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Cimentando sociedades

Por - 28/02/2014

Intentar abordar el tema de la sociedad, de entrada, pareciera ser pretensioso, complicado y una tarea difícil de desarrollar dadas las diferentes perspectivas desde las cuales pudiera ser analizada. Pero querer desmenuzar su relación con la Arquitectura puede resultar, quizás, un tanto más complejo. De hecho, podría asegurar que es justamente en este punto donde radica la matriz de una problemática, creciente pero nada nueva, que se lleva arrastrando desde hace tiempo y cuyas soluciones parecen más bien simple maquillaje sin intenciones de profundizar. Con esto me refiero a la figura del arquitecto y su inserción en la sociedad civil.

La Arquitectura es algo que, en principio, debería de importar a muchos pues prácticamente nadie se libra de tener relación con ella, algunos de manera más directa que otros pero con cierta relación a final de cuentas. Sin embargo, pareciera que el “mundo arquitectónico” no ha hecho el esfuerzo suficiente para acortar esta distancia con la sociedad, y que tampoco han entendido que son ellos quienes en todo caso deben dar ese primer paso e intentar ganarse la confianza de aquellos que observan, viven y recorren su quehacer profesional.

Alguna vez alguien ajeno al gremio me cuestionaba sobre la profesionalidad de los arquitectos, haciendo referencia al hecho de lograr tener certeza de tiempos, costos y demás rubros cuando de edificar algún proyecto se trataba. Había recién entrado al negocio de la construcción y me aseguraba que siempre tenía el presentimiento de que durante el proceso algo no saldría conforme lo planeado, y que desconocía si únicamente era paranoia personal o si en realidad se trataba de una constante en la profesión. Decía, y no le faltaba razón, que “esto de la Arquitectura” debería ser más como “una fábrica de autos”, donde más allá del proceso (vital en el desarrollo de cualquier propuesta arquitectónica), se sabe que al final del día el automóvil se obtendrá en los tiempos planeados, con la calidad deseada y, en general, sin mayores contratiempos. “O explícame: ¿Por qué no terminaron los estadios para el mundial de fútbol en Brasil en los tiempos establecidos? ¿O por qué el costo de la estela de luz en la ciudad de México se elevó un 192%?” Por poner sólo dos ejemplos concretos. Me cuestionó dejándome con pocos argumentos para contestar.

Pero esto va más allá de únicamente señalar a algún culpable; se trata de intentar analizar el rol del arquitecto desde los ojos de los arquitectos mismos y contraponerlo a la opinión que la sociedad tiene del trabajo que ellos desarrollan.

Cualquier tipo de análisis inicia mal desde que se entiende a la sociedad como un grupo masivo de personas con intereses en común que comparten un mismo espacio dentro de una ciudad, porque, si nos quedamos sólo con este enfoque, volvemos a colocar en el “cuarto de los olvidados” a las minorías; aquellas micro-sociedades deberían ser invariablemente integradas a los planes por quienes se encargan de tomar este tipo de decisiones, y es que el mismo derecho tiene un grupo de cien familias de un vecindario de nivel alto, que unas cuatro o cinco personas de un barrio rural marginado de la ciudad.

Pero más allá de cegarnos y ver únicamente una cara de la moneda, es verdad también que el resto de las personas que de Arquitectura saben poco, tienen de igual manera mucha responsabilidad de esta situación. Desafortunadamente estamos en un país un tanto conformista en el que se exige poco y donde se suele creer en la palabra de quienes supuestamente son expertos en algún tema, provocando que todo siga su camino sin grandes alteraciones, cuando en realidad la misma sociedad civil es las que sufre y goza de las decisiones tomadas.

Tenemos ciudades parchadas y arquitectos ganando premios internacionales, obras millonarias y gente sin un techo donde dormir, demoliciones de edificios emblemáticos atiborrados de historia para transformarlos en centros comerciales modernos, concursos de arquitectura designados al dedazo por las autoridades correspondientes y arquitectos que trabajan en silencio esperando una gran oportunidad, calles y banquetas en deplorables condiciones, y gente en silla de ruedas que prefiere no salir de casa por la complicación que significa hacerlo. Esto y más son escenas reales de nuestras ciudades y el día a día de miles de personas.

Deberá ser entonces responsabilidad de los arquitectos el desarrollo de mejores ciudades y de la sociedad civil la formación de mejores ciudadanos, intentando encontrar el punto exacto donde el engrane empiece a funcionar por un beneficio a partes iguales.

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