Gallina Ciega

Por - 24/02/2016

“El paisaje es lo que nos hace paisanos.”

Rafael Iglesia

 

En 1966, el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, quien fungía en ese entonces como presidente del comité organizador de los juegos olímpicos de 1968, expuso el proyecto de construir a lo largo de diecisiete kilómetros del periférico una serie de diecinueve esculturas monumentales, cada una a cargo de diferentes escultores de distintos países, que ligaría a varias culturas e identidades representadas en la justa deportiva. Más allá de esto, las piezas se concibieron como estelas que ritmaran y elogiaran el vasto paisaje telúrico que ofrecía el sur de la Ciudad de México por aquellos años. Dicha iniciativa se conoció como la ‘ruta de la amistad’, y quien estuvo al frente de la elección de los artistas, la coordinación y aprobación de los proyectos, fue Matías Goeritz, coautor también, junto con Luis Barragán, de las Torres de Satélite. Hoy se han rescatado la mayoría de esas esculturas pero, por desgracia, un desarrollo desordenado, producto de una administración urbana corrupta e improvisada, ha devorado el contexto circundante alrededor del cual se erigen estas estructuras. Subrayo al contexto como un ente no vacuo y anónimo, sino más bien como soporte de la idea de Georitz de crear una escultura monumental acorde a la vida contemporánea de México que a la vez enalteciera el gran paisaje del sur de la Ciudad; paisaje que Goeritz adoptó y siempre valoró enormemente.

La historia de la ruta de la amistad pudo haber sido otra. Lamentablemente, nunca se planeó la construcción de edificios adyacentes; centros comerciales y universidades patito proliferan alrededor de las esculturas, y los espectaculares emergen entre ellas con la agresión visual (y sicológica) que caracteriza las instalaciones mercadotécnicas que nos invaden en todo espacio, público y privado. Gracias a diversas voces críticas, las autoridades se las han tenido que ingeniar para rescatar algunas esculturas, tal como ocurrió hace un par de años con la estructura de Estados Unidos a cargo de Herbert Bayer, alumno destacado de la Bauhaus.

Hoy, en lugar de poder tener un Periférico con una zona de transición verde de 50 o 100 metros de ancho a cada lado de la vía  (cierto, ello sería motivo de envidia de cualquier ciudad en el mundo), tenemos una cacofonía urbana lamentable y fea que se extiende desde Cuemanco hasta San Jerónimo y más allá. Hubiera estado bien tener esta icónica ruta de Land Art Latinoamericano puntuada a cada kilómetro con piezas artísticas dentro de un parque lineal con ciclovías, áreas de estar, andadores para caminar; espacios realmente extraordinarios, rodeados por el Ajusco, la Sierra Chichinautzin y al fondo el Popo y el Izta. Ni modo, no se nos hizo. Ni qué decir del norte de la Ciudad: las Torres de Satélite quedan como vestigio de la modernidad reflexiva que esta Ciudad pudo poseer, y no quiso.

Ahora podríamos cambiar las cosas en otro caso que aún no está perdido:

En 1979, dentro del espacio utópico de Ciudad Universitaria, un grupo de escultores, entre los cuales figuraba Goeritz, intervino con diversas piezas una zona del recién estrenado Centro Cultural Universitario. Como sumum de la intervención idearon el anillo del espacio escultórico, a mi juicio una de las obras, escultóricas – arquitectónicas, a nivel mundial más potentes, bellas y rotundas de la segunda mitad del siglo XX. La transformación del territorio a partir de una intervención geométrica, que es punto de referencia, hito y núcleo a la vez, nos revela la sensibilidad y postura artística de quienes la idearon: el genius loci se hace patente con este simple gesto, y se convierte en símbolo y referente de cómo una pieza arquitectónica o artística experimenta un auténtico encuentro con un lugar asombroso; dialogando con él, sin esconderse o mimetizarse, y estableciendo así una entidad natural y construida, cargada de cualidades espaciales y tectónicas altamente significantes.

 

Extrañamente, el Espacio Escultórico estuvo cerrado al público poco más de un año, so pretexto que se le estaba dando mantenimiento y, de la nada, aparece a su costado oriente un edificio desproporcionado, obtuso y colosal que no sólo obstruye la vista a los volcanes sino que irrumpe en el paisaje inmediato del anillo, el cual ha reclamado poéticamente para sí mismo, y que es su propia esencia.

 

Como apunta Teodoro González de León en una reciente entrevista colgada en la red, me atrevo a suponer que más allá de la “inconsciencia” de quienes diseñaron y construyeron este triste edificio, hubo mala fe, pues aprovecharon la ambigüedad técnica del llamado “plan estratégico de desarrollo de la UNAM”, que no es un plan; mucho menos es estratégico y ha sido utilizado para avalar que el edificio está dentro de la “normativa”.

 

Apelando a nuestro sentido común y al lugar que este espacio ocupa en la historia de nuestra ciudad e identidad urbana, no hay otra opción más que la de demoler los niveles superiores del edificio, como dicen las diversas voces opositoras; no hay alternativa. En un país en donde las instituciones públicas son cada vez más débiles y donde la búsqueda del bien común no es común, es imprescindible que la Universidad Nacional Autónoma de México tome postura, ponga el ejemplo y defienda una pieza artística  patrimonio de todos. Si permitimos que el edificio permanezca intacto, la UNAM lanzaría una pésima señal a la sociedad, abriendo la puerta a más proyectos poco pensados y depredadores de su entorno: preservar intacta la edificación irritante se convertiría en un símbolo de la impunidad prevaleciente; aquí vemos cómo la estética cumple una función normativa, esperemos que para bien, por medio de la corrección; no hay de otra.

 

Prácticamente toda la comunidad artística y cultural seria del país se opone a esta construcción. Además, sin ánimos de ser catastrofista, en un par de años el Espacio Escultórico corre el riesgo de sufrir lo ocurrido en la ruta de la amistad. Confío en que el perímetro que delimita a la máxima casa de estudios sea todavía un lugar con altas expectativas y un espacio ideal en donde el ejercicio de la crítica y auto-crítica represente el pensamiento colectivo y progresista de la institución. Espero que en medio de la vorágine urbana que cada día transforma -para mal- el paisaje y el territorio de nuestra Ciudad y su cuenca, todavía haya gente que reconozca el valor de nuestro patrimonio artístico y se derribe al intruso. Por ello,  y como epígrafe me gustaría apuntar una frase de un artículo de Humberto Ricalde (1942-2013), verdadero Maestro de muchas generaciones de arquitectos que impartió innumerables talleres de arquitectura en la Facultad de Arquitectura de nuestra Universidad:

 

“De las arquitecturas arraigadas a su lugar, nacidas del íntimo conocimiento de un sitio elegido en un amplio territorio, heredamos el sentido profundo, tectónico en la dimensión geológica y constructiva del término, de pertenencia a dicho lugar. Un sentido integrado por las sensaciones y su recuerdo, a nuestro paso por sus cualidades espaciales… Habría que volver a pasar con todos nuestro sentidos y no a ciegas por ellos para, quizá, volvernos a cargar de la sabiduría de su fuerza primigenia.”1

 

¡Salvemos al Espacio Escultórico!

 

Fotografía: www.arquine.com

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  1. Fragmento de texto de la revista Trazos #3 territorios del artículo “Carta sobre el territorio… y la arquitectura.” Humberto Ricalde, pags. 43-45, México 1997

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