Apuntes feministas sobre intersecciones y encrucijadas

Por - 21/06/2017

“No se nace mujer, se llega a serlo”, advertía Simone de Beauvoir en 1949 en El Segundo Sexo, libro fundamental que marcaría un hito en la historia de la teoría feminista. A partir de entonces, y al paso de constantes ires y venires entre la teoría y la práctica política, las feministas hemos ido abriéndonos lentamente al profundo entendimiento de esta afirmación: la categoría mujer como entidad universal es una peligrosa falacia, en realidad, no existe ninguna mujer fuera del campo de las relaciones sociales, las mujeres (y todas las personas) existimos necesariamente mediadas por nuestro espacio, tiempo e historia. Como señala la feminista india Chandra Mohanty, “la presuposición de ‘mujeres’ como un grupo ya constituido y coherente, con intereses y deseos idénticos sin importar la clase social, la ubicación o las contradicciones raciales o étnicas, implica una noción de diferencia sexual o de género o incluso una noción de patriarcado que puede aplicarse de forma universal y a todas las culturas.”[1] Pero la universalización es contraria a toda política y conocimiento encarnado porque deshistoriza a las mujeres  con vidas concretas en un lugar y tiempo. La cuestión no es  verlas como sujetos  antes de su entrada al escenario de las relaciones sociales, dice Mohanty, sino que “el punto clave que se olvida es que las mujeres son producidas a través de estas mismas relaciones.”[2]

En este esfuerzo por desterrar sesgos ahistóricos y etnocéntricos sobre la construcción del género, y atendiendo a la enorme necesidad de contar con conceptos y metodologías dinámicos, políticamente efectivos, que reflejen el caudal de condiciones y experiencias de las mujeres alrededor del mundo (especialmente, como se verá más adelante, de aquellas que han estado al margen de atención del foco clásico del feminismo),  es donde se puede rastrear las coordenadas de origen del paradigma interseccional.

¿Qué es entonces la interseccionalidad y por qué se ha convertido en una herramienta útil para el análisis de las relaciones de opresión que experimentan las mujeres y otros grupos sociales (migrantes, negros, de la disidencia sexual, entre otros) así como para la generación de estrategias de intervención social y políticas públicas en su favor?

Todavía a mediados del siglo pasado era frecuente que en el campo de las ciencias sociales (incluido el de los estudios feministas y de género) se emplearan abordajes teórico-metodológicos que partían de “la presunción de que aislando y priorizando categorías de análisis (como el género, la sexualidad, la clase, la etnicidad, la raza, la edad, etc.) se podía llegar a explicar situaciones de opresión por grupos sociales.” [3] Aun cuando esto, por un lado, servía para profundizar en la específica construcción de cada una de las categorías de opresión, por otro, creaba explicaciones monocausales fuera de los significados contextuales atribuidos al género, la raza la clase, etc.

Tomar conciencia de que no existen realidades universales de opresión, o su contraparte, de privilegio (historia llena de tensiones y fuertes resistencias), instó a la academia feminista a repensar críticamente la producción de conocimiento y, consecuentemente, a complejizar sus sujetos analíticos dentro de marcos culturales y características sociales específicas, con el fin de dar cuenta cómo las relaciones de opresión/privilegio y las identidades abrevan y se entretejen difusamente en lo cotidiano.

En este sentido, uno de los aportes de los feminismos de la diversidad (denominación dentro de la que podemos comprender a distintos feminismos como el de color, el negro, el indígena, el chicano, el poscolonial, el descolonial, el subalterno, etc.), ha sido enfatizar que las historias personales de las mujeres  a lo largo y ancho del mundo se escriben en zonas de frontera. “Para sobrevivir the borderlands debes vivir sin fronteras, volverte una encrucijada” [4], escribía Gloria Anzaldúa. Como mujer chicana, prieta, lesbiana, poeta, activista feminista en Estados Unidos a mediados del ochenta, Anzaldúa se pensaba habitando  el límite de culturas contrapuestas: disputando con su sola presencia el machismo de la comunidad chicana, el clasismo de las feministas anglosajonas  y el etnocentrismo de la academia en Estados Unidos.[5] Y, como ella,  en el nuevo contexto global proliferan una multiplicidad de sujetos que viven sus identidades como una encrucijada.

