Derivas: Una conversación con César Alvizo

Por - 16/04/2016

 

Al inicio de un viaje, se tiene un sueño, un proyecto, una intención, nombres que aguijonean la intención, un llamado del camino, del bosque, del desierto, la preocupación por evadirse de lo ordinario mediante la fuga de algunas horas o de algunos años. O bien la ambición de recorrer una región, de conocerla mejor, de unir dos puntos alejados en el espacio, o simplemente la ambición de errancia pura.

David Le Breton

¿Qué quedará de este modo de vida en la última noche de la tierra? Si tenemos suerte, quizá perduren un montón de ruinas que narren lo que fuimos, como dejando una interrogante abierta hacia el tiempo que ya no importará para nadie. Solo fragmentos, misteriosas formas que se degradan bajo el paso de los días; rompecabezas que se convierten en muerte, en polvo, incertidumbre a la deriva.

César Alvizo (Ciudad de México, 1977) es un artista mexicano que, utilizando la acuarela como medio, retrata objetos urbanos abandonados que encuentra en sus recorridos, los cuales, desde su punto de vista, reflejan tanto sus obsesiones como las de nuestra sociedad. Con motivo de la inauguración de su próxima exposición, en la Galería Sismo, los días 16 y 17 de abril, se presentan algunos fragmentos de la conversación que el artista sostuvo con quien firma este texto.

Egresado en el 2008 de la Esmeralda y posteriormente alumno de la Academia de San Carlos, César declara ser “un vago, amo a la ciudad irremediablemente, amo a la ciudad no maquillada”. Algo que se reconoce en su trabajo, plagado de objetos que si bien destacan en las piezas, es difícil pensar que sobresaldrían dentro del paisaje cotidiano. Estos objetos están “sucios” y más allá del polvo, lo que hay en ellos es una fina capa de ciudad, de barrios, de habitantes y coordenadas indeterminadas pero extrañamente familiares.

Crecí rodeado de estos objetos, pero nunca imaginé que fueran dignos de ser enaltecidos, por ser bellos. ¿Me explico?”. Irónicamente mientras me explica esto, alguien a nuestras espaldas pacientemente toma fotografías de las acuarelas exhibidas. Quizá es nuestra cultura de redes sociales, pero de pronto aquellos objetos son más que dignos, son compartidos, son familiares y detonan algo en la mirada del espectador. ¿Acaso vi esa pila de llantas antes de entrar aquí?, es un engaño honesto que nos invita a mirar, a descubrir su camino y a obsesionarnos con alguna particularidad en el mismo.

Respecto a su quehacer Alvizo dice: “Mi trabajo en cierto sentido es como el de un arqueólogo (…) y en esta labor he descubierto muchas más preguntas que afirmaciones. Al mirar todo esto [los objetos] siempre me pregunto ¿quién lo hizo?, ¿para qué lo hizo?”. Y ciertamente al ver las acuarelas expuestas también podríamos preguntarnos, más allá de la utilidad de los objetos, por la complejidad de nuestros modos de habitar los espacios: “estos objetos no cumplen una función específica en el espacio público, quizá su función es meramente contemplativa, y aún así no nos detenemos a mirarlos”.

Para su trabajo, la deriva es vital: toma rutas no establecidas, en las cuales, por medio de la fotografía hace un primer registro de aquello que le llama la atención o que cumple con los parámetros de alguna serie que esté ejecutando en ese momento. El registro fotográfico en este caso sirve sólo como un primer rasguño en la superficie del objeto en el que desea adentrarse por medio de la acuarela. “Creo que al descontextualizar se gana, no sé si sentido pero sí fuerza estética, y eso es lo primero que me seduce (…) de pronto (en las acuarelas) al aislar todo el ruido visual bajo el que nos encontramos podemos hallar, por ejemplo, esta especie de esculturas de llantas, y no sé a ti, pero a mí me parece increíble”.

