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El cielo está incompleto [fragmento]

Por - 30/06/2017

*El cielo está incompleto: Cuadernos de viaje en Palestina de Irmgard Emmelhainz estará disponible en octubre de 2017, publicado por Penguin Random House.

 

Entonces, ¿fracasé en comprender la revolución palestina? Sí, completamente. Creo que me di cuenta de eso cuando Leila me aconsejó visitar Cisjordania. Me negué, porque los territorios ocupados eran solamente una puesta en escena segundo por segundo por el ocupado y el ocupante. La realidad se encontraba en el compromiso, fértil en odio y amor, en la vida diaria de la gente, en el silencio, como lo traslúcido, puntuado por palabras y frases. […] Aún antes de llegar supe que mi visita a los bancos de Jordania, a las bases palestinas, nunca podría ser claramente expresada.

       -Jean Genet, Un cautivo enamorado

 

Porque soy del tamaño de lo que veo. Y no del tamaño de mi altura.

 -Fernando Pessoa, Libro del desasosiego

 

 

La primera vez que visité Ramallah me enamoré del sonido del nombre de la ciudad al ser pronunciado en árabe: Ram-allah. Mi anfitriona palestina de aquella ocasión, Reem, me había explicado dónde se toma el camión en Jerusalén para llegar a los Territorios Ocupados. Llevaba exactamente una semana pululando en Jerusalén preguntándole a la gente que me parecía confiable cómo se llegaba allí. Me veían con una mezcla de horror y sorpresa tomándome por loca. Obviamente desconocía por completo el territorio donde comenzaba a sumergirme. Finalmente una conocida me puso en contacto con Reem, quien me dio instrucciones de caminar hasta el Santo Sepulcro, sobre la calle que sale de la puerta Bab Al’mud de Jerusalén viejo. Un par de horas más tarde, cuando la conocí en persona, le pedí que me repitiera en voz alta el nombre de la ciudad varias veces: Ram-allah. Cuando oí la palabra, me dieron unas ganas terribles de aprender a pronunciarla con la familiaridad y naturalidad de quien ha crecido o vive allí; mi amiga Nathalie decía que el nombre de la ciudad se oye como un collar de perlas deslizándose entre los dedos. La forma esférica de las perlas evoca el carácter de ciudad prometida de Ramallah, de ser una burbuja donde se puede alucinar vivir en libertad bajo la ocupación y espejismo de normalidad. La ciudad es habitada por palestinos que vienen de distintas ciudades, países, estratos socio-económicos, por palestinos que regresaron de la diáspora con los tratados de Oslo en los años noventa, palestinos de 1948 (o árabes-israelíes; palestinos con ciudadanía israelí) que dan clases en las universidades o trabajan en las instituciones de gobierno allí afincadas. Ramallah es una ciudad cosmopolita con palestinos de Venezuela, Brasil, Colombia, Dubai, Túnez, Líbano, Siria, Jordania, Francia, Inglaterra, Alemania, Italia. Ramallah es la sede de la Autoridad Nacional Palestina, de consulados y centros culturales, ONGs, periódicos y medios masivos de comunicación de todo el mundo. Su sociedad está compuesta de una clase media parte de la clase global de consumidores y de titulares de hipotecas y deudas de crédito que sueñan vivir en condominios con vista al mar al que no tienen acceso. Ramallah es la capital temporal de un estado que no llega a ser. Es un punto de reunión de la clase simbólica global que comprende tanto ejecutivos y hombres de negocios como periodistas, trabajadores culturales, intelectuales y rockstars de la izquierda globalizada. Ramallah es punto de encuentro de los que participan directamente en la red global profesional de intercambio económico, político y cultural.

 

La importancia global de la ciudad y su papel de nodo clave se hizo valer en junio de 2011 cuando el museo Van Abben, apoyando a un proyecto de un artista palestino, Khaled Hourani, le prestó a la Academia de Arte de Palestina “Buste de Femme” (1943) de Pablo Picasso durante un mes. El traslado de la pintura a los Territorios Ocupados resaltó la convergencia entre lucha política y cultural. Para poder trasladar el Picasso a Ramallah, tuvieron lugar arduas negociaciones entre el museo, las autoridades israelíes y las palestinas. La acción desgranó la complejidad burocrática y espacial de la ocupación israelí, poniendo en evidencia lo que está en juego el conflicto: la visibilidad y reconocimiento internacionales de los palestinos en el ámbito cultural, que sin embargo, continúan siendo tácitamente ocupados, acosados y destruidos por las políticas expansivas y de seguridad israelíes.

