Apropiación del espacio, constancia de la necesidad

Por - 09/03/2017

 

Mientras sigo visionando “Abstract” para prepararles un texto sobre ella, hace un par de semanas noté un fenómeno citadino, tan cotidiano y recurrente que ha pasado desapercibido por el análisis y el estudio: la apropiación del espacio por parte del comercio ambulante. Sé de sobra que muchos pensarán que es un tema de tensión constante entre quienes administran la ciudad, comerciantes y ciudadanos, y es correcto, sin embargo dejamos de lado un aspecto fundamental que aunque no soluciona nada en absoluto, sí puede darnos una pista valiosa sobre la existencia de este fenómeno: la necesidad.

El tianguis no es algo novedoso ni un invento del fatídico modernismo, es parte de los usos y costumbres remanentes de nuestro pasado mesoamericano, que además tras la colonia se tintó de los bazares de Medio Oriente traídos a nuestro país por los españoles. Desde el s. XV los mercados se concentraban en las grandes y primitivas ciudades, los mercaderes venían con sus productos desde pueblos aledaños, la disposición de los puestos era una traza que generaba calles para el libre tránsito, y con el trueque como sistema de intercambio permitía la diversidad de bienes, semillas y alimentos.

Xochimilco, Texcoco, Tlaxcala, Huejotzingo y Tlatelolco fueron algunas de las principales sedes del comercio prehispánico. La imagen y experiencia fue tan impactante que inspiró crónicas, pinturas y canciones. El concepto, aunque ha evolucionado, se mantiene hasta nuestros días, sin embargo hay diversas posturas al respecto debido a la ubicación de puestos y comerciantes ambulantes en las aceras peatonales y la apropiación de calles o cuadras enteras para la instalación de “mercados sobre ruedas” o tianguis en diferentes días.

Cuántas veces no hemos escuchado la expresión “por acá no que es día de mercado”. Irónicamente escucho o leo a muchos transeúntes y automovilistas quejarse de las marchas pues se apropian del espacio público sin la menor consideración hacia los otros ciudadanos, o de las plazas comerciales que de igual forma condicionan el consumo para poder pasearse o estar ahí, pero ¿cuántos de ellos se quejan de los mercados? ninguno, aun cuando el cruce por estos espacios improvisados y móviles no es precisamente un paraíso peatonal, sin mencionar la obstrucción de las vías y el conflicto automovilístico que ocasionan.

Podría decirse que los tianguis se apropian del espacio público y lo privatizan del mismo modo que una plaza comercial. La diferencia radica en la necesidad que evidentemente existe por parte de los mercaderes (que legan sus puestos cual herencia a través de generaciones dedicadas a un mismo oficio) pero también en la fuerte demanda de los ciudadanos por comprar alimentos, bienes, electrodomésticos y demás cosas en un mercado cerca de su domicilio. También hay necesidad de contar con puestitos de jugos o carnitas, consecuencia de políticas laborales que excluyen al trabajador desterrándolo del lugar de trabajo. Cuando de consumir alimentos de trata, pocas son las empresas que invierten y destinan un espacio donde prepararse un café, calentar la comida o comprarla. Por lo anterior es que los centros de trabajo están atiborrados de puestos “informales” que brindan la infraestructura clave para estas personas: comida a precio accesible, abundante, de fácil acceso y con velocidad: una analogía surreal del drive-thru a unos cuantos pasos de las oficinas.

Regresando al tianguis, un fenómeno intrínseco de nuestra cotidianidad urbana, comento lo siguiente a los detractores de las plazas comerciales: es necesario mirar el panorama completo; el problema detrás de los mercados es sobre todo la falta de regulación. Lo que debe regularse no es la cantidad de mercados que hay, sino dónde se asientan, las cuotas que pagan o no, además de la evasión de impuestos, cosa que sí deben pagar los locatarios en las plazas comerciales. Los millonarios son los dueños de las plazas y a su vez los líderes de los sindicatos de los tianguis: mundo enfermo y triste.

Pero las implicaciones para la ciudad en todos los casos son las mismas: nula infraestructura para el peatón o el ciclista, congestión vial, contaminación visual y una enorme cantidad de desechos y basura. La mediatización y el marketing de la una contra lo itinerante del otro, los altares de consumo contra las casetitas de hierro o aluminio que venden “súper tortas”. Al final, mientras la población demande, estos solo irán adaptándose y perpetuando nuestra herencia comercial. Mientras tanto no es de extrañar el “refinamiento” de las prácticas, para ello vale visitar el ya no tan novedoso Mercado Roma o su contemporáneo Mercado del Carmen, donde ofrecen una experiencia gourmet del habitual ritual de ir por las viandas, concepto que cadenas como Liverpool han replicado no tan exitosamente; además de los bazares que tienen acción en las colinas Roma y Condesa al abrir la puerta a exponentes locales, aunque carentes de todo altruismo y cobrando su debido derecho de piso.

Por tanto, la diversidad comercial es un motor más en la configuración de la ciudad contemporánea, imposible de acotar.

 

Imagen: Anónimo, Puesto de Mercado, Óleo sobre tela, 1766, Museo Nacional de Historia, INAH.

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