Al recordar las láminas de los viajeros que detallaban flora y fauna que encontraban en su camino, su obra ya desprovista de este ruido nos muestra una potente composición y cromática. “Es justo como en la arqueología, tienes una pieza enterrada y hay que quitarle el polvo, descubrir la pigmentación que hay en el fragmento”, explica Alvizo.

Uno de los grandes logros del trabajo del artista es la familiaridad con la que el espectador de la Ciudad de México acogerá este cúmulo de imágenes; por ejemplo, la relación entre los autos abandonados y el habitante promedio. Esta ruina desatará en cada uno de nosotros el recuerdo de un lugar, persona, recorrido o situación, específica y diferente. Las cosas, dice, ya no sólo detonan sentido en la persona que lo abandonó allí, sino en muchas personas que lo miran y que lo usan; es como una intervención colectiva, son muchas manos las que están puestas allí.

El artista está consciente de que su material de trabajo va mucho más allá de una cámara y la acuarela, por lo que constantemente enuncia la importancia de sus medios de transporte, la bicicleta y la caminata. De igual manera aunque niega tener una tradición pictórica con la cual esté dialogando, frecuentemente cita las obras de Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire, Walter Benjamin y Alexander Von Humboldt como definitivas en su labor como creador, o nombres con los que constantemente está entrando en comunicación dentro de su obra.

Si los recorridos son tan frecuentes y poco determinados, ¿por qué elegir esta tipología de cosas? Su respuesta es: “solamente el objeto abandonado se libera (…) solo éste habla de una manera honesta”. Quizá no sólo la obra tiene esta pretensión de honestidad, el autor es claro al afirmar que la colección que se exhibe es, en una de sus primeras lecturas, un cúmulo de sus propias obsesiones y las relaciones que se tejen entre él y algunos objetos: “siempre quise tener un Mustang y esta es otra forma de tenerlo”. Este fundamento, sin embargo, no vuelve superficial la muestra, sino que la enriquece. La lectura del autor se vuelve sólo una más de las múltiples capas de recuerdos que es posible entramar.

El tema de la ciudad es para el autor un andamiaje sobre el cual se construye su obra. “Al final intento crear una visión, no sé si total, de la ciudad porque no quisiera sonar pretencioso, pero al menos una visión que involucra el adentro y el afuera; de algo permanente que habla del espacio, como una mala hierba o un marcador que hace énfasis en varias constantes”. Alvizo narra que sería imposible para él construir un corpus de obras como éste en otra latitud del planeta, o incluso del país, y esto parece notorio, dichas ruinas pertenecen a esta cultura y a este tiempo.

¿Qué es la ciudad para un artista que la recorre incansablemente en búsqueda de ruinas? “(…) un apeste a muerte, es una latente que se mantiene y creo que justamente de ahí parten también muchas cuestiones de identidad, como en esta especie de obsesión por lo vívido, desde el color, hasta las formas y la extensión. Nos sabemos tan vulnerables, nos sabemos tan fácilmente mortales, que eso te obliga a vivir, no sé si más intensamente o más profundamente o más coloridamente y eso se vuelve muy fuerte”.

Curiosamente durante esta conversación, se ha referido a algunas de sus piezas como “cadáveres a punto de levantarse”. ¿Será esta sensación de peligro aquello que Alvizo encuentra constante en la Ciudad de México? “No sé si he encontrado particularidades o de pronto me he dado cuenta de puntos en común, como si de pronto viera el hilo con la aguja que conecta puntos en el mapa a partir de objetos y experiencias”.

La muestra en la Galería Sismo resulta importante porque es la primera vez que se exhibe tal cantidad de la obra de César Alvizo de manera individual, y según el propio artista esto es de vital importancia, ya que “mi trabajo cobra importancia a través de la acumulación, y es diferente el sentido que se da con las piezas, o la fuerza que pueden tener varias obras expuestas, a una sola”. Curada en conjunto por el artista y el equipo curatorial de Sismo, la muestra se inaugurará el 16 y 17 de abril.

 

 

Sismo Galería

Celaya #4

Col. Hipódromo Condesa

Del. Cuauhtémoc

Ciudad de México C.P. 06100

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