¿Autonomía del arte o mera complacencia?

Por - 10/04/2015

Son muchos los debates que han tenido lugar en torno a pensar la posibilidad de un arte autónomo, sin embargo, diversas problemáticas emergen al respecto de forma casi inmediata. Algunos de estos debates sitúan como ejemplo a ciertas prácticas que lograron una suerte de autonomía o al menos tendían en esa dirección en los años 60. Muchas de ellas, de naturaleza contestataria o subversiva, han sido colocadas en el centro de estas discusiones argumentando que el desarrollo del modelo económico neoliberal tomó dichas prácticas y las integró a la gran maquinaria de control que lo caracteriza. Irmgard Emmelhainz explica que “Bajo el neoliberalismo, el arte en particular, la cultura en general y la creatividad como herramienta, aparte de tener un papel predominante en la producción y consumo, son usados activamente como herramientas de compensación y mejora” (Emmelhainz, 2014). Del mismo modo en que hoy el militarismo y totalitarismo se esconden bajo la fachada de una democracia en nombre de la cual es posible llevar a cabo guerras, genocidios y desapariciones, y donde la vigilancia y control sobre lo que se enuncia y se visibiliza se ocultan bajo políticas que promueven precisamente una crítica flexible, esta misma lógica es puesta en marcha hoy en el ámbito del arte, donde echando mano de esta condición ‘crítica’, los Museos e instituciones muestran obras y proyectos que tienden a generar nociones de compromiso político ciertamente complacientes (más vale que se piense sobre la autonomía o la crítica política en el marco del Museo con espectadores sedientos de distracción a que se le busque en el plano de la práctica). En este sentido, “La esperanza, que alguna vez se encarnó en la política, la dirección para institucionalizar la educación crítica en un diverso número de esferas públicas, los esfuerzos colectivos por organizar la lucha en el interior de las instituciones importantes, y el intento de construir movimientos sociales internacionales parece, en el mejor de los casos, un remanente nostálgico de los sesentas” (Giroux, 2005).

Ambas perspectivas parecen entonces estar planteando que hubo efectivamente un momento en que el arte autónomo o comprometido era posible, en que tuvo lugar. Sin embargo, ¿es realmente posible? Si bien las condiciones históricas han cambiado, lo mismo que las condiciones de producción y consumo, las transformaciones que hoy experimentamos bajo el sistema neoliberal no son del todo contemporáneas ya que datan, de algún modo, de un proyecto llevado a cabo a finales del siglo XVII por los fisiócratas. ¿Cómo entonces, bajo esta perspectiva, es que es posible concebir un arte autónomo en los sesentas cuyas formas han sido hoy engullidas por la maquinaria capitalista? El matemático y economista Jacques Fradin, arroja cierta luz en una serie de entrevistas realizadas por la revista francesa Lundi Matin al respecto.

Economía performativa

La pregunta que guía la tesis de Fradin es si podemos imaginar efectivamente una salida de la economía. Su postura tiende a explicar que el neoliberalismo, lejos de ser un modelo contemporáneo, es simplemente un modelo que fue propuesto y puesto en marcha por los fisiócratas tras la muerte de Luis XIV y que, a lo largo de las décadas, ha sido simplemente pulido por las diferentes escuelas  de economía como es el caso de la escuela de Toulousse. De acuerdo con Fradin, tras el desmantelamiento de la religión como modelo moral que guiaba la vida de los individuos pero que también los llevaba a la interiorización del control (creación de subjetividades), este fue reemplazado por la economía, lo que llevó a plantearla como la nueva religión. ¿Cómo llevar a los individuos a comportarse de modos uniformes, a homogeneizar los comportamientos a través de reglas preescritas e incuestionables si la esfera de la religión no puede ya cumplir con esas necesidades? En este sentido, la ciencia económica reemplaza a la religión para posicionarse como su predecesor. Lo que desarrollaron fue así un modelo económico ‘liberal’ que conjugó los sistemas político, religioso y civil. El laisser faire, laisser passer, se instaura así como el nuevo sistema de dominación. Para ello, impulsaron asimismo una serie de cambios como la creación del sistema monetario, que impuso los intercambios a través de sistemas de impuesto donde ya no tenía derecho la población de pagarlos con productos, sino que tenía que ser con moneda, así como otros sistemas de control y vigilancia que, hasta la fecha, siguen vigentes. Es, finalmente, la puesta en marcha de relaciones de dependencia monetaria y ya no de intercambio.

