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Crónica de un huésped: Philippe Parreno en Museo Jumex

Por - 03/11/2017

La conclusión fue que nos sentimos vigilados por los motivos que producían los objetos. Un conjunto. Días antes en una clase sobre Merlau-Ponty un profesor nos explicaba que la silla es inteligente no porque posea una subjetividad, con su libertad a cuestas, sino porque moldea una forma específica de relacionarnos con ella. Los elementos que conforman la exposición La levadura y el anfitrión de Philippe Parreno en el Museo Jumex hacen hincapié en esa inteligencia de la que Ponty hablaba en la Fenomenología de la Percepción. En la Ciudad de México he escuchado hablar bastante sobre los objetos en una lógica del fetichismo de la mercancía de tradición marxista. No es que las piezas de Parreno no puedan ser leídas desde ese marco, pero uno nota que hay algo más, una sospecha por una crítica diferente. En la muestra no hay cédulas de sala, la oscuridad que la envuelve (al menos la oscuridad en ese piso) lo impediría, además a Parreno no le gusta dar esa información en sus exposiciones, me explica un amigo que trabaja en el Museo. Fuimos convocados bajo una idea que desapareció cuando entramos a la sala. Nos dieron unos lentes para ver en tercera dimensión y ahí estaba un video en blanco y negro en el que mirábamos la profundidad del tiempo. Algunos quedaron absortos en ese deambular visual, mientras otros se congregaron alrededor de un piano que movía sus teclas solo ¿un autómata? Una luz cálida lo alumbraba desde el techo. Al principio notaba a la gente nerviosa, no se desplazaba mucho. Recuerdo el recorrido de prensa anterior, el de Andy Warhol, ahí había mucha luz e instrucciones, el curador nos daba detalles de su lectura de la estrella oscura, aquí nadie daba órdenes. Mi ex compañera de trabajo, una fotógrafa de prensa, batallaba mucho para capturar el piano, los movimientos de la gente a su alrededor hacían que la luz fuera inestable. Hay hojas de papel de colores tiradas en el suelo con textos. Algunos se agachan en un intento de leerlas. ¡Son hojas de papel! ¡Reemplazables hojas de papel! ¿Por qué nadie las recoge, las toma entre sus manos y las lee? Pasaron otros quince minutos antes de que eso sucediera. El cuarto es grande: toda la sala de ese piso del museo. Se prenden las luces y se vuelven a apagar, se proyectan videos, se prenden las luces, se vuelven a apagar. Aquí hay ritmo, aquí algo pulsa, vibra, algo está vivo. Recuerdo el mail de invitación y ahora reproduzco la hoja de prensa: “Al centro de la exposición, en la sala del segundo piso, una colonia de levadura está siendo cultivada en un biorreactor dentro de la sala de control. Conectados a una computadora, estos microorganismos aprenden a adaptarse a eventos puestos en marcha por el anfitrión humano, que puede decidir cambiar la secuencia de luz y sonido cuando proyecta una película o toca una composición musical en el piano. La levadura retroalimenta esta información a los sistemas que cambian las condiciones de iluminación o los paisajes sonoros que están dentro del museo”. ¡Claro! Ahí está la levadura: en la vitrina que divide las salas se encuentran muchos aparatos, cables y el cultivo. ¡Qué bonito se ve! Eso veníamos a ver. Eso controla el ritmo de la exposición, pero en realidad parece no importar tanto, está un tanto oculto. Lo que genera intuiciones e inquietudes son los demás elementos. Vamos otra vez en horda hacia el piano. Hay gente del museo o del artista tomando fotografías a nuestros movimientos, eso inquieta. Ahora vemos a una mujer tocando el piano que antes se tocaba solo. Quizá unos cinco minutos. Esos son los operadores, nos dice. Gente que contrató el museo para que genere cambios en la sala, ya sea con su presencia física, ejecutando acciones como tocar el piano o a partir de sus iPads que están conectadas a la levadura y a las computadoras. El ritmo también lo marca el clima, hay aparatos en el techo del Museo que mandan información. Por una especie de decisión compartida, los invitados nos colocamos ahora frente a la pantalla que no es en 3D, algunos aún portan sus lentes 3D, no se los quitan. Se ven bien, como listos para un disfraz. Vemos los videos. Primero la naturaleza, un recorrido de piedras, tierra, ¡maravilloso! Un sublime mediatizado que no por codificado deja de generar cierto placer. Luego estamos en el mar, un pulpo, un pulpo desde que es algo menos que un pulpo hasta que mueve su frondoso cuerpo en la inmensidad del mar. Kit Hammonds escribe en el cuadernillo de la exposición: “Aquí, en La levadura y el anfitrión, el desarrollo de Parreno va más allá de las relaciones sociales para considerar una ecología más amplia de actores que reconsideran el ser y la creatividad fuera de las fuerzas humanas, o dirigidas y progresistas. Su obra sitúa actores no humanos dentro de las redes construidas con precisión que constituyen su trabajo”. En la concepción de ecosistema se cimbra la relación sujeto-objeto. Varios textos que revisé relacionan a Parreno con Deleuze y de Deleuze brilla en mi Parreno la importancia de las líneas que generan las relaciones. De pronto parecemos parte de un experimento (ecosistema) llamado exposición. ¿Quién es la levadura y quién es el anfitrión? No importa. Importa el “y” de la oración: esto y aquello. Ecosistema. Pero ya me desvié demasiado. Estábamos en los pulpos, en el video de los pulpos, ¿recuerdan el pulpo frondoso? Pues después hay pasto, un video de un pasto en blanco y negro que termina en un atardecer hermoso, en blanco y negro también, ¡puro contraste! En esta exposición hay muchas sorpresas, muchos signos de exclamación. Hemos estado por lo menos una hora en este lugar, la gente se siente cómoda, los conocidos comienzan a cuchichear. ¿Qué significa esto? Pregunta una vieja amiga. La pregunta no es por el ser, sino por el cómo, cómo interactuamos. Es difícil sintetizar tantos estímulos en una sola idea, afortunadamente no es necesario a estas alturas. Cambia el video y aparece Anlee.