 

Ramallah es el centro político, mediático, artístico y económico de Palestina, enriquecido por todos los viajeros que pasan por allí. Ramallah me recuerda a lo que me imagino sería el París de los años sesenta, en plena efervescencia de la revolución cultural. La ciudad es fruto de un proyecto político que la trasciende y que es bastante opaco porque es la capital de un país que de facto no existe. ¿Será un lugar de resistencia o un sitio cooptado? En todas las ciudades palestinas, la Ocupación se hace presente de diversas maneras y en grados diferenciados de intensidad, afectando al tejido social y psicológico colectivos con incursiones, toques de queda, arrestos, ataques y acoso cotidianos de manera distinta. La situación de la ocupación no es la misma en Nablus, Hebrón o Jenin; en la Franja de Gaza o en Belén, en Nazareth o en Haifa. ¿Cómo negociar entonces los distintos puntos de vista surgidos de diversos tejidos de experiencia para brindar una imagen caleidoscópica de los palestinos, del conflicto?

 

En un párrafo notable de Memoria para el olvido (Agosto, Beirut, 1982), el poeta palestino Mahmoud Darwish diagnosticó que la imagen que los palestinos se construyeron de sí mismos se convirtió en una problemática ancla de visión[1]. Esto se debe a que dicha imagen situó a la realidad política de Palestina en contra de su propia materialidad, al tiempo que invocó una forma de representación la cual, al devenir imagen, se convirtió en su propia realidad – lo que Jean Baudrillard llamó lo “hiperreal.” Con este libro busco atravesar lo hiperreal de esa imagen de Palestina. También trascender las primeras impresiones, mostrar lo que está más allá del cliché. Me viene a la mente mi colección de fotos de fedayines (soldados revolucionarios pro-palestinos de los 1960s) de archivos de París, Ramallah y del Internet que aparecieron como fotoreportajes en periódicos y revistas como Life y Paris Match. Los fedayines aparecen idealizados bajo la mirada orientalizante de los reporteros occidentales, quienes construyen una forma de masculinidad que se proyecta al ligarse al arma que portan. Los vemos en las imágenes entrenándose física e ideológicamente, junto con mujeres y niños, también parte del movimiento revolucionario. Éste es el momento en que la kuffiyah roja y la negra se convierten en la imagen de marca del movimiento de liberación. Es obvio que los fedayines tienen muy claro que su función como imágenes es la de aparecer simbólicamente en los medios occidentales tanto como amenazas como idealizaciones heroicas.

 

Estas imágenes contrastan con una foto que me mostró un día Rabía, el papá de mi amigo Majd. En una impresión kodak de pequeño formato y algo borrosa, en la que aparecen Rabía y su esposa posando durante la travesía que los llevó junto con lo que quedaba de la Organización de Liberación Palestina de Beirut hacia Túnez, en 1982. Luego de una derrota devastadora para el movimiento de liberación palestino en Jordania, cuando la Organización de Liberación Palestina fue expulsada por las tropas del Rey Hussein, Rabía y su esposa, jovencísimos y uniformados de soldados, sonríen delante de la cámara. Sus miradas alegres y enamoradas están enmarcadas por el fuera de campo: uno de los episodios más negros la historia palestina. ¿Qué pensarían durante la travesía? Los Abdel Hamid son parte de la elite educada que creció en la diáspora y que se unieron a la guerrilla en el brazo de los servicios de información de la OLP (la Organización de Liberación Palestina, comandada por Yasser Arafat); ella fue secretaria y él sigue siendo periodista. Después de que se firmaron los tratados de Oslo que, entre otras cosas, les otorgaron a los palestinos el derecho de autodefinirse políticamente, palestinos de la diáspora regresaron a establecerse en Cisjordania. Sin embargo, los acuerdos de Camp David que permitieron su regreso fueron socavados sistemáticamente por el gobierno israelí dando lugar a la erupción de la segunda Intifada.