La encrucijada es un lugar donde se cruzan varios caminos  o calles en distinta dirección; pero también puede entenderse como una situación difícil y comprometida  en que hay varias posibilidades de actuación y se duda cuál de ellas escoger.[6] Cuando nombramos a las personas como “mujer”, “madre”, “latina”, “migrante”, etc., percibimos únicamente una característica de su existencia, pero no vemos los otros  ejes por los que identitariamente puedan  estar transitando. Por ejemplo, una misma persona puede ser mujer, madre, latina, migrante, pero si enfatizamos solo su dimensión de “mujer”,  no alcanzamos a entender qué tipo de  problemas enfrenta, los motivos por los que toma ciertas decisiones, el porqué de  sus  intereses o el origen de sus deseos, y emociones. Esta parcialidad en el acto de mirar/nombrar oscurece el entendimiento de cómo viven y se viven las personas. En el caso de las mujeres, existe una relación profunda entre las encrucijadas y los márgenes, sobre todo de las mujeres no blancas del Tercer Mundo, en quienes recae gran parte del peso de las transformaciones geopolíticas del mundo contemporáneo.  Al respecto,  la feminista descolonial  María Lugones advierte cómo la denominación categorial construye lo que nomina y, por esta razón, puede llegar a invisibilizar a grupos y sujetos con posiciones sociales específicas. Como  lo señala:

“[…] las categorías han sido entendidas como homogéneas y que seleccionan al dominante, en el grupo, como su norma; por lo tanto, “mujer” selecciona como norma a las hembras burguesas blancas heterosexuales, “hombre” selecciona a machos burgueses blancos heterosexuales, “negro” selecciona a machos heterosexuales negros y, así, sucesivamente. Entonces, se vuelve  lógicamente claro que la lógica de separación categorial distorsiona los seres y fenómenos sociales que existen en la intersección, como la violencia contra las mujeres de color.  […] En la intersección entre ‘mujer’ y ‘negro’ hay una ausencia donde debería estar la mujer negra precisamente porque ni ‘mujer’ ni ‘negro’ la incluyen.”[7]

La homogeneidad discursiva bajo apelativos aproblemáticos como “mujeres marginadas” o “mujeres de países subdesarrollados”, promovidos por los discursos sociales, legales, económicos y científicos, ha dado como resultado la suposición de que todas ellas son ‘vulnerables’, ‘explotadas’, ‘apegadas a la tradición’, ‘sin voz’ y  ‘sin poder’. ¿Acaso estas representaciones hacen justicia a la complejidad subjetiva/identitaria que ellas entrañan? ¿Estas caracterizaciones dan cuenta de lo que son y lo que hacen, de cómo se miran a ellas mismas? ¿Acaso estas presuposiciones no instalan con mayor firmeza a estas mujeres en los confines más opacos y objetivizantes?

Es en este contexto que surge el paradigma de la interseccionalidad como una herramienta teórica para entender y responder a las maneras en que las encrucijadas identitarias contribuyen a crear experiencias únicas de opresión y privilegio, así como para revelar cómo su ocultamiento por parte de distintos discursos profundiza las desigualdades sociales.[8] No es gratuito que este paradigma  hunda sus raíces en el pensamiento y el activismo de las feministas negras del siglo XIX (Anna Julia Cooper y Sojourner Truth)[9], así como en el resurgimiento del feminismo negro en la década de 1960 (especialmente a partir de las contribuciones del colectivo del Combahee River). Kimberlé Crenshaw, académica negra estadounidense especialista en temas de derecho, reconociendo esta genealogía teórico-política, en su artículo de 1989 “Demarginalizing the Intersection of Race and Sex: A Black Feminist Critique of Antidiscrimination Doctrine, Feminist Theory  and Antiracist Politics”, acuña la categoría de interseccionalidad para explorar cómo las dimensiones de raza y género confluyen para generar un tipo particular de violencia contra las mujeres de color. Crenshaw utiliza una metáfora vial para explicar  en qué consiste la idea de la intersección:

