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A propósito de la Remodelación del Zócalo

Por - 05/03/2014

                                                                                                                                                                                                                             A Ernesto Betancourt, por una época gloriosa.

El martes 18 de febrero del año en curso, el arquitecto Fernando González Gortázar publicó en el periódico La Jornada una carta abierta al jefe de gobierno del Distrito Federal, a propósito del anuncio realizado por este último sobre la eminente remodelación de la plaza de la constitución, el Zócalo. En su elocuente misiva, González Gortázar exponía no sólo la trascendencia de intervenir uno de los lugares más simbólicos del país,  sino también la importancia de cuidar la forma y los tiempos en que esta intervención se realiza.

En dicha carta se mencionaba la existencia de un proyecto ganador para remodelar el Zócalo, fruto de un concurso público, nacional y abierto realizado en los albores del año 2000. Tuve el privilegio de formar parte del equipo ganador de dicho concurso y considero inapropiado no contar mi experiencia. Por ende, he aquí la crónica de aquella jornada por si puede servir de algo.

Estaba por comenzar el nuevo milenio. La apertura de la vida democrática del país nos había permitido a los habitantes de la ciudad de México elegir por primera vez a nuestros gobernantes. En el año 1997, el Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano se había convertido en el primer jefe de gobierno elegido democráticamente y los nuevos tiempos anunciaban también otra forma de hacer las cosas. Así, cuando se convocó el concurso nacional para remodelar el Zócalo, se respiraba el comienzo de una nueva etapa que supuestamente dejaría atrás una larga moratoria de varias décadas sin concursos abiertos ni acceso democrático a los proyectos públicos.

Por el ámbito y la trascendencia del lugar a intervenir, la convocatoria del concurso para remodelar la plaza de la constitución requirió de la coordinación entre el gobierno federal y el de la Ciudad de México; un entendimiento de valor histórico entre la oposición de izquierda que por primera vez gobernaba la ciudad y el último gobierno priista, anterior a la alternancia, permitió convocar el concurso de forma conjunta. Las noticias no podían ser más alentadoras. Pese a las distintas posturas políticas, si el tema lo requería, se podía llegar a un acuerdo.

El concurso fue organizado de forma impecable por un equipo encabezado por José Luis Cortés y contó con un jurado internacional de primer orden que entre otros incluyó al Premio Pritzker Fumihiko Maki, al renombrado arquitecto colombiano Rogelio Salmona, a Félix Sánchez y al cronista José Luis Martínez. Se realizó en dos etapas; una primera completamente abierta y una segunda con 15 finalistas seleccionados. En ambos casos se cumplió con un riguroso anonimato que nos tuvo a los finalistas intercambiando especulaciones o adivinando de quién era tal o cual propuesta hasta el último minuto.

Yo tenía 23 años cuando un Goya (el equipo era casi en su totalidad de la UNAM) retumbó en el palacio de Bellas Artes al final de una ceremonia como de cuento de hadas para cualquier joven arquitecto. Era la primera vez -y última hasta la fecha- que pisaba el escenario más importante del país. Antes de que nosotros subiéramos al estrado, lo habían hecho dos de nuestros héroes personales: Alberto Kalach y Teodoro González de León, segundo y tercer lugar respectivamente. Recuerdo un palacio de Bellas Artes lleno, con nuestras familias y amigos aplaudiendo desde la platea y donde fuimos premiados en una solemne ceremonia por el jefe de gobierno Cuauhtémoc Cárdenas y el secretario de educación Miguel Limón, en representación del Presidente de la República.