 

El día de junio de 2007 que llegué por primera vez a Ramallah había muchísima conmoción; veía desfilar delante de mis ojos camionetas y vehículos militares con gentes armadas llevando uniformes de distintas facciones y dudaba si este flujo era normal o no. Al no entender bien qué pasaba, me encerré en un hotel barato en el centro y no me despegué de las noticias en la televisión e internet. Físicamente no me sentía amenazada, pero tampoco estaba segura de que como extranjera peligrara o no dentro de esta conmoción. Resultó que llegaba en pleno golpe de Estado. En enero de 2006, por primera vez hubo una elección legislativa general en Cisjordania y la Franja de Gaza – la última elección que se ha podido llevar a cabo en Palestina. Hace más de diez años, los palestinos fueron a votar y el resultado fue el cambio: frustrados con el gobierno de Al Fatah (o la Organización de Liberación Palestina transformada a raíz de los acuerdos de Camp David de movimiento guerrillero a partido político), habían votado mayoritariamente por Hamás (el Movimiento Islámico de Resistencia fundado en Gaza en 1987 poco tiempo después del inicio de la primera Intifada). Ismail Haniya, el presidente del nuevo gobierno, tomó el poder una vez que el presidente interino de Fatah, Mahmoud Abbas renunció. El día de junio que yo llegaba, la ANP, en colaboración con Israel y Estados Unidos, y a raíz de la ola de violencia desatada por el secuestro del soldado israelí Gilad Shalit por Hamás, orquestaron una persecución contra Hamás en Cisjordania. Desde entonces Palestina quedó dividida en dos gobiernos; la Autoridad Nacional Palestina, con mayoría de Fatah, en Cisjordania, y Hamás instauró un gobierno islámico en la Franja de Gaza. Ese día, mis nuevos amigos estaban tristes y enojados con lo que implicaba esta ruptura política en el seno de los palestinos. Eventualmente, la ANP adoptaría una postura más pro-normalización de la ocupación, estableciendo un gobierno con ayuda y siguiendo intereses de Estados Unidos implementando un año después un programa de políticas neoliberales, y Hamás, un gobierno abiertamente hostil y en guerra contra Israel resistiendo el cerco que les impuso ese mismo año. El costo del ejercicio de la democracia de los palestinos fue una debilitante y catastrófica separación política y geográfica.

 

Mientras que los palestinos vivían estos dilemas políticos y la separación gubernamental de facto de las ya geográficamente desligadas áreas palestinas, volví a Tel Aviv para asistir a la boda de la prima de mi amiga israelí, M. No me acuerdo por qué no fui a la ceremonia; por alguna razón había dejado de cepillarme el pelo en esa época y mi melena caía espesa por la espalda, pesándome tanto como me sentí invisible en la fiesta. Me habían aconsejado ser discreta en Tel Aviv sobre mis visitas a Palestina y decir que tenía una abuela judía, para no causar incomodidad o sospecha. En un restaurante en la playa de Jaffa, al sur de Tel Aviv, antes una ciudad palestina y desde hace unos quince años zona en vías de gentrificación, los invitados tomaban caipirinhas y escuchaban música tecno iluminados tenuemente por las luces de la ciudad y de las estrellas. La Franja de Gaza, a un centenar de kilómetros de allí, se me hacía presente en la cabeza con la noticia del secuestro de Gilad Shalit por Hamás. Tres años después volvería a pensar en el soldado secuestrado en Guatemala, al pasar todos los días al lado de un espectacular gigante en la carretera que une la Ciudad de Guatemala con la Antigua. ¿Cuál es la conexión entre Israel y Guatemala y por qué había un espectacular allí pidiendo la liberación del soldado? Al final de la boda, cuando todos los invitados estaban intoxicados, aparecieron en la playa unos jóvenes palestinos. Miembros de la población en vías de desplazamiento por la gentrificación, observaban con curiosidad a los invitados de la fiesta. Cuando empezaron a cruzarse las miradas, sentí propagarse una ola de tensión, y escuché a la novia pedirle al dueño palestino del lugar decirles a los muchachos que se fueran. Yo me despedí de mi amiga y comencé una caminata a lo largo del paseo de la playa que conecta Jaffa con desarrollo urbano al norte de Tel Aviv, el Namal. Cuando me cansé de caminar, tomé un taxi hasta casa donde me hospedaba, en la intersección de Dizengoff y Ben Gurion. Durante el trayecto observaba la ciudad a mi izquierda: partes viejas, edificios modernos y nuevos, zonas arboladas, unas partes mejor iluminadas que otras. La heterogeneidad del tejido urbano me recordaba a México, al igual que la tensión que siempre se levanta cuando dos mundos ajenos, pero que coexisten cotidianamente, se hacen presentes el uno al otro aunque sea brevemente para recordarse su mutua enajenación.