“Considere una analogía con el tráfico en una intersección, yendo y viniendo en las cuatro direcciones. La discriminación, como el tráfico a través de una intersección, puede fluir en una dirección, y puede fluir en otra. Si un accidente ocurre en una intersección, puede ser causado por los coches que viajan desde cualquier número de direcciones y, a veces, desde todos ellas. Del mismo modo, si una mujer negra se ve perjudicada porque se encuentra en una intersección, su daño podría ser el resultado de la discriminación sexual o de  la discriminación racial… Pero no siempre es fácil reconstruir un accidente: a veces las marcas del frenado y las heridas simplemente indican que ocurrieron simultáneamente, frustrando los esfuerzos para determinar qué factor causó el daño.”[10]

El análisis interseccional propone que la combinación de rasgos identitarios no debe ser vista como una suma que incrementa la propia carga sino como un entrecruzamiento que origina experiencias cualitativamente diferentes.[11] Tal como en un tejido, si solo se observan los hilos se pierde de vista los dibujos que en su unión recrean. El aporte de la interseccionalidad está justamente en hacer patente que cada hilo, cuando se toma en conjunto, da como resultado algo totalmente nuevo, una síntesis única de figuras y dibujos en un lienzo.[12]

De esta manera, la metodología para el análisis que plantea la interseccionalidad tiene como fin revelar las variadas formas en que los hilos de las identidades se entretejen, exponiendo los diferentes tipos de discriminación y desventaja, o bien, de privilegios y oportunidades, que se dan como resultado de su combinación. Angela Kóczé, redondea el concepto a partir de la siguiente definición:

“La interseccionalidad analiza cómo interaccionan tipos específicos, construidos históricamente, de distribuciones desiguales de poder y/o de normatividades limitantes fundadas en categorías socio-culturales construidas discursiva, institucional y/o estructuralmente como el género, la etnicidad, la raza, la clase, la sexualidad, la edad o la generación, la discapacidad, la nacionalidad, la lengua materna, etc., que producen diferentes tipos de desigualdades sociales.”[13]

Un ejemplo de este abordaje interseccional lo hace Angela Davis [14] en su obra Mujeres, raza y clase (1981), en la que estudia la situación histórica de la mujer negra durante el periodo esclavista en Estados Unidos. En esta obra observa que ciertas características asociadas a las esclavas negras, como la “promiscuidad sexual” o la tendencia al “matriarcado”, empañaban el entendimiento de las condiciones de vida de esas mujeres. Para Davis, su particular construcción de género estaba directamente vinculada a una posición determinante: la condición de trabajadoras.

“Proporcionalmente, las mujeres negras siempre han trabajado fuera de sus hogares más que sus hermanas blancas. El inmenso espacio que actualmente ocupa el trabajo en sus vidas responde a un modelo establecido en los albores de la esclavitud. El trabajo forzado de las esclavas ensombrecía cualquier otro aspecto de su existencia. Por lo tanto, cabría sostener que el punto de partida para cualquier exploración sobre las vidas de las mujeres negras bajo la esclavitud sería una valoración de su papel como trabajadoras. […] El sistema esclavista definía a las personas negras como bienes muebles. En tanto que las mujeres, no menos que los hombres, eran consideradas unidades de fuerza de trabajo económicamente rentables, para los propietarios de esclavos ellas también podrían hacer estado desprovistas de género […] la mujer esclava, era ante todo, una trabajadora a jornada completa para su propietario y, sólo incidentalmente, esposa, madre y ama de casa.”[15]

Sin esta identidad de trabajadoras no se podría entender la construcción específica de su “ser mujer”, así como el tipo de feminidad que fueron desarrollando (a ellas no se les miró como seres frágiles y ángeles del hogar), y que hasta el día de hoy marca una diferencia sustancial entre las mujeres negras y blancas en ese país. Igualmente, explica Davis, el trabajo esclavo no se podría entender a cabalidad si no se generiza, es decir, no se alcanzaría a ver que la apropiación de su cuerpo por parte de los esclavistas implicaba aspectos diferenciales para las mujeres, como la violencia sexual y otro tipo de abusos contra ellas.