Al terminar la noche de la ceremonia fuimos a parar a un bar de mala muerte en Eje Central, donde la tarjeta de crédito de Ernesto Betancourt dijo “basta” a consecuencia de las intensas celebraciones comenzadas una semana antes cuando nos habían anunciado que éramos los ganadores. El mismo día en que habíamos comido con el jurado y otros notables en un elegante restaurant del centro de la ciudad y que habíamos pisado el escenario del palacio de Bellas Artes, vigilábamos que ficheras algo mayores, sobrepasadas de peso y mal maquilladas, no se sentaran en nuestra mesa porque no les podíamos invitar ni una cerveza. Fue la conclusión de unos meses increíbles, llenos de arquitectura, de amistad, de noches que empezaban con trabajo y acaban con fiesta, para al día siguiente comenzar otra vez de nuevo con la misma fuerza. Intensidad y juventud en estado puro.

Las celebraciones llegaron a su final y les siguieron meses de trabajo muy duro. De reuniones tras reuniones. De críticas y apoyos por la juventud del equipo, de disputas con la iglesia por unas rejas o con alguna señora rica que sentía que el proyecto afectaba el entorno de una de sus múltiples propiedades. El resultado final fue un exhaustivo proyecto ejecutivo consensuado con todas las partes involucradas y que fue revisado y aprobado por el gobierno federal y el de la Ciudad de México, pero que nunca llegó a construirse. Horas y horas de trabajo, de inteligencia y energía de mucha gente, completamente desperdiciadas. Cientos de planos dibujados y re-dibujados para satisfacer los requisitos de un proyecto ejecutivo pagado con dinero público, pero que los políticos que lo habían solicitado no consideraron su responsabilidad construir.

La experiencia de formar parte del equipo ganador del concurso del Zócalo, creo sin exagerar, que marcó la vida personal de todos sus miembros y pese a que los integrantes del equipo hemos continuado por distintos caminos, compartimos una gran amistad y la complicidad de haber vivido juntos muchos episodios memorables. A nivel de experiencia profesional, las lecciones fueron también grandes pero no necesariamente alentadoras. Tras haber realizado el concurso del Zócalo no he vuelto a participar en un solo concurso público en México. Por mal organizados o por no contar con las mínimas garantías para su correcta ejecución, los considero una pérdida de tiempo y, lamentablemente, las estadísticas parecen darme la razón.

Al igual que González Gortázar, celebro la iniciativa de intervenir en el Zócalo. Si algo pudimos comprobar con los levantamientos y las visitas de campo que realizamos en aquellos años, es que la Plaza de la Constitución está en un estado mucho más ruinoso del que aparenta, e incluso existen condiciones inimaginables para un sitio de esta categoría que su enorme escala permite disimular: botes de basura perforados que sirven como respiraderos del drenaje o del metro, ni un solo cuadrante de pavimento en buen estado o una autopista asfaltada de seis carriles de ancho que separa a la plaza de los edificios que la contienen pese a que en tres de sus lados el tráfico es innecesario y en muchas ocasiones incluso está totalmente restringido.

Si tomamos en cuenta que la ciudad lleva ya casi 20 años gobernada por un mismo partido y que fue éste el que en un ejemplo de responsabilidad y transparencia supo acordar con el gobierno federal la convocatoria de un concurso público que tuvo un ganador claro designado por unanimidad, ¿no valdría la pena aprovechar todo el conocimiento generado y un proyecto ejecutivo ya pagado para con una pequeña actualización llevarlo a cabo? ¿No es la mejor y la más responsable de las alternativas? Si estuviéramos en un país con una normativa moderna esto sería una obligación jurídica que nos protegería a todos. Como no la tenemos, lo que sería un derecho -el ganar un concurso y que sea este proyecto el que se construya y no otro- se convierte en una quimera, casi en un sueño guajiro.

Lo que no debería ser es que al final dependamos del criterio o la buena voluntad de políticos que por su propia especialización saben poco de urbanismo. Es por esto que es indispensable que este tipo de proyectos se realicen a través de concursos donde un grupo de expertos establecidos como jurado sea capaz de evaluar las implicaciones y consecuencias de realizar uno u otro proyecto, especialmente en un lugar con la trascendencia que el Zócalo tiene.

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