Despacio público

Por - 01/10/2014

No tengo mucho que decir sobre el campo: el campo no existe, es una ilusión.

-Georges Perec, Especies de Espacios

 

Parafraseando a Perec, no tengo mucho que decir sobre el espacio público de la Ciudad de México: el espacio público no existe. Tal como el espacio decorativo que rodea el segundo hogar de los parisinos, según la metódica observación del autor francés. Si la agudeza de Perec hace desaparecer el espacio entre las ciudades, nuestra incapacidad de comportarnos como ciudadanos convierte al espacio residual, atrapado entre nuestras privacidades, en otra ilusión. El nulo respeto al espacio ajeno es rapaz.

Son bien conocidos los usos y costumbres de los habitantes de la Ciudad de México sobre cualquier superficie no vigilada: a la menor provocación tendemos a colocar un puesto de tortas de chilaquiles, de cigarros sueltos, películas “clonadas en original” o sushi. Si pertenecemos a la minoría con automóvil, cualquier paso peatonal, rampa para discapacitados o banqueta son sólo lugares de estacionamientos reservados para los audaces. Y como los gobernantes no son otra cosa que compatriotas comunes (y corrientes) con poderes alterados, en un descuido el mismísimo corazón de la vida cívica del país, el Zócalo, se convierte en exhibidor de camionetas y prepotencias; en la playa de desove de los guardaespaldas del los invitados del presidente. Si saben cómo somos ¿para qué nos dejan superficies planas que nadie reclama?  “¿Es tu calle? ¡Muéstrame las escrituras!”, el argumento clásico de una discusión por la banqueta sintetiza nuestros mapas mentales de la urbe.

Con algo de presupuesto –opaco, no hay de otro-, una dosis extra de “voluntad política” y mal gusto (disculpen el pleonasmo) lo más que se puede esperar de los funcionarios a cargo de gestionar el espacio público es un adefesio del escultor Sebastián. Y, como consecuencia, prohibir que se patine en las cercanías del decorado. Una muestra a escala de esta predisposición por el adorno se encuentra en todas las salas domésticas con aplicación de plástico sobre los sillones y payasitos llorones de porcelana. Quien quiera documentar su optimismo puede asomarse a los miles de metros cuadrados de camellones, bajopuentes y plazoletas deshabitadas que la Secretaría de Obras y Servicios de esta ciudad “vistió” –ese es el término usado en las comunicaciones oficiales- con “mulch multicolor” (astillado de residuos orgánicos que con un poco de color agregado se convierte en la caja de gises de nuestros gobernantes). Para poner carpetitas nos pintamos solos.

Recientemente en mi vecindario, un par de familias extranjeras –paquistaníes o indias- se mudaron a un edificio de departamentos. Trajeron con ellas la costumbre de terminar la tarde al aire libre. A falta de mejor lugar para hacerlo, durante una temporada jugaron bádminton y tomaron el fresco frente a su puerta, hasta que los usos y costumbres chilangos –materializados en una camioneta estacionada sobre la banqueta- se impusieron. Y las familias regresaron a su departamento, supongo. La escena me recordó a aquella intervención de 1998 del despacho MVRDV frente al Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona.  Ante la solicitud explícita de una instalación artística in situ respondieron con la instalación de canchas deportivas “¿Aspiramos todavía a un de Chirico, en la que sólo se celebra el espacio o el diseño?”, se preguntan los holandeses. Y responden al vacío de una plaza dura y desangelada con el espectáculo del juego.

Extravagancias como el bádminton de banqueta me sacan de este pesimismo sobre el espacio público capitalino. Y el mejor ejemplo lo encuentro en la apropiación ciclista que ocurre todos los domingos en la Ciudad de México. La muestra de que las políticas públicas no están condenadas al desatino. El reciente cambio de ruta del “Ciclotón” nos puso a mi hermano –mi sherpa en este asunto del ciclismo- y a mí en modo de navegación atenta otra vez. A medio camino nos descubrimos de pronto en una reflexión en voz alta: ¿cómo diablos hace está ciudad para no dejar de funcionar?

Salir de nuestra burbuja, ver a los otros, preguntarse sobre ellos y ejercer la ciudadanía son provocaciones de un genuino espacio público. Lo describe así David Byrne en sus “Diarios de Bicicleta”:

“Ese punto de vista –más rápido que un paseo a pie, más lento que un tren, a menudo más alto que una persona- se ha convertido en mi ventana panorámica hacia gran parte del mundo durante los últimos treinta años. Es una gran ventana que da a un paisaje principalmente urbano. (No soy un corredor ni un ciclista deportivo). A través de esa ventana puedo entrever la mentalidad de mi prójimo, expresada en la ciudad donde vive.”

Los embotellamientos cotidianos de automóviles nunca llegan al límite de lo imaginado por Julio Cortázar en su cuento “La Autopista del Sur”. Estamos en ellos más cercanos a la narcolepsia que a la epifanía. Los autos te duermen, me decía un amigo motociclista. Y al final, como acabamos moviéndonos y el calor del verano no nos obliga a salir de nuestros vehículos, no alcanzamos a organizar expediciones para traer noticias del origen de la inmovilidad. Nadie termina por enamorarse del conductor de al lado o por suicidarse. Toda proporción guardada, los paseos dominicales en bicicleta, masivos como cualquier evento chilango que se aprecie de serlo, sí permiten entrever –como dice Byrne- las conversaciones y la vida de los demás. Levantar un pequeño censo de cuántas familias se visten igual para pasear, de lowriders o de torturadores con la estúpida idea de que sus perros les sigan, amarrados a la bicicleta, el ritmo por kilómetros. Hay cientos de pequeñas negociaciones y tensiones que ocurren en un paseo dominical. Y si bien el gran Byrne está reflexionando sobre sus paseos en solitario, estoy convencido de que las rodadas masivas pueden ser versiones para iniciarse en esta experiencia didáctica y situacionista:

“Ir en bicicleta es como navegar por las vías neuronales colectivas de una especie de enorme mente global. Es realmente una excursión por el interior de la psique colectiva de un grupo compacto de gente. Un Viaje fantástico, pero sin efectos especiales cutres. Nos permite percibir el cerebro colectivo –feliz, cruel, falso y generoso- en funcionamiento y en juego.”

Ojalá moverse en bicicleta se convierta cada vez más en la cotidianidad de muchos. Ojalá las rodadas ciclistas conserven su condición de extravagancia multitudinaria por algún tiempo –los cambios de ruta podrían ayudar. Mientras tanto, habrá que inventar más apropiaciones, más formas de convivencia que nos obliguen a movernos con lentitud suficiente para pasar atentos por la ciudad que habitamos y que muchas veces no alcanzamos a ver. Suficientemente rápido también para no detenernos a reclamar las escrituras de una banqueta.

 

Fotografía: ‘Forever Bicycles’ de Ai Weiwei

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