En este caso observamos que los significados y la importancia de cada  elemento o marca social dependen del contexto. También apreciamos, gracias a la mirada interseccional, que la raza, el género y la ubicación dentro del sistema productivo esclavista constituyeron para las mujeres esclavas las “brechas de opresiones intersectantes”[16] que definieron los ejes de su encrucijada. En resumen, estos elementos operaron mutua e interdependientemente como “sistemas constructivos de poder”[17] para configurar sus condiciones, identidades y subjetividades.

Fuera del ámbito académico, la perspectiva de la interseccionalidad está sirviendo de insumo para la elaboración de estrategias de intervención social y políticas públicas. De hecho, el interés principal de Crenshaw al formular este concepto, fue el de socavar los vacíos legales que alimentan la invisibilización y la desprotección de las mujeres negras en Estados Unidos. Ella argumentaba que sobre las mujeres negras recaen discriminaciones que, a menudo, no se ajustan a los parámetros de las categorías legales de “racismo” o “sexismo”, dado que experimentan una mezcla de ambas. “A pesar de que el sistema legal ha definido al ‘sexismo’ sobre la base de una referencia implícita a las injusticias que enfrentan todas las mujeres (incluyendo las blancas), y al ‘racismo’  en referencia a aquellas personas negras o de color (incluyendo los hombres)”[18], los vacíos siguen patentes. Resultado de esto ha sido que las mujeres negras se transformen en sujetos legalmente invisibles, quedando a merced de múltiples discriminaciones.

Para ilustrar que muchas de las experiencias que encaran las mujeres negras no están subsumidas en los límites tradicionales de la “discriminación racial” y la “discriminación de género”, como actualmente se entienden, planteó el caso de las  enmiendas que hizo el Congreso de EEUU a las disposiciones sobre fraude matrimonial de la Ley de Inmigración y Nacionalidad en 1990. Originalmente dichas disposiciones establecían que aquellas personas que inmigraran para casarse con un/a ciudadano/a estadounidense o un/a residente permanente debían permanecer “debidamente” casadas por dos años antes de aplicar al estatus de residente permanente. Dadas las desastrosas consecuencias que esa enmienda trajo consigo, el Congreso en 1990 permitió  una exención a quienes adujeran dificultades causadas por violencia por parte de los cónyuges. Pese a que esta exención buscaba, de manera general, proteger a las mujeres migrantes de situaciones de violencia (física, sexual, psicológica, económica y patrimonial), desconocía por completo las posibilidades reales que tenían para poder ejercerla de manera efectiva. Por un lado, Crenshaw destacaba que muchas mujeres eran incapaces de cumplir todas las condiciones que exigía esta medida (reportes y declaraciones de policías, personal médico, personal de atención psicológica, trabajadores sociales, etc.). Para muchas mujeres inmigrantes, el limitado acceso a los recursos  les dificultaba la obtención de esta evidencia básica requerida. Por otro lado, las barreras culturales las desalentaban a la hora de reportar y escapar de situaciones de violencia: vivir en el seno de una familia extendida, bajo extrema vigilancia, implicaba que no había privacidad para hablar por teléfono o incluso la posibilidad de salir a la calle para usar uno público. Además, muchas dependían en gran medida del esposo para vincularse con el mundo exterior, ya sea porque no les era permitido salir del espacio doméstico, porque todavía no conocían el idioma inglés, o incluso  porque era el cónyuge quien se encargaba de los trámites y de la información referente a su estatus legal.[19] Por estas y otras razones, al partir de una imagen esencializada de la “mujer migrante vulnerable” y al obviar la complejidad de sus identidades y sus condiciones reales de  vida, esta medida falló en sus objetivos.

