Arquitectos y sociedad

Por - 31/07/2013

 

 

“…feliz aquel siglo antes de que hubiese arquitectos y constructores…”

SENECA (ca. 4 a.C. – 65 d.C.)

Los arquitectos y los bailarines son los únicos que pueden entender el espacio” dijo Peter Greenaway en el último congreso de Arquine.

“Cuando la arquitectura se queda chica” tuiteó una joven arquitecta, etiquetando una foto de un cielo impresionante al atardecer.

“Por fin puedo descansar en paz…” tuiteó un estudiante de arquitectura, haciendo referencia una foto que logró sacarse junto a un afamado arquitecto mexicano.

Varios de los arquitectos más connotados de México, así como una inmensa mayoría de los jóvenes recién egresados de las escuelas de arquitectura, han perdido el sentido de lo que debería ser un oficio eminentemente social y humano.

Existe la tendencia a clasificar la arquitectura como una de las artes plásticas. Nada más alejado de la realidad, los pintores tienen la libertad de pintar lo que se les de la gana, los escultores pueden hacer casi lo que se les ocurra, asimismo los fotógrafos pueden hacer montajes y manejar las imágenes obteniendo a veces imágenes impresionantes aunque falsas. Pero los arquitectos están limitados por las leyes de la física newtoniana elemental. Y algo tal vez más importante es que los pintores y escultores pueden vender sus obras como verdaderas obras de arte, con la única condición de que a alguien le gusten tanto como para pagarlas. Los arquitectos no. Su obra debe servir de manera tangible y pragmática, además de gustar.

La finalidad de la arquitectura es mejorar la vida del hombre. No hay más. Sin embargo se hacen construcciones que además de emocionar a algunos por sus llamativos alardes plásticos , no mejoran la vida de sus usuarios.
 El estatus social que se han ganado los arquitectos por medio de su habilidad para relacionarse en las élites de poder, vendiendo su posición de artista, contrasta con su poca habilidad personal para resolver problemas reales de un proyecto u obra.

Para ello recurren a todo un equipo de especialistas que son quienes realmente resuelven estos problemas. Sin embargo, este equipo debería funcionar como una orquesta, en la que el arquitecto es el director. Pero dirigir una orquesta cuando no se tiene un conocimiento por lo menos superficial o algún interés real por el instrumento que toca cada músico, puede resultar catastrófico.

Al inicio de “El mundo y sus demonios”, Carl Sagan cuenta anecdóticamente que alguna vez al abordar un taxi en el aeropuerto, el taxista al enterarse quién era su pasajero, le preguntó acerca de marcianos, profecías de Nostradamus, astrología y temas que Él había estudiado creyendo que eran ciencia. Quedando muy decepcionado por la respuesta del científico. Así me ha sucedido al responder a varios estudiantes o recién egresados arquitectos, cuando me exponen sus creencias del funcionamiento de algún edificio.

Algunos especialistas por hartazgo y otros por prudente protección al usuario final y a sí mismos, mantienen al arquitecto engañado, haciéndole creer que sus teorías acerca del funcionamiento técnico de las construcciones son correctas. Esto sólo se puede dar, cuando el arquitecto prefiere imaginar éste funcionamiento, en vez de estudiarlo con un poco más de seriedad.

Honestidad de la arquitectura es una frase muy socorrida en los discursos actuales. Pero se debería hablar más de la honestidad del arquitecto. En muchas ocasiones clientes, usuarios, estudiantes y hasta colegas, resultan engañados acerca de los costos y funcionamiento de las construcciones. Algunas veces de manera involuntaria, por el autoengaño del arquitecto y otras veces de manera deliberada por autosatisfacción en el resultado de sus obras.

Sumados a la sociedad virtual, donde el ansioso deseo general es ser popular , los arquitectos no se han diferenciado demasiado de las estrellas de tv que buscan (y encuentran) fans mediante publicaciones sosas y vacías, utilizando las redes sociales sólo para publicitarse, desperdiciando la oportunidad de este medio masivo para emitir ideas sociales, posturas políticas, propuestas de ciudad, difusión de experiencias,etc.

En estos tiempos que llaman a la democratización del país con su consecuente politización, es persistente la tendencia izquierdista de intelectuales y artistas. Sin embargo más parece moda que convicción. Así, la arquitectura es una de las profesiones menos democratizadas, se podría hablar hoy de un capitalismo arquitectónico, donde los arquitectos con más capital de fama y glamour monopolizan los proyectos. Y al igual que los monopolios económicos, ganan concursos, se contratan con la gente de poder, obtienen contratos públicos mediante artificios legaloides y por si esto fuera poco, explotan a un buen número de arquitectos jóvenes que en su lucha por trascender, aceptan condiciones de trabajo realmente escandalosas.

Así es como resultan edificios que no cumplen reglamentaciones oficiales, que no aprobarían un examen ético, que por imposiciones aberrantes de tiempos resultan de mala calidad, que a todas luces generan corrupción, que por el propio ego del arquitecto resultan fallidos.

No es extraño entonces, que las nuevas generaciones de arquitectos salgan de las universidades ávidos de éxito banal: publicaciones en revistas, premios, victorias en concursos, conferencias, popularidad, etc. Ese es el fin que se persigue, sin importar las implicaciones sociales, económicas y humanas del producto concebido.

Muy pocos son los egresados que pretenden con verdadera convicción dedicarse a hacer obras para la gente menos pudiente del país, por no decir a los más desprotegidos y marginados. Creo que se debería motivar mucho más el trabajo con este gran sector desatendido.

Y por otro lado, es urgente atender de manera más pragmática al sector privado que construye las ciudades. Porque muchos inversionistas se han percatado de lo aquí expuesto y han optado en construir grandes edificios y desarrollos sin contratar a un arquitecto propiamente dicho.

Asimismo se debería formar un bloque opositor a las malas decisiones de los políticos en materia de construcción, tanto en tiempo como en forma. Ya que ha quedado demostrado el fracaso de infinidad de proyectos, en que el arquitecto aceptó esas decisiones.

Finalmente, creo que para que una obra sea muy buena o muy mala, necesariamente debe intervenir un arquitecto. 
Excluyo de mis comentarios, a notables arquitectos que hacen de esta profesión un oficio, que dirigen cada proyecto como grandes directores de orquesta, logrando sublimes y emocionantes sinfonías. A ellos mi admiración y respeto por su gran trabajo.

Texto: Gerson Huerta

(Texto en relación al artículo de Arturo Ortíz publicado el 24 de Julio: Artículo)

 

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