 

Pocos meses después me instalaba en los Territorios Ocupados, y me reconocía viendo y escuchando incapaz de registrar lo que estaba viviendo buscando distintas maneras de procesar mis percepciones. Se dice que la visión se caracteriza por ser incorpórea y violenta, la mirada por inscribir y marcar los cuerpos. Me preguntaba, ¿con la sangre de quién se harían mis ojos? La visión se convirtió para mí en la posibilidad de ver, en reconstruir sin cesar un punto de vista desde el cual procesar las tensiones, resonancias, transformaciones, resistencia, complicidad y dolor, frustración, sometimiento, odio, memoria y lo que los palestinos llaman “la tiranía de la incertidumbre” de la vida bajo la ocupación. De alguna manera, mis experiencias me hicieron presentes los aspectos sensoriales y corpóreos de la visión. Empecé a sentir lo que veía y a padecer síntomas del “pánico de altruismo”. El pánico del altruismo es la condición de la empatía como bucle porque nunca hay separación entre lo que soy y lo que veo. Vi un tejido social fragmentado, vidas tristes, hombres y mujeres deprimidos y frustrados, odio encarnado en una niña de ocho años. Era hija de colonos que ocupan la ciudad vieja de Hebrón, una de las ciudades en las que la situación es más fuerte, dolorosa y compleja por las confrontaciones a diario entre los sionistas y los palestinos. La ansiedad de estar encerrada en el bucle de mi propia mirada tradujo lo que estaba viendo en anorexia, codependencia, ansiedad de ceguera, depresión, desamor. Y descubrí que ver no es decir, sino ver asediada por la ansiedad de ceguera. Es decir: intento ver. La sensación de incompletitud que da la conciencia de la inevitabilidad de la vista parcial es comparable al hueco que deja el exilio y a la incompletitud de la condición del paisaje palestino: fish balad. Sar kan fee balad? [No hay país. ¿Habrá país?]

 

Sin duda, este libro está escrito con amor y desde el amor. Por un lado, quise romper con el voto de silencio que hacemos las mujeres al patriarcado de no hablar nunca de nuestros amores y corazones rotos. En esta historia, Lubna busca a su Majnuna recuperándose del corazón que Majnun le rompió. Tal vez los corazones rotos no digan mucho, o lo nuevo, pero mi ejercicio de escucharlos es una manera de tratar de abarcar otras formas de comprender. Intento también romper con la ley de la palabra del heteropatriarcado occidental que dicta que hacer una declaración es hacer que algo ocurra en la realidad. Por eso, hago parte de la escritura a las emociones y los afectos. Busco nombrar lo que ocurre entre la palabra y las cosas, en ese proceso de creación que media entre la palabra y lo que ocurre. Quitando el valor de uso del lenguaje como herramienta de información y comunicación, escribo desde el intersticio que se abre en lo abyecto entre el afecto y la emoción, para romper con la discreción femenina y con la idea (o fantasia que yo tenía) de que la escritura no está marcada por el género. En el proceso, descubrí que visitar una zona de guerra es una manera subjetiva de exteriorizar la violencia interior acumulada a partir de la violencia propia al género, a la violencia ejercida por la sociedad patriarcal a los cuerpos femeninos, como una cirugía de aumento de senos que paradójicamente elegimos nosotras mismas. Las sociedades modernas están enraizadas y fundamentadas en la violencia que implica normalizar y marginalizar a lo distinto: el género, raza, religión. Dentro de este sistema, los extranjeros o foráneos somos tratados como los más preciados huéspedes, como elementos de interés y curiosidad; otras, nos convertimos en los chivos expiatorios. La realidad palestina de por sí es fértil en amor y odio, una realidad silenciosa y traslúcida puntualizada con las palabras y frases que articulan la realidad ineludible de la ocupación. La experiencia de enamorarse es una forma de experiencia de lo real en donde el yo puede perderse por complete para buscarse, reconstituirse y mantenerse. La escritura se convierte en el hilo que marca el camino de un laberinto y que ilumina el camino hacia la salida, registrando el devenir palestino, el empaparse de dolor y de orgullo, de insolencia, de la necedad ineludible de resistencia.

 

[1] Memory for Forgetfulness, August, Beirut, 1982, translated by Ibrahim Muhawi (Berkeley: University of California Press, 1995), pp. 45-46. En español: Mahmoud Darwish, Memoria para el olvido, trad. Manuel C. Feria García (Madrid: Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 1997)

 

 

 

 

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