Arquitectura que envejece.

Por - 13/08/2013

Envejecer es un acto natural irremediable, generalmente relacionado a la experiencia que te regalan los años y a las cicatrices que el tiempo ha ido tatuando en la piel.

Ahora bien, envejecer con dignidad debería ser un acto personal de aceptación de las condiciones físicas e intelectuales que los mismos años te otorgan, entendiendo también que conforme va envejeciendo una persona, sus convicciones, planes de vida y metas profesionales son mucho más claras y definidas, inclusive me atrevería a decir, que en un elevado porcentaje de los oficios, las canas y las arrugas encuentran paralelo con el clímax de la actividad laboral que se desarrolle. Seguramente Mikel Alonso es mucho mejor chef hoy en día que hace 10 años, y por inercia, el resultado se reflejará en los platillos de su selecto menú o supongo también, que Pedro Reyes es mejor artista actualmente que en sus inicios.

En la Arquitectura, me parece que no es una constante ni una certeza absoluta que los años influyan para ser mejor arquitecto y que, a consecuencia de esto, se realicen mejores proyectos. Alguna vez escuché decir con total convencimiento, que un arquitecto se puede jactar de serlo posterior a los 40 años de edad, punto donde me aseguraron, se llega a la madurez necesaria para afrontar prácticamente cualquier tipo de proyecto. Antes de esto, todo queda en pequeños intentos y en un constante aprendizaje lleno de errores y aciertos. En caso de ser cierta dicha afirmación, la mayoría de los arquitectos del panorama internacional, pero principalmente al interior de nuestras fronteras, estarían dando apenas sus primeros balbuceos profesionales, y en el peor de los casos, en pleno periodo de gestación.

Yo por mi parte, prefiero creer que la capacidad y el talento pueden emerger de la juventud y de mentes con ideas frescas, y si bien es cierto que la experiencia respalda y enseña, también se puede convertir en una repetición de soluciones que sistemáticamente responden a ciertas problemáticas de diseño, que aunque muchas veces satisfaga las necesidades primarias de determinado cliente, no debería pasar lo mismo con las necesidades propias del arquitecto, por el contrario, al resolver un programa arquitectónico, cualquiera que fuese, es justamente donde debería iniciar la aventura. Durante este proceso se debería tener la capacidad de prever las posibles huellas que el tiempo dejaría impregnado sobre cada ejercicio que se realice, porque es verdad que tan mal se ve una persona de 50 años vestido como puberto, que un edificio al cual los adornos y agregados se van quedando en el camino conforme pasa el tiempo, lo que reafirma que aceptar con decoro el cúmulo de años, no es tarea fácil.

Seguramente el tema da para mucho, pero lo que me parece verdaderamente importante y relevante es intentar descubrir no solamente si se anticipa el resultado final de un proyecto, sino concluir si verdaderamente existe una progresión en el ejercicio profesional del arquitecto, es decir, si esa madurez acarreada de experiencias y tropiezos encuentran eco, porque no estoy seguro de que si el último “Ramírez Vázquez” o el último “Legorreta” sean lo más representativo de ellos o si refleja su mejor versión, porque en caso de no serlo, quizás podría confirmar que en ocasiones, los años no necesariamente benefician, o al menos, no en todos los casos.

Invariablemente la arquitectura envejece y es difícil pasarlo por alto, dado que cotidianamente nos enfrentamos al espacio como una necesidad básica de la humanidad y con el tiempo, llegas a concluir que las obras quedan ahí, hablando de una época y de los hombres que vivieron en ella, como si fuera un libro, donde cada edificio cuenta una historia. Ojalá que al final del día, cada una de estas historias respeten y valoren cada rastro de vejez lo más honorablemente posible.

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