Vemos que, si bien las normas tienen un carácter pretendidamente universal, los estereotipos y las representaciones juegan un papel crucial en su elaboración e interpretación. La subjetividad de los creadores y operadores del derecho (pero no solo de ellos) interviene de muchas formas, haciendo pasar por conceptos o ideas neutras, cuestiones del orden del sentido común. Es decir, la aplicación inconsciente de preconceptos o ideas preconcebidas (que han pasado por un proceso de naturalización) filtra en las normas contenidos provenientes del pensamiento dominante, de ahí que existan las imágenes de la “mujer migrante vulnerable”, “los negros violentos”, “las latinas calientes”. Estos sentidos comunes o creencias incuestionadas, encuentran en el ámbito de las normas el lugar idóneo para su reproducción. Al establecerse como reglas de comportamiento validadas y prescritas por la autoridad, los sentidos comunes refuerzan (material y simbólicamente) representaciones, relaciones y situaciones opresivas. Como lo apuntan Alonso, Criado y Moreno, “el derecho oculta la arbitrariedad de las relaciones de dominación en una trama de leyes formales que suplantan a las auténticas leyes sociales […] por ello nos encontraremos inmediatamente con elementos jurídicos que estructuran la desigualdad y normalizan la reproducción diferenciada de las posiciones sociales.”[20] Bajo esta luz, el derecho constituye una esfera privilegiada para la naturalización de la opresión y la desigualdad. [21]

Un ejemplo actual de cómo la perspectiva interseccional puede crear políticas a favor de la diversidad de mujeres, pero sobre todo de las que se encuentran en desventaja social, lo brindan las urbanistas feministas. En sus trabajos, ellas han argumentado que la planeación de las ciudades al no tomar en consideración la heterogeneidad de etapas de la vida, itinerarios, vivencias y prácticas vinculadas al espacio, ha excluido no solo a las mujeres, sino a otros sujetos sociales, como las personas con discapacidad, las personas mayores, las niñas, los niños, entre otros. Tal como lo apuntan Susan Fainstein y Lisa Servon:

“Para la mayor parte de la historia de la planificación urbana, las diferencias de género han sido invisibles. Siendo fieles a sus raíces de la tradición moderna, los planificadores han buscado un acercamiento universal que no distingue entre los diferentes grupos de pertinencia de las personas. […] Históricamente, el trabajo de los planificadores y gestores políticos ha tenido un tono universal, cuando en realidad muchos de estos trabajos han asumido un sujeto masculino. La utilización del género como categoría de análisis nos permite desmontar los supuestos que han marcado la teoría y la práctica. Como resultado, podemos cuestionar y modificar estos supuestos y alterar la manera en que teoría, decisiones y políticas se hacen para alcanzar y considerar un amplio rango de conocimiento.”[22]

Diseñar el espacio tomando en cuenta las experiencias de las mujeres pone a revisión nociones centrales en nuestra actual concepción de la ciudad, como la dicotomía entre espacio público y privado, derivada de la división sexual del trabajo, la cual separa el trabajo  productivo (vinculado a los hombres) del trabajo reproductivo (asociado a las mujeres). Esta distribución desigualdad en la producción influye en la forma en cómo se asigna, usa, distribuye y transfiere el espacio entre los hombres y las mujeres[23], así como también interviene en las diferentes posibilidades para acceder a los recursos que la ciudad les proporciona. Por ejemplo, Karmele Rekondo destaca el uso diferencial del transporte público entre hombres y mujeres:

“Las tareas de cuidado no tienen dos únicos puntos de salida y llegada, sino muchos más. En un mismo trayecto llevas a los niños y niñas a la escuela, vas al trabajo, al salir pasas por la panadería a comprar el pan, vuelves a la escuela a recogerlos, vas al centro médico a acompañar a un familiar y a la salida vas un rato al parque para que jueguen.”[24]

Mientras los hombres realizan trayectos lineales de la casa al trabajo y de regreso, las mujeres hacen a lo largo del día distintas paradas atendiendo a sus múltiples tareas y necesidades como madres, cuidadoras, alimentadoras, trabajadoras, etc. Por eso, las urbanistas feministas argumentan que medidas como el  incremento en el precio del transporte público afectan principalmente a las mujeres. Observamos aquí también como la invisibilidad de las mujeres dentro de las ciudades, produce barrios, calles, transportes y servicios inapropiados, inseguros y más costosos para ellas.[25]