Vemos cómo la economía empieza paulatinamente a funcionar como un sistema que todo engulle. Se perfila como la base de los circuitos monetarios, de poder, de propiedad, jurídicos y controla, por así decirlo, la circulación que tiene lugar en cada uno de ellos. La economía significa en sí un orden (eco-nomía); a diferencia de las palabras sociología o psicología, en economía encontramos la palabra nomo, que apunta precisamente a esto. Fradin identifica en la constitución de este sistema una serie de factores que nombra como los más perversos. La economía moderna se presenta como el reino de la libertad, del hacer, de la democracia, sin embargo, son todas estas aparentes posibilidades, términos que cumplen con la función ideológica de hacernos creer que vivimos en un mundo libre cuando es en sí mismo policiaco y autoritario. Sobre su base, reside una lógica de circulación y de valores pero también de unidad, la interconexión de los circuitos antes mencionados que resultan indispensables para su correcto funcionamiento; la economía es entonces un sistema de unificación, “el gran unificador” nos dice Fradin. Logró crear una sociedad completamente estructurada, anquilosada, numérica y comparable. “(…) la evaluación, la comparación, la contabilización (…) llevan a la creación de una infraestructura contable” (Fradin, 2014), un sistema protocontable que mediante su perfeccionamiento, logra regular las actitudes, pensamientos y reacciones de la población. Es un sistema de subjetividades y performativo donde se tiene por objetivo hacer que los individuos crean en la economía, obedezcan los cánones económicos, se comporten de una forma económica, esto a través de generar relaciones de dependencia materiales y afectivas.

El sistema jurídico, de acuerdo con Fradin obedece a esta misma lógica. A través de lo que suele pensarse como una serie de leyes que se pretenden como naturales, se orilla a que dicha voluntad de comportamiento en y para la economía tenga lugar. Bajo la constitución y las leyes, residen sin embargo formas en que los déspotas pueden presentarse como los protectores de ese orden natural, pueden estipular qué se debe de hacer, cómo se debe de hacer y cuándo. Respetar estos contratos no sólo te hacía, ingenuamente, un buen ciudadano meritorio de derechos, sino que resultaba un factor indispensable para poder asegurar la unificación del control así como del sistema de mercado. Fradin menciona que en este sentido, el mercado representa una forma de estabilizar el comportamiento de los agentes, el mercado no es más que otro mecanismo para disciplinar las acciones y la concurrencia aparece como una fuerza que nos obliga a hacerlo.

El liberalismo entonces se perfila como la construcción de una sociedad disciplinada, sometida a controles externos e internos. No hay economía del mercado sin antes haber una serie de leyes que la posibiliten. Fradin explica que “la economía está fundada en la disciplina y puede darse en niveles formativos pero también en niveles de control y ese control puede manifestarse sobre formas jurídicas, penales, etc. Pero eso no es lo importante, sino que hacen que funcionen sobre la amenaza.” No podemos imaginar una economía sin todos estos factores; la concurrencia, la competición, el control, el mercado, la moneda. Han generado en torno a todos estos mecanismos una sociedad extremadamente violenta y hostil todo en nombre de esta nueva forma de colonización de sí. La economía entonces se vuelve “una especie de colonización de la vida, la vida es colonizada por la economía y esa colonización tiene como objetivo obtener que los individuos se vuelvan agentes del sistema y que los agentes sean a su vez mecánicos” (Fradin, 2014).

Todos estos factores son los que van a permitir la adecuada movilización del capital. El mercado no es más que la interrelación de circuitos monetarios y no funciona si no es a través de la acción diligente, la intervención permanente y la vigilancia como medio de control a través de instituciones como los bancos y las finanzas. Su función es vigilar el capital, la contabilidad. El poder entonces ha sido delegado a los bancos. Lo mismo que ocurre con los territorios cuando el gobierno, a través de las conseciones, ‘relega’ el poder a las empresas de explotar la tierra. Es un bien público pero el Estado aparentemente no tiene las herramientas para hacerlo, entonces lo relega, sin embargo, esta organización sigue permitiendo que las demandas sean dirigidas al Estado y no a las empresas. La hipótesis que plantea Fradin nos permitiría comprender hasta qué punto el Estado es una institución más que permite a la economía regular más no le relega todo el poder. La circulación monetaria está directamente relacionada con la circulación de poderes y si el centro de la economía es precisamente la concurrencia, las instituciones permiten entonces que tenga lugar esta dominación económica. De acuerdo con esto, la economía se funda sobre una performatividad, siendo ésta condición necesaria para precisamente poder controlar a los individuos, poder hacer que los mercados funcionen, y garantizar a su vez una buena concurrencia.

¿Es posible un arte autónomo?