 

Mi nombre es

Ante

Pueden escribirlo como quieran

No importa

Me compraron por 46 000 yenes

400 dólares estadounidenses, pagados a una

compañía que se dedica a diseñar personajes,

K Works

Terminé, al igual que otros, en un catálogo de manga…

 

La caricatura habla, las hojas de colores en el suelo tienen sentido, habla en inglés, las hojas en el suelo, tienen, en forma de poema, la traducción de lo que dice a español. Esa imagen la he visto en todos los libros que tengo de arte y tecnología, me dice otro periodista. Está contento. Yo recuerdo  lo monstruoso en la literatura inglesa y Anlee no me aparece tan espectacular. Sin embargo, después encuentro un afecto en la interpretación de Anlee de Tom Mc Donough en su texto para el cuadernillo de la exposición. Ahí dice: “No son los fantasmas e imaginaciones góticas o de encantamientos surrealistas; tampoco son los fantasmas que regresan de un pasado reprimido con toda la fuerza de lo misterioso, sino que son aquellos que vuelven del futuro. Son una prefiguración de nuestros deseos aún no reconocidos, los objetos ausentes del presente en torno de los cuales un público mítico podrá congregarse”. Anlee es el futuro. ¡Qué futuro! Escucho detrás de mí a alguien preguntar a alguien más si nos dicen que bajemos ya al primer piso. Ese alguien más, dice en inglés que no, que nosotros, los invitados (la prensa convertida en invitados) sabremos cuando bajar. Y no nos movemos. ¡Qué bueno! Se acerca el mejor video, The Crowd: un espejo. En el café al terminar la exposición me dice que el video le pareció perverso. Que éramos nosotros y en verdad no lo éramos, como el burro tras la zanahoria o la palomita de San Juan alrededor del foco. Hay una lectura de Parreno que no se deben perder por nada del mundo si les interesa la relación entre público, audiencia, movimientos sociales, marchas, marchas de hologramas, etc. Es el texto “Públicos Fantasmas” en el cuadernillo de la exposición. Es como si el artista pudiera ser malvado. Es que no hay malos ni buenos. Sólo hay relaciones. Sí, pero hay maneras de entablar, de establecer relaciones. Es como si la levadura fuera un pretexto, slo un pretexto y ahí estábamos en la sala siguiendo una luz y luego otra. Un motivo y luego otro. Y el video del pulpo es magnífico, la naturaleza te atolondra, la tecnología te atolondra, y el demos, nosotros éramos el demos, nosotros con los demás ahí presentes. Con todas nuestras diferencias pero generando líneas de recorrido. Parreno es increíble, pero perverso. No, espera, después de leer el cuadernillo me di cuenta de que esa pieza, The Crowd, sí habla de hipnosis y cierta manipulación pero se tiene que leer en un contexto más amplio, en contraste con otras que no están expuestas. Tienes que leer el cuadernillo. ¿Te acuerdas del musgo en la primera sala? Pues es igual, el musgo, sus partículas, se salen de ahí y están aquí o quién sabe a dónde vayan a dar. Eso es muy simple pero ahí hay algo. Seguro quienes vengan verán otra exposición.

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