A lo largo de este artículo se ha sostenido la importancia que tiene para la academia y el activismo feministas el develar y subvertir discursos homogeneizadores, vacíos legales, medidas políticas ciegas a las diferencias socio-culturales, así como prejuicios y estereotipos que pueblan el sentido común de la gente. A las feministas no nos basta con detectar los lugares donde se ejerce la opresión, la discriminación y la violencia, sino que, más allá, nos proponemos construir espacios de incidencia y transformación a favor de las mujeres y otros sujetos sociales excluidos. Con esos ánimos “el análisis interseccional  nos ayuda a entender y a establecer el impacto de dicha convergencia en situaciones de oportunidades y acceso a derechos, y a ver cómo las políticas, los programas, los servicios y las leyes que inciden sobre un aspecto de nuestras vidas están inexorablemente  vinculadas a los demás.”[26] Por tanto, la interseccionalidad, como perspectiva y metodología de análisis, se ofrece como un punto de partida útil e innovador para  ubicar, comprender y encarar las grandes desigualdades que enfrentan nuestras sociedades.

 

 

 

Por Luz Adriana Arreola Paz

Ex coordinadora técnica del equipo de México en el proyecto Medidas para la Inclusión Social y Equidad en Instituciones de Educación Superior en América Latina (MISEAL). Actualmente colabora en el Centro de Investigaciones  y Estudios de Género de la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

 

 

 

Bibliografía

 

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  • Crenshaw, Kimberlé, Demarginalizing the Intersection of Race and Sex: A Black Feminist Critique of Antidiscrimination Doctrine, Feminist Theory, and Antiracist Politics, University of Chicago Legal Forum, 1989.
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  • Davis, Angela, Mujeres, raza y clase, Ediciones Akal, Madrid, 2005, pp. 239.
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[1] Chandra Mohanty, “Bajo los ojos de Occidente: academia feminista y los discursos coloniales”, en Liliana Suárez Navaz y Rosalva Aída Hernández (eds.), Descolonizando el feminismo. Teorías y prácticas desde los márgenes, Ediciones Cátedra, Madrid, 2008, p. 126.

[2] Ibíd., p. 133.

[3] Bertha González Zárate, Luz Adriana Arreola Paz, Marath Bolaños López, Ligia Arana
García, Ana Victoria Portocarrero Lacayo (autoras), Hacia la inclusión y equidad en las Instituciones de Educación Superior en América Latina: aproximaciones críticas a su normatividad, Proyecto Medidas para la Inclusión Social y Equidad en Instituciones de Educación Superior en América Latina (MISEAL), Universidad Libre de Berlín, Alemania, 2014.

[4] Gloria Anzaldúa, Borderlands/ La frontera: la nueva mestiza, PUEG-UNAM, 2015, p. 257.

[5] Rosalva Aída Hernández, “Feminismos poscoloniales: reflexiones desde el sur del Río Bravo”, en Liliana Suárez Navaz y Rosalva Aída Hernández (eds.), Descolonizando el feminismo. Teorías y prácticas desde los márgenes, Ediciones Cátedra, Madrid, 2008, p. 80.

[6] Definición de la Real Academia de la Lengua Española.

[7] María Lugones, “Colonialidad y género:  hacia un feminismo descolonial”, en Walter Mignolo (comp.), Género y descolonialidad. Ediciones del signo/Globalization and Humanities Project (Duke University). Argentina, 2008, p. 24.

[8] AWID, “Interseccionalidad: una herramienta para la justicia de género y la justicia económica”, en Derechos de las mujeres y cambio económico, nº9, agosto 2004, p. 1.

[9] En la Convención de los derechos de la mujer de Ohio  de 1851, Sojourner Truth, quien fuera una esclava liberta, predicadora y feminista abolicionista, expresaba con vehemencia su radical diferencia como mujer negra ante quienes fueran las mujeres iniciadoras del feminismo sufragista estadounidense: “Creo que con esa unión de negros del Sur y de mujeres del Norte, todos ellos hablando de derechos, los hombres blancos estarán en un aprieto bastante pronto. Pero ¿de qué están hablando todos aquí? Ese hombre allí dice que las mujeres necesitan ayuda al subirse a los carruajes, al cruzar las zanjas y que deben tener el mejor sitio en todas partes. ¡Pero a mí nadie me ayuda con los carruajes, ni a pasar sobre los charcos, ni me dejan un sitio mejor! ¿Y acaso no soy yo una mujer? ¡Miradme, mirad mi brazo! He arado y plantado y cosechado, y ningún hombre podía superarme! ¿Y acaso no soy yo una mujer? (…) He tenido trece hijos, y los vi vender a casi todos como esclavos, y cuando lloraba con el dolor de una madre, ¡nadie sino Jesús me escuchaba! ¿Y acaso no soy yo una mujer?” (Sojourner Truth, Akron, 1851).