¿Cómo sería en este sentido posible pensar en un arte autónomo si tomamos en cuenta que precisamente el proyecto de los fisiócratas residió en la consolidación de una suerte de montaje donde los individuos son usados como agentes para impulsar la economía? Emmelhainz se pregunta “¿Dónde está la autonomía del arte? Teniendo en cuenta que dicha autonomía siempre es cuestión política, ¿podría politizarse el arte más allá de la ‘política sensible’?” (Emmelhainz, 2014). El problema reside en que como hemos dado cuenta, no sólo es una cuestión política, es una cuestión fundamentalmente económica. Lo mismo que ocurre con respecto a los individuos como agentes de la economía, el arte se ha vuelto precisamente un agente más de este modelo. Los Museos son hoy en día grandes industrias que obedecen a los principios que rige a esta sociedad de consumo. La autocomplacencia de lo que Emmelhainz explica como “innovación disruptiva” no es más que un montaje de oposiciones imaginarias que, más que incidir en contra del régimen de lo político o lo económico, poseen un estado unificador. Las instituciones deben entonces precisamente alojar estas ‘disidencias’, oposiciones imaginarias al igual que los partidos en una democracia, formas o recursos que promueven otros tipos de inversiones. Las prácticas así son inscritas en una cadena de producción y alimentan a eso que Marx planteó como el general intellect. En los Grundrisse precisamente señaló hasta qué punto el conocimiento se había vuelto en una forma más de fuerza productiva. Los Museos en este sentido, funcionan como los dispositivos donde se despliega esta fuerza, pero también el centro para generar de las prácticas un recurso económico más, sumiéndolas al sistema de concurrencia.

Los tiempos desde los fisiócratas han cambiado, lo mismo que las relaciones de conocimiento, pero la voluntad por imponer la disciplina de los individuos, por elaborar agentes mecánicos, no ha cesado. Hoy en cambio, podría decirse que tenemos agentes mecánicos que se dedican a generar estas disidencias. La planificación del mercado las ha asumido ya, las ha regulado así como ha regulado las condiciones de aparición para que no generen más que una suerte de propaganda que alimenta las oposiciones imaginarias. Los Museos constituyen hoy grandes empresas, unas más o menos politizadas sí, pero finalmente, todas en conjunto, obedecen a la construcción de un mercado que genera el espacio donde normalizar estos discursos, donde batir estas disidencias para que pierdan toda su fuerza. Es todo parte de un sistema heterorregulado por los mismos agentes despóticos que hacen posible el totalitarismo tecnocrático.

¿Cómo podemos entonces pensar en un arte autónomo, si tal como hemos explicado no hay un afuera posible?, ¿autónomo de quién o de qué? No podemos tampoco negar que en los últimos 20 años hemos asistido a un levantamiento de diversos grupos que buscan, desde la cotidianidad, generar proyectos de autonomía. El problema es que en muchos casos, la economía las ha vuelto un bien más. ¿Qué toca hacer en este sentido?. Esbozar una respuesta es todo menos sencillo. Posiblemente nos toque ser realistas y obrar dentro del marco de las posibilidades. La economía como tal está regida sobre un sistema piramidal. Todas las finanzas funcionan a través de un sistema que asume que los individuos van a aportar dinero que se va a usar en otros y así sucesivamente. Esta fluidez basada en operaciones de cálculo, indicadores y estadística, analiza las acciones, los comportamientos e incluso las reacciones, para entonces formular planes de reorganización.

De asumir entonces que lo que rige la gran maquinaria es la economía, tocaría por tanto asumir que no hay salida posible. Sin embargo, hay formas de organización que más que crear autonomía, son emergencias de otros modos de organizarse que, si bien en ocasiones nos llevan al cuadro oficial de la economía, hacen posible disminuir la concurrencia. Es una suerte de elección de vida, de decisiones cotidianas, del cómo hacer y desde dónde hacerlo. Y entonces, tocaría emprender una pregunta que, tal como explica Fradin, no ha sido abordada correctamente: ¿cómo pensar una sociedad autonomista? El arte podría jugar un rol fundamental al hacerlo desde una dimensión donde se posicione como resistencia y no como mera autocomplacencia. Entonces sí, los centros de cooperación, los centros solidarios, empezarían a generar otro tipo de bases, sería un proyecto de creación de subjetividades para poder esbozar otro orden posible mediante vínculos de pertenencia y afinidad.

Emmelhainz, Irmgard. Neoliberalismo y autonomía del arte

http://salonkritik.net/10-11/2014/01/neoliberalismo_y_autonomia_del.php

Giroux, Henry. Los Estudios Culturales en Tiempos Oscuros: La Pedagogía Pública y el desafío del Neoliberalismo

http://www.henryagiroux.com/CultStud_DarkTimes.htm

Fradin, Jacques. Qu’est-ce-que l’économie?

https://lundi.am/Qu-est-ce-que-l-economie-15

Fotografía: Andrea Melzi (“L.O.V.E.” de Maurizio Cattelan, Piazza Affari en Milán.)

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