco de su vida personal. Más allá de lo estrictamente relacionado con su obra artística, es recordado como un hombre silencioso y reservado que gustaba de ir al cine y al teatro cuando el arte lo abrumaba, como un entrevistado de pocas palabras que solía admitir que su obra no tenía tema alguno mas que una impresión íntima de la naturaleza.

 

Desnudo femenino en taller, Edward Hopper, 1900

Nacido en Nyack, una pequeña ciudad cerca del Río Hudson en 1882, Hopper comenzaría a dibujar a la temprana edad de cinco años, durante su infancia y juventud desarrollaría su talento boceteando aquel pequeño lugar y los barcos que pasaban por el río durante el día. Entre 1907 y 1910 viajaría a Europa para conocer las novedades del arte mundial, sin embargo a su parecer las vanguardias no eran tan impresionantes como los cuadros de William Turner y Caspar David Friedrich, dos pintores que marcarían su estilo como autor desde el momento en que conoció su obra.

En América estudió arte en Nueva York, donde fue alumno de Robert Henrí y Kennet Hayes, quienes en aquel entonces eran importantes pintores, pioneros del arte norteamericano. Se sabe que fue un hombre ordenado y disciplinado, que viajó durante algunos años con su esposa Josephine Hopper a quien conocería en 1924 quien sería su modelo desde ese año y hasta el final de sus días; este es uno de los puntos más sutiles de su pintura, ir notando como la modelo en sus cuadros envejece junto con él; la mujer en las pinturas es una idea pero también se vuelve humana por el paso del tiempo.

 

Jo sketching at the beach, Edward Hopper, 1934

Hopper hace uso principalmente (aunque no exclusivamente) de dos temas. El primero es el paisaje que generalmente viene acompañado de una figura arquitectónica cuya función o significado dentro de su obra es la de reflejo de un estado de desencanto de la sociedad norteamericana posterior a la guerra y la gran depresión, puesto que estos paisajes son aquello que la modernización va a desaparecer dentro de poco, esos caminos que ya no van a existir, la bombas de gasolina antiguas que dejarán de dar servicio para dar paso a estaciones modernas, entre otras. El pintor está retratando lo poco que queda y que se va yendo. Por otra parte, en el caso de los edificios, son paisajes de soledad, rodeados de naturaleza donde el elemento que siempre destaca es precisamente esta sensación de alienación; pequeñas casas ante enormes espacios abiertos o viceversa.

 

Gas, Edward Hopper, 1940

El segundo elemento y quizá por el que Hopper es reconocido son sus personajes solitarios en habitaciones (generalmente mujeres) y aunque el pintor dijo en más de una ocasión que sus cuadros no hablaban sobre algún tema en específico, se ha dicho que estas series hablan sobre el aislamiento del sujeto en las sociedades modernas aunque quizá versan más sobre la intimidad, sobre lo que pasa cuando las ventanas se abren y los sujetos se libran de las miradas. Hay en estos cuadros un brillante juego de miradas que está más allá del tema de la soledad y es que el autor nos orilla a ser voyeurs, a mirar por la ventana a estos sujetos en su más descarnada intimidad y nosotros miramos inocentemente, caemos en el engaño tan fácilmente que nos damos el lujo de pensar un sinfín de temas antes de percatarnos que miramos cinematográficamente por la ventana corredor, o el vestíbulo de un extraño a quien le hemos robado un instante.

 

Mañana en la ciudad, Edward Hopper

Los personajes y paisajes de Hopper poseen ángulos cinematográficos que se conjuntan con una paleta, geometría y textura únicas, aunque es su profundidad psicológica lo que ha admirado a los espectadores de sus cuadros. Esto se debe a que narra situaciones cotidianas desde un punto de vista íntimo; la desnudez como signo de fragilidad, la cama u alcoba como sitio de intimidad, la ventana como ese lugar donde vaciamos no solo la mirada sino todo el aparato sensorial. En resumen, con pocos elementos se permite hablar de una multiplicidad de temas que parecen converger en un momento íntimo del sujeto que observa.

Algo peculiar de dichos personajes es que ninguno suele demostrar emociones o gestos (de hecho en pocas ocasiones muestran el rostro) pero en muchas ocasiones quienes los observan concluyen que se trata de sujetos tristes o melancólicos, aún tratándose de sujetos cuya expresión facial es un misterio para quien mira el cuadro.

 

Interior (Model Reading), Edward Hopper, 1925

El legado de Hopper en la cultura es enorme, directores como Ridley Scott, Wim Wenders o David Lynch han admitido que su paleta cromática ha influido en al menos alguna de sus películas, escritores como Paul Auster o Joyce Carol Oates han tomado alguna de sus pinturas como inspiración para algún fragmento literario y sin lugar a duda existe una tendencia fotográfica que de alguna manera homenajea las atmosferas creadas por el pintor neoyorkino; sin dejar de mencionar que como objeto de consumo las subastas lo tienen como uno de sus preferidos por las altas sumas a las que suelen llegar tanto sus bocetos como pinturas.

El año es 2017, a 50 años de la muerte de Edward Hopper sus pinturas son tan conocidas como las de cualquier gran maestro, museos en San Antonio, París, Madrid y Nueva York acumulan sus piezas, aquellas íntimas impresiones de la naturaleza lograron conmover al mundo.

 

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