Arquitectura que eriza la piel

Por - 03/09/2015

Piensa en ese momento en el que tienes en las manos el nuevo libro de tu escritor favorito, o simplemente ese que todavía no has leído. O piensa en el momento en el que la sala de cine se oscurece y la película de tu director preferido está por empezar. ¿Recuerdas esa emoción que acelera ligeramente el corazón? En ese punto estaba yo antes de comenzar mi aventura hacia la capilla Bruder Klaus de Peter Zumthor.

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De los pocos favoritos que he tenido en la vida, Zumthor es sin duda uno de ellos. Mi interés por su trabajo comenzó hace años y éste ha ido creciendo cada vez que consulto información sobre él. Mi entusiasmo se consolidó cuando, hace algún tiempo, tuve la oportunidad de visitar el museo Kolumba en Colonia. Un edificio masivo, pero sutilmente insertado en una zona central de la ciudad, cuya forma de relacionarse con ella es a través de evidenciar las capas de historia que la han definido y con ventanales que conectan visualmente el interior con el exterior. Está construido, además, con detalles minuciosamente diseñados y ejecutados, y su interior está definido por un recorrido que transporta al visitante por una serie de atmósferas distintas. Esta visita me permitió constatar la manera en que el arquitecto suizo materializa sus ideas; esas sobre lo poético e introspectivo, sobre la importancia de los ambientes y la experiencia sensorial, sobre las distintas profundidades de habitar un espacio, sobre la importancia de conectarse con el sitio, sobre realmente pensar la arquitectura. Con este antecedente, la oportunidad de conocer otra de sus obras en persona me emocionaba mucho.

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Mi recorrido hacia la capilla comenzó en Colonia, ahí en donde está ese museo, en un día caluroso de verano en el que todos estaban fuera disfrutando de la calle y, con mi padre al volante, tomamos las grandes carreteras alemanas. El trayecto, bordeado por increíbles paisajes, se fue transformando de escala hasta terminar en un angosto camino de un pequeño poblado que ya ofrecía por sí mismo una experiencia más íntima que la gran ciudad. La emoción me acompañó desde Colonia, pero ésta, al contrario de la experiencia cada vez más calmada del recorrido, se fue acrecentando mientras nos acercábamos al objetivo.

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Uno no llega en coche hasta la capilla. Hay que estacionarlo y caminar alrededor de un kilómetro. La caminata es cuesta arriba a través de una serie de pastizales que, en esa época del año, se perciben como volúmenes de tonos ocres. Los caminos que conforman el recorrido tienen distintos pavimentos. Algunos son superficies planas, pero otros están cubiertos por piedras que varían de tamaño. Al caminar por estos últimos cada paso provoca un sonido que se vuelve meditativo cuando el ritmo es constante. Este sonido se mezcla con el de algunos pájaros que pasan esporádicamente y con el que el viento provoca al mover los plantíos de cereales, ese viento que trae consigo además un olor fresco. Y así va uno, caminando paso a paso, atravesando un ambiente de verano en el campo, un ambiente que va engrosando la distancia que hay hasta la ciudad que quedó atrás y acercándose a una conciencia del cuerpo y los sentidos. Durante la caminata la capilla siempre está presente. Al inicio se percibe pequeña y casi que se confunde con el paisaje, pero poco a poco va levantándose con su figura de líneas rectas. El ambiente de tonalidades arenosas está enmarcado por áreas de grandes árboles verdes y el cielo azul.

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La capilla es un volumen extruido de una planta con cinco aristas colado en cemento y materiales del lugar como grava, arena roja y amarilla. Como cimbra exterior se utilizaron elementos horizontales que dejaron marcas lineales paralelas sobre los muros. Como cimbra interior se utilizaron 120 troncos de píceas colocados verticalmente para armar una fogata, la cual se encendió dejando no sólo la figura de los troncos marcada en los muros, sino un tono oscuro en todo el interior. Insertados en los muros hay unos tubulares metálicos que contienen esferas de vidrio cuyo despiece se relaciona con las franjas horizontales que se perciben en las fachadas, mientras que por dentro se convierten en pequeños puntos de luz. La capilla no está techada, la inclinación interior de los muros termina en un hueco que recuerda a una hoja con borde de medios círculos. El hueco permite la entrada de luz natural y también de lluvia, cuando ésta llega deja una marca en el piso: un charco que replica la figura de la apertura superior. El piso está hecho con una capa de dos centímetros de plomo y estaño, una referencia al pasado minero de la zona. Desarrollada en tres de sus lados exteriores se encuentra una banca sólida, pulida y continua que permite el descanso, la meditación y observación del paisaje.

 

A la capilla se entra por una abertura triangular cerrada con una puerta metálica color plateado. El peso hace que cueste abrirla, provoca recordar el peso de las puertas de las grandes catedrales. Al entrar, el cuerpo se ve rodeado por un ambiente más oscuro y un aroma a velas encendidas invade el olfato. El interior, de dimensiones reducidas, contiene lo necesario para ser un espacio de reflexión o rezo: una banca, una mesa pequeña, un bloque insertado en la pared que contiene las velas, y algunos elementos que representan al hermano Klaus. También en la fachada principal se encuentran elementos en la pared: una cruz sobre la puerta y dos círculos metálicos pequeños con incrustaciones. “Capilla construida para la alabanza de dios y la tierra…”, es el inicio de una de ellas. La otra dice la fecha de construcción. El interior es la cúspide del recorrido, ese que te va transportando a una experiencia personal e íntima, que te va acercando a tu cuerpo y tu reflexión. Es ahí cuando el paseo cobra sentido. Estando dentro pareciera que el exterior desaparece, es sólo por momentos que recuerdas que hay un afuera, cuando volteas a ver el cielo.

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Sin toda la expectativa y el esfuerzo de caminar hacia arriba, la caminata de regreso es distinta. Parece un proceso de reconexión con el mundo exterior. Una marcha ligera, cuesta abajo, durante la que se ve el territorio al que uno va a adentrarse.

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La visita me pareció muy especial, no sólo por corroborar esas experiencias que Zumthor dice ofrecer a través de su arquitectura, sino por recordar que hay arquitectura que al vivirla eriza la piel. Arquitectura enfocada en cuestionarnos, en conectar con nuestro interior, al mismo tiempo que con el paisaje y la realidad.

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He pensado mucho en esta experiencia, me ha acompañado desde entonces. He pensado mucho en ella al ver toda la polémica que ha surgido en los últimos días alrededor del Corredor Cultural Chapultepec en la Ciudad de México. Me ha hecho especular sobre lo que haría Zumthor ante un proyecto como éste. Imagino un paseo lleno de experiencias íntimas y colectivas, un paseo de disfrute y reflexión. Sin embargo, si los rumores sobre él son ciertos, Zumthor nunca aceptaría ese encargo bajo las condiciones establecidas. Así que me quedo pensando que en ese corredor no sucederán experiencias que pongan la piel chinita o tú, ¿qué imaginas cuando ves las imágenes del proyecto propuesto? ¿Te hacen recordar ese momento con el libro o la película que acelera ligeramente el corazón?

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Fotografías: Jimena Hogrebe

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