[10] Kimberlé Crenshaw, Demarginalizing the Intersection of Race and Sex: A Black Feminist Critique of Antidiscrimination Doctrine, Feminist Theory, and Antiracist Politics, University of Chicago Legal Forum, 1989, p. 149.

[11] AWID, op. cit., p. 2.

[12] González, Arreola, López, Arana y Portocarrero, op. cit., pp. 19-20.

[13] Angela Kóczé, “La stérilisation forcé des femmes roms dans l’Europe d’aujourd’hui”. Cahiers du Gendre 50, 2011, p.134.

[14] Si bien Angela Davis no utiliza el concepto de interseccionalidad, emplea una metodología articuladora de las distintas posiciones identitarias de las esclavas negras en EEUU.

[15] Angela Davis, Mujeres, raza y clase, Ediciones Akal, Madrid, 2005, p. 13.

[16] Patricia Collins, Black Feminist Thought, Routledge & Kegan Paul, New York, 2000, p. 275.

[17] La idea de los sistemas constelados e interdependientes proviene de las reflexiones teóricas de Hill Collins acerca de la existencia de una matriz de dominación, concepto que “hace referencia a la organización total de poder en una sociedad”. Según esta autora, hay dos características que le son definitorias: por un lado, “cada matriz de dominación tiene su particular disposición de sistemas de intersección de la opresión” y, por otro “la intersección de vectores de opresión y de privilegio crea variaciones tanto en las formas como en la intensidad en la que las personas experimentan la opresión”[17] Por esta razón es que Crenshaw hace la distinción entre interseccionalidad estructural e interseccionalidad política, para aclarar que hay una confluencia de sistemas de opresión (racial, de  género, de clase, etc.) que, a niveles macro, construyen caminos específicos de dominación (un ejemplo de ello es la creación del poder colonial en América Latina), y que fungen como marco de los puntos de intersección que, a nivel micro, se dan entre los múltiples tipos de opresión  que desempoderan a grupos y sujetos sociales  en la cotidianeidad. Para más información ver en: Patricia Muñoz Cabrera, Violencias Interseccionales.  Debates Feministas y Marcos Teóricos en el tema de Pobreza y Violencia contra las Mujeres en América Latina,  CAWN, Tegucigalpa, 2011.

[18] Sharon Smith, “Black Feminism and Intersectionality”, International Socialist Review, Issue #91, diciembre 2013-enero 2014. Ver en:  http://isreview.org/issue/91/black-feminism-and-intersectionality

[19] Kimberlé, Crenshaw, “Mapping the margins:  Intersectionality, Indetity Politics and Violence against  Women of Color”, Stanford Law Review, vol. 43, julio 1991, pp. 1247-1248.

[20] Luis Enrique Alonso, Enrique Martín Criado y J.L. Moreno Pestaña, Pierre Bourdieu, las herramientas del sociólogo, Editorial Fundamentos, España, 2004, p. 41.

[21] González, Arreola, López, Arana y Portocarrero, op. cit., pp. 19-20.

[22] Susan Fainstein, Susan y Lisa Servon (eds.), Gender and Planning: A Reader. New Brunswick, NJ: Rutgers University Press, 2005.

[23] Elena Zucchini, Género y transporte: análisis de la movilidad del cuidado como punto de partida para construir una base de conocimiento más amplia de los patrones de movilidad. El caso de Madrid (Tesis doctoral), Universidad Politécnica de Madrid, Madrid, 2015, p. 34.

[24] Karmele Rekondo, integrante del colectivo sobre urbanismo inclusivo UrbanIn+. Cita tomada del artículo de Marta Borraz titulado  “Así deben ser las ciudades según el urbanismo feminista”, disponible en: http://www.eldiario.es/sociedad/Ciudades-feminista-plural_0_649535851.html

[25] Zucchini, op. cit., p. 36.

[26] AWID, op. cit., p. 2.

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